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Autora: Irene Lozano López (Estudiante de 5º curso del título de Doble Grado en Economía y Derecho, FCEE, UCLM)

En 2017 se realizó una encuesta nacional en Reino Unido con la pregunta: ¿de qué profesional te fías más? Los enfermeros y enfermeras quedaron en primer puesto mientras que, predeciblemente, los políticos ocuparon el último número de la lista, seguidos muy de cerca por los economistas, que quedaron los penúltimos. Quizás sea porque dichos economistas eran vistos, y no sin falta de razón, como personajes encerrados en modelos matemáticos, a veces tan enfrascados en números y sistemas que olvidan que los resultados han de acomodarse a la realidad, y no al contrario. O porque la línea entre objetividad y subjetividad, sobre todo en cuanto a la ideología política se refiere, es realmente fina. El caso es que, sea la razón que sea, una cosa es clara: los economistas no son bien vistos por el público general.

Esa desconexión con la realidad de la que muchas veces adolecen los economistas se traslada a múltiples campos. Pero uno de los más olvidados es el de los Derechos Humanos.

El 10 de diciembre de 2018 se celebró el 70º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Al pensar en Derechos Humanos, los derechos civiles y políticos son los primeros que vienen a la cabeza. Estos son derechos que protegen las libertades individuales y garantizan que todos los ciudadanos puedan participar en la vida civil y política sin ningún tipo de injerencias externas.

Raramente, sin embargo, se piensa en los Derechos Humanos en su dimensión más económica, cuando, en realidad, tienen muchísimo que ver. Sin ir más lejos, en la reunión del G20 de noviembre de 2008, se habló extensamente de cómo el mercado libre ha ayudado a sacar a millones de personas de la pobreza y ha aumentado la calidad de vida global, pero en ningún momento se hizo mención a los Derechos Humanos. Pese a que las economías mundiales sí están creciendo en general, incluso después de la crisis de 2008, los datos muestran un preocupante aumento de la desigualdad y el mal reparto de la riqueza.

La aparente ceguera ante la relación entre estos derechos y la economía ha comenzado a disminuir, sin embargo, gracias a la inclusión del Objetivo 8 de la ONU. Naciones Unidas adoptó en 2015 17 objetivos de desarrollo sostenible, entre los que se encuentran puntos tan importantes como la Acción Climática (objetivo 13), Paz, justicia e instituciones fuertes (objetivo 16), y Trabajo Decente y Crecimiento Económico (objetivo 8).

Este octavo punto está enfocado a promocionar el crecimiento económico, aumentar los niveles de productividad y promover la innovación tecnológica. Es un claro ejemplo de cómo se relacionan los objetivos económicos con la protección de los Derechos Humanos, ya que con, por ejemplo, acciones de creación de empleos se elimina el trabajo forzado, la esclavitud y el tráfico de personas. Naciones Unidas ha establecido un plan general de acción mediante el cual se pretende:

  • Aumentar hasta en un 7% cada año el PIB de los países menos desarrollados
  • Alcanzar un mayor nivel de productividad a través de la diversificación, la mejora de las tecnologías y la innovación, mediante la enfatización del valor añadido y de los sectores intensivos en trabajo.
  • Promocionar las políticas orientadas al desarrollo que promocionen la creación de trabajo decente, el emprendimiento, así como la creación y crecimiento de micro, pequeñas y medianas empresas, mejorando su acceso a los servicios financieros.
  • Aumentar progresivamente, el consumo y la producción eficientes.
  • Promover la contratación de jóvenes recién incorporados al mercado de trabajo.

Un ejemplo de plan de acción en este sentido es el implantado en Angola. El país africano sigue recuperándose de la guerra civil que se extendió desde 1975 a 2002. Aunque cuenta con extensas reservas de aceite, gas, diamantes y carbón, Angola sigue siendo considerado un país pobre, con un tercio de su población dependiente de agricultura de subsistencia.

Como hemos dicho, Angola es un país rico en carbón. De hecho, es uno de los sectores más importantes de su economía. Una fuente vital de energía para las ciudades, y una gran fuente de ingresos para el mundo rural. Sin embargo, al mismo tiempo, la extracción de carbón implica deforestación y terminar con la agricultura de ciertas zonas. Con ayuda de la ONU, y dentro del Objetivo 8, se han realizado una serie de inversiones y programas de entrenamiento que tienen como fin la reforestación de las zonas en peligro, a la vez que se potencia la industria del carbón. Pero no sólo se busca perseguir un desarrollo sostenible con el medio ambiente, sino que la ONU busca crear una cadena de producción sostenible de carbón, con el objetivo de promover el empleo de la región.

Está por ver, desde luego, que se consiga alcanzar todo lo que Naciones Unidas se ha propuesto ya que, como nuestra sabia cultura popular ya advirtió, del dicho al hecho, hay un trecho. Sin embargo, no hemos de centrarnos en lo que podría ser, sino en lo que es. Naciones Unidas ha conseguido dar un muy necesario nuevo enfoque a la economía. Una economía más humana, más cercana, que reconoce la realidad detrás de los innumerables datos de Índices de paro, de pobreza y crisis y sabe mirar cara a cara a las personas que componen esos números.

Webgrafía

https://www.theguardian.com/commentisfree/2019/oct/30/changing-world-better-economics-honest-humane

https://www.undp.org/content/undp/en/home/sustainable-development-goals/goal-8-decent-work-and-economic-growth.html

https://medium.com/@UNDP/sustainable-charcoal-leads-the-way-in-angola-fbd161a338d0

https://www.un.org/sustainabledevelopment/economic-growth/