sidearea-img-1
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetuer adipiscing elit, sed diam nonummy nibh euismod tincidunt ut laoreet dolore magna aliquam erat volutpat.
sidearea-img-2 sidearea-img-3 sidearea-img-4 sidearea-img-5

Recent News

Newsletter

[contact-form-7 404 "Not Found"]

Autor: Cristian Alexandru Melniciuc (Estudiante de 5º curso del título de Doble Grado en Economía y Derecho, FCEE, UCLM)

¿Por qué existe la desigualdad en la riqueza? ¿Es posible reducirla o erradicarla? Y si es así, ¿a través de qué medidas se consigue? Todos estos interrogantes tienen una fácil explicación y todo ello mediante términos estadístico-matemáticos tales como la Ley de Zipf y la distribución de Pareto.

Comenzando por la primera cuestión, la desigualdad no es una característica de una población concreta, sino que se trata de una situación que ha existido en distintas sociedades a lo largo de la historia, en mayor o menor medida, de forma continuada, salvo en ocasiones muy puntuales por un breve periodo de tiempo. ¿Cómo se explica esta coincidencia en sociedades diferentes entre sí en períodos distintos del tiempo? Todo ello se puede solventar desde el punto de vista estadístico, es decir, se trata de un fenómeno natural que se puede observar en infinidad de situaciones empíricas por el que se produce una determinada distribución de unas características concretas.

En este caso, tomamos como característica concreta la riqueza económica. A través de la distribución de Pareto, sabemos que, de una forma aproximada, el 20% de una acción produce el 80% de los efectos, mientras que el 80% restante de una acción produce el 20% de los efectos. De esta forma, obtenemos que un porcentaje muy reducido de la población de una sociedad tiene tanto patrimonio como el resto de individuos de esa sociedad juntos. Esto está íntimamente relacionado con la Ley de Zipf. Esta ley se estableció para observar la frecuencia en que aparecen las palabras de un idioma en los libros de texto. Según esta, la palabra más común, aparece el doble que la segunda, el triple que la tercera, el cuádruple que la cuarta y así en adelante. Esta distribución se ha demostrado empíricamente para varios idiomas y otros procesos totalmente ajenos a la filología como: la masa demográfica de las ciudades, la cantidad de tráfico que obtienen las páginas web, la repetición de apellidos, la magnitud de los terremotos, la jugada de apertura en las partidas de ajedrez… Llegando así a la riqueza económica, lo cual explicaría que esta siga un patrón preestablecido por el que unos individuos concentrarán una mayor proporción del conjunto del patrimonio en detrimento de la mayoría.

Así pues, en vista de que esta situación sea un fenómeno natural que se cumple para diversos sucesos, ¿cabe pensar en acciones que mitiguen tales efectos y reordenen la distribución para que exista igualdad? Por un lado, sí se han dado casos en los que la desigualdad se ha reducido drásticamente a lo largo de la historia, pero todo ello a través de acontecimientos destructivos tales como guerras, revoluciones, plagas… en definitiva, ninguna medida a contemplar para ser efectuada por cualquier gobierno razonable. Por otro, las disparidades que se redujeron debido a estas catástrofes retornaron a sus niveles iniciales una vez se estabilizaba la situación. Es decir, ni los sucesos que mitigan la desigualdad se deben tener en cuenta por los perjuicios que causan ni sus efectos son duraderos en el tiempo de forma que la erradiquen. Por ello, las medidas económicas dirigidas a reducir la desigualdad serían ineficaces porque sus efectos no son perdurables en el medio o largo plazo y ello podría implicar un aumento del coste de oportunidad que subyace de tomar dichas medidas en lugar de otras que sean más idóneas para la sociedad con efectos más duraderos.

Tratado este asunto, si la desigualdad es un fenómeno natural ante el cual no cabe medida alguna que sea permanente, entonces ¿significa ello que los gobiernos deban dejar de preocuparse por este asunto? Para solucionar esta cuestión utilizaremos el índice de Gini. Este es un sistema que mide la desigualdad económica en un área demográfica. Recientes estudios demuestran que en los países con mayor coeficiente del índice de Gini hay más violencia. Y las ciudades de tales países con mayor coeficiente muestran las tasas de criminalidad más altas a nivel nacional. Es decir, la criminalidad y la desigualdad están relacionadas en cierta manera. Si todos los individuos de una sociedad son de clase baja, estos demuestran menor comportamiento agresivo que si fueran de distintas clases sociales con una curva desigualdad muy pronunciada. Por tanto, cuando el ascenso en la jerarquía social se presenta complicado hay individuos que ya no ven factible ascender mediante las reglas que establece el sistema y comienzan a mostrar comportamientos agresivos para subir en el escalafón social. Con este planteamiento, una disparidad económica exagerada provoca graves perjuicios dentro de la sociedad a través de aumentos en la tasa de criminalidad (ejemplo de lo que ha ocurrido en México, Colombia, EEUU…) y por ello, sí que son necesarias las medidas que la mitiguen, aunque sean con efectos temporales.

En síntesis, la desigualdad económica no es una situación que se pueda erradicar, pero no por ello se debe dejar de tomar medidas para reducir las consecuencias de sus efectos. No existen medidas razonables para erradicarla por completo para asegurar la igualdad de todos los individuos de la sociedad y tampoco conviene permitir que esta aumente provocando una reacción agresiva por parte de los sujetos situados en las posiciones más bajas. La solución se antoja difícil, pero algo hay que hacer…

 

Webgrafía

https://elpais.com/internacional/2014/09/03/actualidad/1409766469_401421.html