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Autora: Andrea González Piñero (Alumna de la asignatura “Análisis Económico y Finanzas”, 4º de Grado en Economía, FCEE, UCLM)

La evolución demográfica mundial no ha sido uniforme puesto que ha tenido distintas etapas con periodos contractivos y expansivos ocurridos antes del siglo XVIII. Sin embargo, a partir de esta fecha, el crecimiento de la población ha sido ininterrumpido, destacando la época posterior a la revolución industrial (cuyos inicios en Gran Bretaña se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII) que trajo consigo mejoras sanitarias, en la higiene, redujo la insalubridad que predominaba en los ambientes de trabajo, entre otras. Hubo otro fuerte crecimiento demográfico en 1950, de manera que a finales de 2012 teníamos más de 7.000 millones de habitantes. Según la Organización de Naciones Unidas (ONU), se prevé que para 2050 la población mundial ronde los 9.300 millones y, a finales de siglo, probablemente se alcanzarán los 10.000 millones de personas. Para estudiar el crecimiento en un área hay que tener en cuenta, además del crecimiento natural (entendiendo éste como la diferencia entre la tasa de mortalidad y de natalidad), los flujos migratorios. Los flujos migratorios son desplazamientos de personas que se han sucedido con mayor o menor intensidad según momentos históricos pero de manera inexorable en el tiempo.

Remontándonos a los primeros hombres del planeta sabemos que eran en su mayoría nómadas y que se desplazaban en busca de alimento cuando comenzaba a escasear en una zona. Las primeras civilizaciones sedentarias se instalaron en aquellas zonas más fértiles como las veras de los ríos. Con el paso del tiempo y conforme las sociedades han ido haciéndose más complejas, los motivos que empujan a las personas a cambiar de lugar para vivir también se han diversificado: migraciones hacia regiones más proliferas en busca de trabajo, nuevas oportunidades, huyendo de conflictos bélicos, etc. No obstante, todos ellos tienen, por lo general, el fin último de mejorar las condiciones de vida con respecto a sus lugares de origen.

El verano de 2015 ha sido uno de los más trágicos para los inmigrantes procedentes de África. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 381.442 personas han cruzado el Mediterráneo en 2015 y más de 130.000 en agosto. ¿Acaso las migraciones no son una realidad inherente a la naturaleza del ser humano?

Las migraciones de refugiados merecen un tratamiento especial habida cuenta de que muestran la existencia de guerras y penurias en pleno siglo XXI. Ateniéndonos a la definición proporcionada por la Real Academia de la Lengua Española, un refugiado es “una persona que, a consecuencia de guerras, revoluciones o persecuciones políticas, se ve obligada a buscar refugio fuera de su país”. Este desplazamiento masivo de refugiados ha puesto de manifiesto la insolidaridad del continente europeo ante la desgracia ajena, tratando a personas que buscan estabilidad y tranquilidad en su día a día, como si fueran delincuentes. El ejemplo más claro es Hungría, que no solo no proporciona asilo, sino que, además, cerró sus fronteras, dejando a miles de personas apiñados en plazas y campos de refugiados en condiciones reprobables. Esta llegada ingente de inmigrantes ha sacado los colores a Europa pues ha hecho tambalearse el proyecto europeo con la violación de uno de sus principales cimientos: la libre movilidad de personas. Este principio se encuentra materializado en el acuerdo Schengen, firmado en 1985, que entró en vigor diez años más tarde y permite la libre circulación de personas entre Estados Miembro pero cuya eficacia parece solo demostrarse en los momentos de bonanza. Primero fue Hungría y en estos últimos días ha sido Croacia la que se ha unido al bloqueo de fronteras.

Desde un punto de vista económico, ¿hasta qué punto son inocuas las migraciones? La migración tiene aspectos positivos pues contribuye al rejuvenecimiento de la población de los países más desarrollados cuyas tasas de natalidad y mortalidad son muy bajas pero que poseen una elevada esperanza de vida, haciéndose insostenible en el largo plazo el Estado del bienestar. Por tanto, la migración dota a los países desarrollados de capital humano y población activa que ayudará a aliviar tensiones en el sistema de Seguridad Social en el corto y medio plazo. Otro beneficio para los países de destino es la llegada de mano de obra cualificada o capital humano cuyo coste ha sido nulo para el país de acogida. Por ejemplo, el gobierno de Nueva Zelanda -ha estimado- que cada refugiado cuesta más de 45.000 euros en gasto de salud, vivienda, educación y desarrollo social; el alemán calcula que cada refugiado cuesta al estado 12.000€. Pero, ¿se puede considerar esto realmente un gasto? Cuando un estado gasta una partida presupuestaria en educación, ¿no se considera una inversión a futuro? Cualquier gasto que se realice para los refugiados debería de tomarse con la misma filosofía pues la educación incrementará sus capacidades y habilidades, incrementándose el capital humano del país en cuestión. También estimularán la demanda interna del país ya que se convierten en consumidores potenciales de dicho país. Por todo ello, la migración puede ser bastante rentable desde una perspectiva economicista.