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Autora: Encarnación Bernad Cambronero (Alumna de la asignatura “Dirección financiera”, 4º de Grado en Economía)

La crisis del euro ha sacado a colación algunas de las grandes deficiencias sobre las que está construida  Monetaria. Ante la situación en la que se encuentra actualmente , los países del euro deben acabar con estas deficiencias en la medida de lo posible, lo que les obliga a una cada vez mayor integración, muchas veces avanzando en cuestiones que deberían haber sido previas a la creación del euro, como son la unión fiscal y bancaria, así como una mayor integración de los mercados de productos y de factores. Entre ellas, una de las carencias más graves es la falta de una integración fiscal, condición sine qua non para alcanzar la condición de zona monetaria óptima y poder hacer frente de una forma más eficaz a las posibles crisis posteriores en nuestra moneda única. En este sentido, la Unión Europea ha avanzado promoviendo el Pacto de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza, cuyo objetivo fundamental es dotar de disciplina presupuestaria a los Estados miembros. Pero, ¿es la estabilidad presupuestaria suficiente para alcanzar la integración fiscal? Lo cierto es que actualmente se están ignorando otros pilares institucionales fundamentales sobre los que se debería construir ésta, como son un presupuesto y Tesoro federales. La realidad es que el Tratado no contempla la creación o fortalecimiento de los instrumentos tributarios europeos.

Las carencias del proceso de integración, ya no sólo en el ámbito de la fiscalidad, sino también en la integración europea en general, tienen su reflejo más evidente en el reducido tamaño del presupuesto comunitario, pues cuenta con importantes limitaciones para atender todas las tareas que cabría atribuirle a la Unión Europea dado el nivel de integración alcanzado hasta ahora. Téngase en cuenta, a este respecto, que puede considerarse un presupuesto federal aquel en que los gastos no financieros del nivel central de gobierno vienen a representar en torno al 25% del PIB. Sin embargo, el gasto de la UE se sitúa en el 1% de su PIB.

La Unión no ha dado pasos que le aproximen realmente a los postulados del federalismo fiscal que cabría esperar de la ya citada zona monetaria óptima, pues la mayor parte de los ingresos del presupuesto comunitario provienen de transferencias de los Estados miembros, sin que existan impuestos verdaderamente comunitarios. Pero no sólo es una cuestión de federalismo fiscal, sino que la inexistencia de recursos realmente propios crean una concepción para el ciudadano de lejanía respecto a las instituciones europeas, lo que no ayuda en ningún modo a superar la actual situación en la que los intereses nacionales y el euroescepticismo están empezando a primar sobre los intereses comunitarios y el avance en la integración europea.

Son estos factores políticos -los que abogan por una mayor soberanía nacional en detrimento de una mayor cesión de competencias a la entidad supranacional- los que están determinando en gran medida que no se den los pasos necesarios para una unión fiscal completa, si se exceptúan las actuaciones en materia de armonización fiscal de la imposición indirecta, que por otra parte han sido necesarias para hacer viable el funcionamiento del mercado único. Mientras siga existiendo una primacía de la lógica nacional y no se cierren algunos debates que existen actualmente como el de los saldos netos europeos, los objetivos de integración fiscal y europea se revelarán harto difíciles.

En definitiva, en un contexto como el actual, donde el nacionalismo se antepone al espíritu europeo, es fundamental reforzar el valor de la Unión Europea frente a sus ciudadanos, pues, a pesar de la reticencia de algunos países a una mayor integración, ésta se ha revelado como necesaria, si no obligatoria, debido a la situación actual de la Unión Europea, más concretamente en lo que se refiere a la zona montería única. Los errores previos a la creación del euro, básicamente la no integración fiscal, política y financiera, hacen necesaria una integración cada vez mayor de los países, con el objetivo de sentar las bases para una zona monetaria y un marco financiero adecuados a la moneda común. Esto pasa por avanzar en la integración fiscal, pero no sólo por la vía de la armonización impositiva, sino también por la vía de un presupuesto que cumpla las condiciones de unos países integrados, con recursos a los que se le pueda llamar propios con propiedad, y que sea suficiente para mantener un gasto relativamente elevado en el ámbito de la Unión Europea. En definitiva, se trata de la necesidad de avanzar hacia un presupuesto más federal, objetivo que están dejando prácticamente de lado las instituciones europeas, y que, tarde o temprano, será inevitable el avance hacia él.