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Autora: Andrea González Piñero (Alumna de la asignatura “Dirección Financiera”, 4º de Grado en Economía, FCEE, UCLM)

La preocupación sobre el devenir de la humanidad ha ido en aumento en las últimas décadas. Es por ello que aparecen algunas teorías que tratan de soliviantar posibles problemas venideros tales como la falta de alimento por el incremento de la población a nivel mundial, el calentamiento global (que está ocasionando un cambio climático que puede acabar con algunas especies en el planeta), o enfermedades incurables. Los ejemplos materializados de dicha intranquilidad se pueden ver reflejados en la elaboración del Protocolo de Kioto, que compromete a aquellos países que participan en él a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. A nivel europeo, existe la estrategia Europa 2020 que incorpora (además de aspectos relativos a la inversión en innovación y educación) el compromiso de reducir en un 20% las emisiones de CO2 respecto a datos de 1990, que el 20% del uso de la energía sea suplido por energías renovables y se incremente un 20% la eficiencia energética. Por tanto, el papel desempeñado por los avances tecnológicos en cualquiera de estos ámbitos, ya sea la medicina, la industria o el medioambiente, es de vital importancia.

Así pues, el concepto de bioeconomía ha surgido como respuesta a esta creciente preocupación. El término aúna tanto las posibilidades que ofrece la ciencia a través de la biotecnología como la posible problemática planteada desde la disciplina económica. La bioeconomía es un término multidisciplinar que permite, a través de la manipulación genética de determinados organismos o modificando sus procesos celulares, crear nuevas partículas o generar sustancias sustitutivas de algunas ya existentes pero que perjudican el entorno como, por ejemplo, un biofuel renovable o que contamine menos. Por tanto, la bioeconomía tratará de desarrollar un entorno socio-económico sostenible en el tiempo, pasando a ser un proceso de alcance global que no dejará indiferente a ningún país (incluyéndose aquellos que se encuentran más rezagados en términos de desarrollo mundial). Esta creación de nuevas enzimas, sustancias químicas o proteínas, requiere un fuerte gasto en I+D, por lo que sería interesante un plan conjunto a nivel global, algo que permitiría aprovechar sinergias tecnológicas (apareciendo externalidades o spillovers), evitar solapamientos de proyectos y reducir costes derivados de la innovación. Por consiguiente, se puede intuir una relación directa entre innovación y bioeconomía.

De acuerdo con algunos estudios realizados por la OCDE en su informe “La bioeconomía en 2030, diseñando una agenda política”, se prevé que esta nueva disciplina pase a suponer más de un 1% del PIB de los países (aunque existirán diferencias en función del nivel de desarrollo de cada nación). Llegados a este punto se plantea la siguiente cuestión: ¿de qué dependerá esta mayor o menor incidencia de la bioeconomía en un país? Aparecen diferentes factores determinantes como la población, las rentas, la demografía, la educación, el consumo energético y el coste y la disponibilidad de los recursos energéticos. Asimismo, estará en función de las oportunidades comerciales que genere (la implementación de nuevos productos en nuevos mercados), la regulación de la innovación (si son efectivas las normativas relativas a los derechos de propiedad intelectual) y los modelos de negocio por los que opten las empresas (si apuestan por procesos productivos basados en la ecoinnovación, o lo que es lo mismo, el desarrollo de procesos y productos que contribuyen a la sostenibilidad del medioambiente, hecho que vuelve a estar relacionado con avances tecnológicos e innovación).

La bioeconomía es una disciplina reciente con una literatura escasa, que no se ha explotado como tantas otras ramas del ámbito social, por lo que la falta de metodologías y alternativas para medirla limita mucho su estudio. Por ello, aparecen problemas relacionados con su medición y delimitación sobre qué se entiende por este concepto. Además, no se plantea qué variables se pueden emplear como aproximación para medir el nivel de bioeconomía existente en los distintos países para comprobar si las previsiones de la OCDE y de otros organismos se van a cumplir o no. En los próximos años veremos si la bioeconomía se plantea realmente como una alternativa factible de futuro por la que apuesten los países para llevar a cabo procesos productivos eficientes que permitan hacer más sostenible la vida en el planeta Tierra. No obstante, debe quedar patente el esfuerzo que ello conlleva por parte de todas las naciones tanto en inversión en I+D como en la asunción de costes de oportunidad a corto plazo que puede conllevar (algunos agentes deberán ceder y no dar preferencia a sus propios intereses si lo que se persigue es un objetivo común).