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Autor: Fabio Monsalve Serrano

Me temo que la presente crisis nos va a dejar como herencia, además de unas terribles cifras de desempleo y deuda, una cierta degradación moral del ser humano y de su capacidad de empatizar con las emociones y situaciones de sus congéneres. Altruismo, generosidad, hospitalidad, confianza, honor… se han convertido en palabras huecas. Han perdido su significado, mil veces prostituidas en discursos demagógicos, por unas élites económicas y políticas faltas de escrúpulos y de mínima moralidad. Campa a sus anchas el sentimiento generalizado de que lo racional es anteponer el interés particular al bienestar común. Lo cual no deja de tener su gracia, pues ¿no es eso lo que predica la teoría económica convencional? ¿No es el comportamiento que se supone óptimo para maximizar las ganancias individuales y sociales?

La Teoría Económica predominante toma como modelo de comportamiento humano al agente económico que se comporta de forma racional; es decir, procesando adecuadamente la información disponible, analizando los costes y beneficios y actuando en consecuencia. Y aquí es donde viene lo que siempre me pareció la gran paradoja de la teoría económica: si sólo persigo mi interés, no debería prestar atención a factores relacionados con el bienestar de los demás; pero si no presto atención a esos otros factores, el sistema acaba por romperse. Para que las relaciones económicas funcionen, es necesario que los agentes económicos moderen su comportamiento respetando la ley, cumpliendo sus compromisos, informando verazmente… La economía de mercado puede asumir a unos pocos actuando de forma oportunista, pero no su generalización. ¿Cómo resuelve la Teoría Económica el conflicto de intereses entre maximizar el propio beneficio o autocontrolarse para que todo funcione? Pues la resuelve confiando en dos mecanismo: el mercado (lo que no deja de tener su gracia, pues es la racionalidad maximizadora del mercado el la que incita las malas prácticas) y la ley.

Veamos el primero de ellos. Según el razonamiento de la teoría económica convencional, aquel que se comportara de forma fraudulenta tendería a ser expulsado del mercado y no sobreviviría. Ningún panadero podrá engañar permanentemente sobre el peso o la calidad de sus productos. Si quiere prospera deberá ofrecer un buen producto a sus clientes. Perfecto, pero ¿qué ocurre en caso de productos que afectan a la salud pública? En España no tenemos tan lejos el caso del aceite de colza, para pensar que un desalmado con una sola partida de productos puede obtener un beneficio enorme y causar un daño irreparable. En esta misma línea tendríamos lo que se denominan los “grandes golpes” o estafas a gran escala que retiran de por vida a su artífice. El sector bancario y financiero es especialmente sensible a este problema. ¿Qué lleva a un alto directivo de banca a controlarse para no diseñar un producto financiero que le retorne enormes beneficios y mínimos riesgos? Pues sólo los altos estándares morales. La reciente historia financiera nos recuerda casos en los que la ausencia de dichos estándares morales en la alta dirección ha traído la ruina y desgracia a millones de seres humanos.

Si la barrera de seguridad del mercado falla, pues entonces tenemos la ley. Si bien ésta también presenta algunos problemas. En primer lugar, la ley suele seguir a la realidad. Continuamente aparecen nuevas prácticas de dudosa moralidad pero no claramente ilegales; hasta que no se demuestra el daño para la sociedad no se regulan y, en el entretanto, miles de individuos pueden haberse visto perjudicados. Las preferentes serían un excelente ejemplo. En segundo lugar, los perjudicados pueden no tener capacidad de presión, bien por pertenecer a una minoría o bien porque el perjuicio lo sufran habitantes distintos del país que lo genera. En tercer lugar, el daño puede ser tan pequeño que no genere alarma social ni necesidad de legislar. Todo ello sin olvidar que la promulgación de las leyes está en manos de políticos y su ejecución en manos de funcionarios públicos que también tienen sus intereses particulares.

En resumen, mercado y ley son necesarias, pero insuficientes armas de control. Para que el sistema funcione con eficiencia y fluidez se requieren ciertos estándares morales. Se requiere que el ser humano recupere su dimensión más humana. Como subraya González Fabre en su estupendo libro sobre Ética y Economía, del que he entresacado no pocas de las ideas aquí expuestas: “En una sociedad de agentes dispuestos a cualquier cosa si es en el propio interés, esto es en una sociedad de Hombres Económicos, los comportamientos oportunistas pronto destruirían al sistema desde dentro, dejando tras de sí Estados fallidos, mercados abusivos, la ley de la selva”.

Ha costado cientos de años asumir que necesitamos unas normas que faciliten la convivencia social, que necesitamos renunciar a libertades individuales para mejorar como colectivo; en definitiva, que necesitamos someternos al imperio de la ley. Pero como ya hemos señalado antes, la ley no es suficiente. En lo venidero habremos de caminar hacia el “imperio de la ética” e interiorizar aquellas conductas que nos dignifican como seres humanos. Conductas presentes en las tradiciones culturales de multitud de civilizaciones pero que parecen que van cediendo ante el rodillo homogeneizador de la globalización unidimensional, racional y maximizadora de beneficios.