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Autora: Nuria Gómez Sanz

El Informe Mundial de Felicidad se publicó a principios de abril del presente año, en un momento en el que la crisis había llevado a muchos gobiernos a olvidarse de la idea abstracta de la felicidad y preocuparse por la crisis y el desempleo. En su introducción, el informe se atreve a proponer un nuevo paradigma económico que no se centre en la idea de individuos racionales que toman siempre decisiones correctas, sino que tenga en cuenta la naturaleza humana, la compleja interrelación entre las emociones y los pensamientos racionales y nuestra naturaleza social. El objetivo es reorientar el crecimiento según la información que proporcionen medidas alternativas al PIB, y la sorpresa viene de que los mejores resultados en la medida de felicidad de la  se han dado de aquellos países con mayores índices de renta, echando por tierra la manida frase de que el dinero no da la felicidad y oponiéndose a las enseñanzas de nuestros filósofos desde Aristóteles.

La ciencia económica empezó a ocuparse del tema de la felicidad en 1974, cuando Richard Easterlin publicó su influyente artículo que postulaba la conocida paradoja de Easterlin, y que sirvió para confirmar que la relación entre felicidad y renta no es simple. Easterlin mostró que los individuos con mayores ingresos tienen una mayor tendencia a afirmar que son más felices, apuntando a una relación directa entre renta y felicidad, pero sin embargo cuando se realizan comparaciones entre países con diferentes niveles de renta no hay apenas diferencias en los niveles subjetivos de felicidad, al menos cuando se comparan países donde se han cubierto las necesidades básicas, y cuando las comparaciones se realizan para un mismo país a lo largo del tiempo, se comprueba que el crecimiento económico continuado no se refleja en mejoras en el nivel de felicidad. Entre las explicaciones que se han dado a esta paradoja de Easterlin están, por una parte, la capacidad humana para adaptarse a casi cualquier situación, de modo que nos habituamos a mejoras de renta de modo que el incremento permanente de nuestros ingresos supone una mejora solo temporal de nuestra felicidad, y la tendencia valorar las cosas por comparación, de modo que si toda la sociedad mejora su nivel de vida nuestro nivel de felicidad no se modifica porque seguimos comparándonos con individuos que está mejor que nosotros. La multitud de estudios económicos sobre este tema parecen demostrar que la relación directa entre felicidad y renta existe, pero es limitada y hay muchos otros determinantes de igual o mayor importancia.

Las noticias aparecidas en prensa parecen en algunos casos contradictorias, según el país donde se publica la noticia el puesto en la lista sube o baja, la razón es que en realidad el informe es un compendio de encuestas sobre felicidad de tres fuentes distintas, Gallup World Poll (GWP), European Social Survey (ESS) y World Values Survey (WVS), que a su vez muestran más de una medida, siendo las dos más comunes la de la felicidad afectiva, que se centra en la felicidad en un momento determinado del tiempo y que se ve más afectada por los vaivenes diarios, y la felicidad evaluativa, que se centra en una visión más general de satisfacción en la vida del individuo, y que se espera que sea más estable, y en la primera de estas encuestas se pregunta también por la precepción de felicidad pasada y presente (también sobre la futura o esperada pero los resultados de esa estimación no están publicados en el informe). La primera encuesta, GWP, tiene datos para un mayor número de países, 155, la WVS tiene datos para 93 países y de 26 para la ESS. En cuanto al periodo de análisis la GWP se recoge desde, pero los resultados que se muestran en el informe son de las encuestas que se ha realizado entre 2005 y 2011, la WVS se recopila desde 1981, y los datos del informe son de la encuesta de 2005-2008, y la encuesta europea se empezó a realizar en 2002 todos los años pares y cuyos últimos datos disponibles, de 2010, son los publicados en el informe. Es necesario hacer referencia a esta distribución temporal para explicar que algunos de los países más afectados por la crisis aparezcan en los primeros puestos en las listas de bienestar subjetivo, al recopilarse los datos antes de que se dejasen notar sus efectos. En general todas las medidas se construyen con la opinión subjetiva de los encuestados que valoran de 0 a 10 (de 1 a 4 para el WVS) su felicidad o la satisfacción que les proporciona su vida, y los países se ordenan según la media de las respuestas obtenidas para cada país.

La discusión que se hace en el informe sobre los factores que determinan la felicidad distingue entre factores externos y personales e internos. Entre los externos se mencionan la renta, el trabajo, la comunidad y la gobernanza y, por último, los valores y la religión. Entre los personales destaca la salud mental, la salud física, la familia, la educación y la edad y sexo. Nuestro interés se centra fundamentalmente en la relación entre la renta y la felicidad, y en este sentido el informe confirma lo que hemos ido avanzando, la relación es compleja, directa y limitada, más limitada de lo que podría pensarse viendo los primeros países que aparecen en la tablas

El estudio explica la mayor parte de las diferencias entre países por los niveles de renta, la esperanza de vida, la red social y el sentimiento de libertad. Nuestro objetivo, como economistas, es analizar la relación entre felicidad y renta, por lo que discutiremos solo marginalmente el resto de factores. Las noticias que han aparecido en la prensa sobre los resultados del informe se basan en la primera de las columnas de la tabla de resultados, que entre sus primeros puestos solo incluye a países de renta muy alta y el primer puesto fuera de esta clasificación es el de Costar Rica, con una cultura muy “americanizada”. Esto ha justificado las noticias que defienden que el dinero sí da la felicidad y que la alegría cultural que se suele identificar con el sur no es más que un mito. Cuando se mira la tabla en su conjunto las conclusiones que se sacan son otras, es cierto que los países más pobres se mantienen a la cola de los resultados en todos los índices, pero, tal y como señala el informe, la explicación no está tanto en las bajas rentas como en las dificultades para cubrir las necesidades básicas de alimentación, cobijo y salud. Y los países en los puestos más altos que aparecen con más frecuencia no son los que se reconocen mundialmente como líderes de crecimiento o riqueza, sino ejemplos de orden social, sistemas de salud que funcionan y respeto a la democracia. Es cierto que la riqueza mejora las posibilidades de ser feliz, pero el informe confirma que la libertad política, las redes sociales y la ausencia de corrupción pueden explicar conjuntamente una proporción mayor de las diferencias entre países. A nivel individual, la salud mental (este es el principal determinante de la felicidad según los resultados del informe) y física, el contar con una red social por limitada que sea, la seguridad en el trabajo y la estabilidad familiar son cruciales.

La principal crítica que se le ha hecho al informe es que centra la discusión del modelo de sociedad que queremos en las necesidades de mejora para los países ricos, centrándose en la importancia de la cooperación, las necesidades no reales que alimenta la publicidad y la discusión de si hemos forzado demasiado los límites medioambientales. Sin embargo los países con necesidades materiales, la importancia de satisfacer necesidades básicas de agua potable, alimentación, salud, o la exigencia de unos niveles básicos de educación para todo el mundo, no se discuten.