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Autora: Mª Caridad Sevillano Lozano (Alumna de la asignatura “Dirección Financiera”, 4º de Grado en Economía)

El estallido de la actual crisis económica no sólo ha supuesto el hundimiento de la Economía mundial, sino que ha despertado el debate acerca de los verdaderos fundamentos que nos han llevado a tal depresión económica. Tanto el estudio de la relación de causalidad entre los diferentes detonantes de la crisis como la búsqueda de culpables, nos han llevado a poder entender la crisis desde una óptica global, en la que no sólo son importantes los aspectos técnicos, sino que es necesario ahondar más para poder entender que no sólo estamos ante una crisis económica y financiera, sino que nos encontramos inmersos en una crisis mucho más profunda, una crisis moral, una crisis de valores.

Todos conocemos la explicación acerca de la génesis de la crisis, la cual está fundamentada en una crisis subyacente de las hipotecas basura en . Los dos grandes problemas fueron, por un lado, la aparición de productos financieros cada vez más complejos y, por otro lado, la internacionalización de éstos que hizo que cada vez fuese más difícil controlar los riesgos inherentes en ellos. Se fue cosechando durante los años de bonanza económica la infección de todo el sistema financiero mundial debido a las interrelaciones existentes. De este modo, una vez que se produjo la quiebra de , era de esperar que la caída de todo el sistema financiero mundial no tardara en producirse (y, de hecho, así fue). Una vez que el sistema financiero se hundió, el contagio de la economía real tardó poco en sentirse. De tal explicación parece desprenderse que, en todo caso, los culpables de la depresión económica son las entidades financieras, cuyo despropósito y codicia nos han llevado a la nefasta tesitura existente. Sin embargo, no parece justo culpar solamente a tales entidades, cuando todos los entes económicos se beneficiaron de la expansión de liquidez. Durante los años anteriores al inicio de la crisis, la burbuja de liquidez hizo que todos los agentes económicos vivieran por encima de sus posibilidades, entrando en un bucle de endeudamiento excesivo que, tras la explosión de tal burbuja, propició la quiebra de familias, empresas y del sector público.

De todo el planteamiento anterior parece desprenderse una idea clara, que han sido las actuaciones de los diferentes agentes económicos las que nos han llevado a la situación existente, es decir, que la crisis está fundamentada en una crisis subyacente, mucho más profunda, basada en la conducta de los individuos. En otras palabras, es como si estuviéramos pagando las consecuencias de nuestros errores pasados. No obstante, cabe preguntarse el porqué de tales comportamientos. Si intentamos ahondar en este problema, podemos certificar que la crisis, además de económica, es una crisis de valores. El excesivo afán por el lucro, marcado por los entes económicos, por ejemplo, con la innovación de productos financieros por parte de las entidades financieras y alentado, en determinadas ocasiones, por la Administración con políticas que favorecen tales comportamientos nocivos; el individualismo que se desprende de tal anhelo de beneficio y que está muy lejos de la búsqueda del bien común (sobre la que debe basarse cualquier convivencia en sociedad), así como la impunidad de conductas destructivas que se ha mostrado ante actuaciones deplorables como las que han tenido las entidades financieras (con la propagación de riesgos sistémicos a través de los complejos derivados financieros) o el Estado (a través del despilfarro y falta de consistencia en las decisiones relativas al gasto público y consecuente austeridad, así como con las diferentes políticas llevadas a cabo que estaban muy lejos de tener en cuenta a la sociedad), muestran de forma más que evidente la amoralidad imperante.

Por tanto, parece que el entusiasmo hacia políticas que mitiguen la situación económica actual no es la solución idónea, sino que hay que tener en cuenta el trasfondo de la crisis. Hay que atender a qué nos ha llevado a tal nefasta coyuntura y, en particular, tener en cuenta el comportamiento de los agentes económicos. Si se intenta resolver la crisis atendiendo sólo a aspectos técnicos, es muy probable que volvamos a caer en los mismos errores del pasado, por lo que parece necesario un cambio mucho más profundo, un cambio en el comportamiento de los individuos que nos lleve a actuaciones más éticas. En otras palabras, se necesita una verdadera unión entre ética y Economía, de modo que las actuaciones económicas estén fundamentadas en valores deseables.