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Autora: María Rueda Sevilla (Alumna de la asignatura “Dirección Financiera” del Grado en Economía)

El panorama de la economía mundial se caracteriza por la globalización y sus implicaciones. La globalización ha incentivado el crecimiento de muchos países y un importante beneficio económico, pero este crecimiento y beneficio no se han repartido de manera equitativa en las distintas partes del mundo. La globalización ha provocado un aumento de los desequilibrios económicos y la concentración de la riqueza. La brecha entre los países ricos y los pobres se ha elevado y ha generado un elevado y creciente número de personas en el Tercer Mundo sumidas en la pobreza, ya que sus rentas y niveles de vida han descendido. Además, en épocas de crisis, todos los países se ven afectados negativamente (sufren una caída en cadena) y, por tanto, ahora mismo no se están viendo sólo afectados los países del Tercer Mundo, sino también países desarrollados como el nuestro.

La liberalización y flexibilización de los mercados de los países pobres ha provocado la reducción de posibles rentas de exportación y sistemas bancarios más débiles, debido a que una gran parte de flujos de dinero se destinan a los países ricos, porque tienen productos con mejores cualidades y precios más competitivos (fundamentalmente en algunos productos básicos) y sistemas bancarios más fuertes y eficientes. Al mismo tiempo, la ausencia de capacidad de atracción de inversión privada a la que se enfrentan los países pobres provoca una mayor incapacidad a la hora de conseguir un crecimiento a largo plazo sostenible que permita una reducción de la pobreza y una mayor cohesión económica y social (éste es un proceso que estamos viviendo ahora también en países como España o Portugal).

Algunos países pobres han permitido o incluso favorecido recortes en los derechos de la población como la violación de los derechos humanos, disminución de impuestos y salarios (paraísos fiscales), legislaciones menos estrictas con el medio ambiente… para conseguir ser más atractivos para las grandes y medianas empresas de otros países (deslocalización y externalización de empresas) y aumentar su crecimiento. En el contexto actual, algunos países desarrollados también están relajando el cumplimiento de algunas políticas y derechos de la población para prevenir la salida de capitales en esos países y ser más competitivos a través de la bajada de salarios y, además, como consecuencia de la aplicación de las medidas de austeridad impuestas por la Eurozona.

A causa de que las empresas se enfrentan a un contexto cada vez más global, en el que destacan los procesos de internacionalización de las actividades empresariales y la deslocalización industrial, la Responsabilidad Social  (RSC) adquiere un mayor papel porque la globalización origina problemas sociales y ambientales. La RSC se embarca en la sostenibilidad y, con ello, una empresa responsable es una empresa sostenible, lo que supone ser una empresa económicamente viable, ambientalmente responsable y que genera beneficios sociales. La clave de la sostenibilidad de la economía es la ética y, por tanto, una empresa responsable ha de tenerla en cuenta a la hora de preguntarse qué producir, cómo producir, para quién producir, al igual que para pregustarse a qué debe destinar sus beneficios. La inversión social responsable también es importante en el objetivo de lograr RSC, pues el consumidor puede decidir dónde quiere invertir y, por tanto, puede ayudar a favorecer a empresas sostenibles (responsables), además de que estas empresas suelen tener las ventajas de que sufren menos riesgo y tienen menos pérdidas.

Pero mientras tanto, los organismos internacionales que tenían como competencia asegurar la estabilidad económica, estimular el desarrollo y evitar coyunturas desfavorables, a lo largo de los años han pasado a defender la ideología de libre mercado como solución a los problemas de los países subdesarrollados. Los organismos que manejan el sistema de la globalización son gobernados por los países más ricos y las decisiones y medidas que han adoptado no han sido acordes con el desarrollo económico distributivo y la estabilidad global, pues han defendido políticas que no benefician ni representan a los países subdesarrollados ni a ningún otro que no sean ellos mismos.

La globalización debe tener efectos positivos equivalentes en todos los países (es vital) y para ello es necesario que los organismos estén gobernados equitativamente por todos los países para así poder escuchar la opinión de todos y conseguir una situación más favorable y equilibrada para todos. Es necesario que ciudadanos y empresas actuemos de manera responsable en todo el mundo (a través de la Banca ética, inversión social, consumo responsable…) y la Responsabilidad Social Corporativa es una herramienta que, bien utilizada, puede ayudar a conseguir un impacto positivo en los distintos ámbitos en los que la empresa se desenvuelve y, por tanto, favorecer un crecimiento sostenible en todos los países, ya que las empresas integran de manera voluntaria las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales, al mismo tiempo que estimulan la competitividad. El consumidor y el pequeño inversor deben tener un papel importante y activo para cambiar todo esto, porque las injustas e ineficientes medidas de los gobernantes quedan patentes día tras día y no parece que éstas vayan a cambiar hacia una orientación racional.