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Autor: David Tercero Lucas (Alumno de la asignatura “Dirección Financiera”, 4º de Grado en Economía, FCEE, UCLM)

Entre el siglo VI a.C. y el siglo V a.C., el pueblo Licchavi se asentó en la región de Bihar (India), estableciendo su capital en Vaisali. Extrapolando esa localización geográfica a la actualidad, nos encontraríamos en Nepal, un país de Asia meridional situado entre dos potencias demográficas como son China e India. El pueblo nepalí reside en una de las naciones menos desarrolladas y más pobres de todo el planeta viviendo, según datos oficiales del Banco Mundial, una de cada cuatro personas bajo el umbral de la pobreza (25,2% exactamente).

A diferencia de los denominados “tigres asiáticos” (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) que comenzaron a progresar económicamente a partir de la década de los 50, de los “tigres de segunda generación” (Malasia, Indonesia, Tailandia y Filipinas) que se desarrollaron más tarde y de China (primera economía del mundo en términos de PIB en paridad del poder adquisitivo en 2014) e India (cuarta economía mundial en términos de PIB en PPA), la República Federal Democrática de Nepal apenas ha avanzado en el siglo XX aunque su desarrollo ha sido más próspero en la primera década del siglo XXI (ha cuadruplicado su PIB en apenas 10 años como se observa en el gráfico 1).

Nepal ha llevado a cabo una serie de planes quinquenales con los que ha podido mejorar el acceso a la sanidad y la educación de sus ciudadanos, se han construido un gran número de carreteras y nuevas infraestructuras e incluso se han implementado progresos en la Administración Pública, mas la inestabilidad política y una guerra civil, que duró de 1996 a 2006, han dejado sumida a la nación en la pobreza habida cuenta de que gran parte de sus esperanzas para progresar dependen del turismo; un sector cuyo crecimiento es inversamente proporcional a la inestabilidad, inseguridad y los conflictos que se estén dando.

No obstante, tras el establecimiento de la República Federal Democrática, parecía que el destino del país no se tornaría tan aciago como antaño. Sin embargo, el 25 de abril de 2015 se produjo una de las mayores catástrofes que han asolado a la nación en los últimos siglos: un terremoto que quitó la vida a más de diez mil personas y destruyó a un país en pos de construcción. El caos, el desconcierto y la desorganización reinaron en medio de los escombros y las continuas réplicas del desastre natural no hicieron más que incrementar la desolación. Es complicado prevenir los temblores y aunque el de Nepal ha causado grandes estragos, no ha sido uno de los más catastróficos de la historia. El terremoto de Cascadia de 1700, que se extendió desde la isla de Vancouver hasta la costa de California, alcanzó una magnitud de 9 en la escala Richter; el terremoto de Lisboa de 1755, que llegó a tener una magnitud similar al anterior, dejó a su paso más de 60.000 fallecidos; el terremoto de Sumatra-Andamán de 2004, que arrasó parte de Indonesia y zonas colindantes, provocó la muerte de más de 400.000 personas; y así decenas de desastres naturales que dejan zonas devastadas.

No es aleatorio que el destino se cebe con los más desfavorecidos puesto que si no ocurriera esto, el mundo probablemente sería más igualitario. En cuanto la Comunidad Internacional se enteró de lo ocurrido en Nepal, multitud de naciones prometieron cuantiosas ayudas. A pesar de los acuerdos, los nepalíes consideran que la respuesta financiera internacional ha sido realmente escasa para atender sus necesidades básicas. Según informaciones de hace unos meses, apenas se han enviado un 3% de los fondos que son necesarios para la reconstrucción del país. Por si lo anterior fuera poco, las lluvias monzónicas han complicado aún más la situación y se han propagado enfermedades contagiosas a la par que se han aislado poblaciones enteras.

En aras de una catástrofe de este tipo, la pregunta se concibe clara: ¿por qué no utilizamos los millones de euros, dólares, libras, coronas y otras divisas que se gastan en procesos ineficientes e improductivos y ayudamos a países que, aunque intentan levantarse, la naturaleza los vuelve a dejar caer? No hay respuesta evidente más allá de que vivimos en países basados en un capitalismo feroz y extremadamente inestable donde las desgracias ajenas se tornan impensables por mucho que en los días ulteriores al terremoto se mandaran 165 toneladas de suministros y medicamentos – financiados en parte por la Unión Europea – habida cuenta de que esto no es suficiente. Por suerte, los estados con menos recursos tienden a dar lecciones a los más ricos y entre la ola de desesperanza que ha sumergido a Nepal en una espiral de escombros y caos, se pueden ver ciertos destellos de luz. Bungamati, una remota aldea situada en el valle de Katmandú está siendo ayudada por los estudiantes y departamentos de la Universidad de Katmandú, con el fin de, no solo reconstruir el pueblo, sino situarlo en la órbita de los turistas como un referente internacional cultural. Este es solo un ejemplo que nos permite concluir que Nepal resurgirá de sus cenizas por el esfuerzo de sus ciudadanos y no por las ayudas internacionales como cabría esperar pues parece que nos hemos olvidado de ellos.