sidearea-img-1
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetuer adipiscing elit, sed diam nonummy nibh euismod tincidunt ut laoreet dolore magna aliquam erat volutpat.
sidearea-img-2 sidearea-img-3 sidearea-img-4 sidearea-img-5

Recent News

Newsletter

[contact-form-7 404 "Not Found"]

Autora: Cruz María Illán Pérez (Alumna de la asignatura “Aplicaciones de microeconomía y macroeconomía”, 4º de Grado en Economía)

El acortamiento intencionado en la vida de los productos es una realidad que muchos consumidores asumen con resignación. La misma persona que hoy disfruta de un electrodoméstico que le dura ya más de 20 años, duda de que una eventual nueva adquisición vaya a tener tan larga longevidad. Obsolescencia programada es el término que hace referencia a este cambio de tendencia. En clara contradicción con el espíritu de los tiempos donde se nos vende continuamente el avance tecnológico, los consumidores dudamos cada vez más de la robustez y fiabilidad de determinados aparatos. Son bonitos y con prestaciones espectaculares, pero muchos de ellos están pesados para durar poco.

Como consecuencia de todo lo anteriormente mencionado, Francia y la UE encabezaron en los últimos meses del año 2014 una serie de medidas para luchar contra este mal endémico en nuestro sistema económico actual. En concreto, se prevé el establecimiento de nuevas leyes que penalicen estas prácticas llevadas a cabo, supuestamente, por las empresas.

Es evidente que esta cuestión supera los límites de la economía e incide también en los ámbitos ético y medioambiental. Los perjuicios que genera la obsolescencia programada son innumerables, pero sólo mencionaremos dos de ellos. En primer lugar, nos aleja del anhelado desarrollo económico y sostenible, ya que el medio ambiente no puede absorber la ingente cantidad de desechos que generan los países desarrollados, ni frenar el agotamiento de los recursos no renovables. En segundo lugar, se trata de un tema moralmente reprochable, puesto que el consumidor se encuentra indefenso ante esta situación.

Vivimos en una sociedad consumista, en la que la insaciabilidad inherente al ser humano es alentada por el capitalismo. Algunos autores defienden que es necesario el “motor” consumista para mantener el crecimiento económico, ya que dicho sistema económico se hundiría sin este consumismo exacerbado. Pero, ¿no existen otras salidas económicamente factibles que impliquen una reducción del consumismo y combatan la obsolescencia tecnológica? ¿No podría seguir en vigor la economía de mercado si, verbi gratia, en lugar de dificultar la reparación de los productos para crear otros nuevos se incentivase su reparación?

Cabe esperar que las empresas se muestren reticentes ante estas medidas, sobre todo aquellas que venden bienes muy duraderos y con vida útil casi ilimitada. También existiría rechazo por parte de las compañías que compitan con empresas extranjeras siempre y cuando estas medidas de lucha contra la obsolescencia programada sólo afecten a un país o región determinados. Pero si éstas se implementasen a nivel global, la subida en el precio de los productos (porque presentarían mayor calidad) no afectaría a la competitividad de las compañías. Asimismo, todos los agentes económicos deberían concienciarse acerca de los límites del planeta y de la necesidad de acción urgente para evitar su destrucción en un futuro.

Un elemento adicional es que las empresas “juegan” también con cierto esnobismo de los consumidores que quieren estar siempre a la última y gozar de los últimos modelos, lo que les lleva a pensar que los “desairados” por la obsolescencia tecnológica no serán todos sus clientes, pues muchos de ellos esperan con avidez el nuevo modelo con que sustituir el que aún les funciona.

Una posible solución, que mitigaría los problemas mencionados en el artículo, es la educación. Es necesario que los niños y jóvenes reciban una formación en valores de respeto al medio natural en el que vivimos y de consumo responsable más que compulsivo-para-estar-a-la-moda. Los consumidores deberían ser conscientes de que es preferible comprar productos más caros, pero que presenten mayor calidad y un proceso de elaboración medioambientalmente responsable. Quizá una elección más cara a corto plazo, pero rentable en el largo. El consumidor debe ser informado acerca de las características de estos productos económicamente más caros y de los beneficios que supone su adquisición. De este modo, podrá decidir libremente qué productos seleccionar dependiendo de sus posibilidades económicas y de sus gustos y preferencias. Por último, es indispensable que esta educación no sólo se dirija a poner de manifiesto las ganancias individuales que obtendrá el comprador, sino que también debería hacer referencia a que el medioambiente se verá favorecido y, por ende, todos los ciudadanos que habitamos el planeta Tierra.  ya señaló el vínculo entre la Naturaleza y el ser humano al destacar que “una nación que destruye su suelo, se destruye a sí misma”.