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Autor: Roberto Ibáñez Cutanda (Alumno de la asignatura “Dirección Financiera”, 4º de Grado en Economía, FCEE, UCLM)

Actualmente seguimos observando y estando pendientes –a través de multitud de formas y medios de comunicación- de lo que ocurre con el sector inmobiliario en España. Un sector que ha sido, sin duda, crucial a la hora de proporcionar al país un crecimiento sorprendente, al aportar productividad y eficiencia de los sectores productivos, así como representar un gran porcentaje del VAB español desde prácticamente el inicio del nuevo siglo. Sin embargo, actualmente surgen dudas de que en los tiempos que corren –y después de muchos años de recesión económica- sigamos basando nuestra recuperación y crecimiento en el sector inmobiliario, como el único capaz de recuperar y conseguir niveles económicos más que favorables.

La característica fundamental que presenta este sector es la capacidad de inversión que tiene, capacidad que fuimos testigos de presenciar desde 1999 hasta 2008. Durante esos años España se situó a la cabeza de Europa, como país con mayores tasas de crecimiento económico interanual. Sin embargo, el gran efecto de arrastre que tiene el sector, así como la utilización de multitud de mano de obra no debe obligar a que nuestro país centre su atención únicamente en él. Así, la inversión producida en los mencionados años de auge, favorecida por el nivel de renta, así como de la facilidad crediticia, provocó un efecto revés ante la situación de recesión mundial, detonada en 2008. Aunque se trate de un sector con gran multiplicador económico, no se debería tener como prioridad absoluta respecto al resto de sectores productivos.

Como hemos constatado posteriormente, el coste de dicho período de expansión se traduce en un mayor efecto recesivo para la economía en época de crisis, efecto alimentado no solo por la burbuja inmobiliaria, sino también por el trasfondo que presentaban las inversiones realizadas. Se trataba de un panorama especulativo sin precedentes que favorecía tales inversiones, retroalimentándose y provocando unas mayores consecuencias en situación de recesión. Las consecuencias no sólo se han observado en el sector inmobiliario con viviendas sin ocupar, parón del sector, aumento de desempleo…, sino que han lastrado, y en algunos casos hundido componentes del sector financiero, al verse afectadas cajas de ahorro, bancos y otras entidades participantes.

Estas consecuencias son las más visibles, aunque ha habido otras muchas, como la escasa calidad de los materiales utilizados en la construcción de viviendas, así como las instalaciones realizadas, fundamentalmente en las viviendas y sector inmobiliario de la costa, donde se localizan la mayor parte de las segundas viviendas.

Esto hace reflexionar hasta qué punto ofrece ventajas el llegar a una situación con altos precios de la vivienda y una elevada capacidad de inversión y especulación de un activo como es el inmobiliario. Esta situación sin precedentes vivida en España tenía un final y éste solo era cuestión de tiempo. Además, el colapso se estaba gestando lentamente a medida que la economía así como las oportunidades crediticias favorecían una situación insostenible.

En este punto debemos plantearnos alternativas a la inversión en construcción de nueva vivienda, como fomentar la vivienda de alquiler, así como las reformas de las ya existentes. Un dato reciente que sorprende es el más de medio millón de viviendas que se venden actualmente en España, viviendas que probablemente se han visto inmersas en alguna medida, en el estallido de la burbuja inmobiliaria acontecida. Sin embargo, dichos activos están experimentando hoy día un alza del precio interanual, según informes de TINSA tasaciones.

Todavía hoy no contemplamos una solución con la que podamos, ni tan si quiera acercarnos a niveles económicos de ese período, pero una cosa está clara: “No debemos enfocar nuestra visión de crecimiento en un solo sector, ni tampoco dejarnos llevar por las fases de expansión y sus efectos inmediatos. Sería aconsejable prever los posibles efectos permanentes y anticipar, en la medida de lo posible, los efectos que pueden desarrollarse a largo plazo”.