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Autor: Raimundo González Giménez

La situación de los Estados Unidos puede resultar delicada si consideramos los nuevos plazos establecidos por el Congreso de aquel país para recortar el gasto público y, con ello, evitar una reducción excesiva de la demanda interna. Seguramente, se ha postergado el problema. Nada más.

Tal situación genera un aumento de la incertidumbre, acentuado por una Deuda Pública excesiva. La cuestión es: ¿Será capaz Estados Unidos de evitar un descenso de la competitividad frente a los mercados emergentes? El camino para que no se produzca tal descenso pasa por mantener y mejorar sus inversiones en I+D+i en busca de la denominada “digitalización de la producción” que reclama altas inversiones en ese sentido, así como personal de alta cualificación. Ello podría tener como consecuencia el traslado de una parte importante de la producción industrial hacía los países desarrollados. ¿Sería la probable subida de impuestos en aquel país, suficiente instrumento para acercarse al objetivo comentado? Los datos sobre la reducción del déficit comercial y su influencia en la lectura del PIB del cuarto trimestre de 2012, no cabe duda que también animarán a caminar en esa dirección.

Europa, mientras tanto, vive su propia crisis. Su producción industrial ha descendido notablemente, mostrando una lenta y aún lejana recuperación. La política monetaria del BCE no tiene el carácter expansivo necesario, apreciándose con ello el euro y ralentizando consecuentemente la salida de la crisis.

Analizando la evolución a largo plazo, se percibe que Europa viene perdiendo competitividad con respecto a sus posibles competidores, por lo cual es conveniente, entre otras medidas, mejorar las inversiones en investigación y fomentar los valores en recursos humanos. Son muchos los que opinan que la actividad industrial futura tomará en consideración, sobre todo, los aspectos comentados.

En España parece que estamos lejos de tales planteamientos. La intensa crisis que nos afecta, el tejido industrial caracterizado por la pequeña empresa, y la necesaria aceptación de la prioridad europea en el control del déficit público, no solamente frena cualquier actitud expansiva orientada al desarrollo tecnológico, sino que, además, tenemos que ver como emigra una parte importante de los jóvenes titulados universitarios, y como pierden el paso aquellos otros que no acaban incorporándose al mercado laboral en un espacio temporal no excesivamente lejano a la finalización de sus estudios.

¿Cómo calificar que la última cumbre europea haya dotado una partida de 1.000 millones de euros, del total dispuesto para tal fin que asciende a 3.000 millones, para hacer frente al paro juvenil en nuestro país? o ¿que nuestro gobierno también tenga entre sus objetivos habilitar un plan de choque para luchar contra tal situación? Habrá que esperar y exigir profundidad en las medidas orientadas a la consecución de los elementos que faciliten la necesaria competitividad, esto es, exigir que nuestros políticos nunca dejen de considerar la necesidad de afrontar políticas económicas a largo plazo.