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Autor: Víctor Raúl López Ruiz

En tiempos de aguda crisis en que vivimos, las reflexiones sobre los términos usuales se suceden. Crisis no es sino una situación continuada de cambios y rupturas estructurales. De esta manera, son muchos los ámbitos y escenarios donde las situaciones de cambio se demandan. Por el contrario, en situación de bonanza, cuando todo evoluciona de forma previsible y positiva, las necesidades del cambio son menores, pero no hacerlo puede ser el primer gran error de un gobierno.

Como ilustración de esta primera conclusión podemos referirnos a la cita en la Biblia sobre el buen gobierno de Egipto, hace unos 4000 años por José, que interpretó el sueño de su faraón sobre vacas y espigas, explicando la llegada de un ciclo económico de 14 años con los primeros 7 de crecimiento y otros tantos posteriores de recesión. Para evitar la ruina del país, propuso mayores impuestos en la época de bonanza que evitarían males mayores en los de crisis, el faraón le escuchó y eligió a José como gobernante, su política provocó el crecimiento económico de Egipto soportado en su acierto junto al mal hacer de los gobernantes de los países vecinos.

Es claro que en nuestros sistemas económicos, en muchos países, estas políticas de control del endeudamiento no se han tenido en cuenta y las fuertes etapas de crecimiento han venido acompañadas de mejoras en las políticas de gasto unidas al mantenimiento o reducción de impuestos.

Los gobernantes han optado por estas políticas, incluso, como la abundancia era tanta, las han utilizado en su beneficio. Cuando la crisis se ha instaurado entre nosotros y ha causado la pobreza entre los ciudadanos, nos hemos planteado si el gobierno y la forma de legitimarlo era la adecuada. A partir de esta nueva situación la democracia representativa no parece el ideal, tiene grandes inconvenientes, pues obedece a procesos electorales controlados por partidos políticos que completan una cámara de representantes cuya legitimidad no se soporta en la persona elegida o su territorio, sino en el partido político. El ciudadano tiene un delgado vínculo con su representante y los errores que éste comete no son suficientes para eliminar dicha representación, por lo que el vínculo se hace aún más delgado, y el ciudadano o representado se siente ‘indignado’, y pide una democracia directa en la que ese vínculo sea mayor, dónde además el poder y la gestión socio-política sea cercana al pueblo. El representante, por su parte, en el peor de los casos, se retira lo antes posible del escenario político o asume como impuestas desde fuera las políticas a aplicar para, en cualquier caso, evitar su responsabilidad y con ello hacer aún más delgado el vínculo de representación. En todo caso, sus políticas se soportan en esa legitimidad democrática que le obliga como representante así como en la inmunidad de sus consecuencias.

En el caso de nuestro país la descentralización autonómica ha complicado la situación, pues son, al menos, 17 los gobiernos que además han seguido estos parámetros multiplicando los perjuicios para sus ciudadanos. De esta forma, ahora el gobierno autonómico cae en desgracia y se pide un gobierno federal, con similares poderes, pero si es posible asimétrico, para preservar determinadas haciendas y diferenciar a los ciudadanos por el lugar donde viven y configurar a las antiguas regiones como ‘estados de Europa’. Todo ello, en situación de crisis económica motivada, fundamentalmente, por el mal gobierno y desmanes en situación de crecimiento, ante los que muy pocos se atreven a gobernar.

Ahora, echando la vista hacia afuera, nos replanteamos también la  y la Unión Monetaria, pues los diferenciales de gestión en los gobiernos europeos saltan al escenario económico y motivan diferencias en la capacidad y coste de endeudamiento en momentos de crisis que determinan una Europa a dos velocidades. Hemos pasado de una época convergente en la que los ricos subvencionaban a los pobres para que crecieran y agrandaran el mercado, a una nueva etapa divergente en la que se endeuda el pobre y le pasa al rico tanto el interés de su deuda como su capital intelectual materializado en masa laboral cualificada. El sistema económico se regenera hacia un crecimiento divergente.

Como podemos constatar, son muchas las facetas en las que las políticas adoptadas en el pasado provocan cambios en el futuro, así nuestro Jefe de Estado nos pedía unidad y recobrar el espíritu de la Transición, en la que los gobernantes se aunaron, renunciando en no pocas ocasiones a sus dictámenes de partido, para acercarse con sus políticas a las necesidades y reclamaciones de la sociedad, la mejor forma, sin duda de legitimar un sistema político y hacer funcionar un sistema económico.

¿Tiempo de crisis, tiempo de cambio, o “a perro flaco todo son pulgas”?