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Autora: Joana Ríos Cantero (Alumna de la asignatura “Dirección Financiera de la Empresa” 5º LADE)

La vida cambia, o al menos eso dicen nuestros mayores constantemente. Nos cuentan historias de su niñez, de su adolescencia, de bodas y alguna que otra despedida, de momentos maravillosos y de otros en los que llegaron a temblar de frío o incluso de miedo. De pequeños, quedamos fascinados con todas ellas e imaginamos otro mundo de madera en el que no cabían ni los Smartphone, ni las tablets, ni las tarjetas de crédito. Nos preguntamos cómo lavaban sin lavadoras, cómo se divertían sin televisores y cómo viajaban seis en un 600 sin aire acondicionado. Los menos afortunados, sin dejar de ser mayoría, también narran sus épocas de hambre, de sirenas y de guerra, de cobrar al mes 1000 pesetas después de haber trabajado más de diez horas diarias. Y empiezan a dejar de sorprendernos, bien porque dejamos de ser niños o bien porque ese tipo de vida tampoco se diferencia tanto de la que ahora vivimos.

Los salarios, teniendo el privilegio de tener uno, en vez de mil pesetas son mil euros, pero incluso para menos dan ahora. Apenas se pueden pagar las facturas, el precio de los productos está por las nubes y ya son muchas las familias que tienen problemas para comer. Llenar el depósito de un coche, sea el del abuelo o el del hijo, es un lujo, y volvemos a sacar las bicicletas del trastero no por ser más verdes, seamos sinceros, por ser más pobres.

El padre le pide al hijo porque se ha quedado sin trabajo, pero el hijo le pide al padre porque no hay banco que preste un duro.

Los señoritos de antes, los que mi abuelo dice que tenían las tierras y el capital, son los mismos que desde arriba ahora nos roban. Antes se asumía que había pobres y ricos, y ahora, también.

En las clases de la escuela, dice, que siempre se formaban dos bandas: los buenos y los malos. Quienes pertenecían a un bando, se consideraban los más fuertes y buenos, los que pertenecían al otro, también. En cada uno de ellos lideraba el chico más fuerte y siempre iba acompañado de dos o tres monigotes que seguían cada paso que el otro daba. La profesora, desde lo alto del atril les pedía calma y los sancionaba sin recreo cada semana, pero cuando el asunto se subía de tono, toda la clase acababa encerrada en clase a la hora del almuerzo. Me cuenta mi abuelo que el odio entre los dos clanes de su clase era alarmante, que a pesar de que pasaban los años y los alumnos iban y venían en los diferentes cursos, el enfrentamiento nunca acababa. A los nuevos, según donde los colocase la profesora, se producía una adhesión instantánea: los de alrededor le persuadían, le alagaban y le ofrecían protección sólo por unirse a ellos. Una mañana, el cabecilla de uno de los grupos se sentó en la mesa del cabecilla del otro, levantando un revuelo generalizado en toda la clase y enfrentando a varios compañeros sin saber muy bien los motivos de la contienda. La profesora castigó duramente a los que llegaron a las manos y advirtió que ante una próxima pelea las medidas serían mucho más estrictas, perjudicando incluso a aquellos que estuvieran sentados en su silla. A pesar de las amenazas de la señora, a la que todos los alumnos temían, al salir de clase los dos dirigentes quedaron a las puertas del colegio, arrastrando a los más fieles y a los que no tenían más remedio, originando una auténtica batalla campal entre los alumnos de primaria.

Yo me río y le digo a mi abuelo que de eso no ha cambiado nada. Él me pregunta que si en mi colegio pasó lo mismo y yo le digo que también. Apago la estufa para que no consuma y la televisión porque ya he escuchado suficiente. En estos tiempos que más que correr, retroceden, sumergidos en una profunda crisis financiera, económica y social, los cuatro cabecillas de este gran colegio maleducado, no tienen otra cosa mejor que volver a hablar de jugar a la guerra, con mejores armas, con juguetes más potentes, pero al mismo juego de siempre.

La vida evoluciona, pero no, no cambia.