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Autora: Ana María Alarcón López

El sector agrario es uno de los sectores básico de la economía española. En los últimos años, hemos sido testigo de cómo este sector está decayendo, perdiendo puntos respecto a los otros dos sectores fundamentales: industria y servicios. La disminución de la participación de la población en este sector se debe, fundamentalmente, a la mecanización de los cultivos. Esta no es la única causa que ha hecho que la población deje de emplearse en la agricultura. Hay multitud de causas, como por ejemplo, los bajos salarios que se pagan a los trabajadores, los bajos precios de los productos, el bajo rendimiento que se adquiere, la multitud de gastos que generan los cultivos, etc.

En este artículo me gustaría resaltar los bajos precios que se pagan a los agricultores por sus productos y las ganancias, bastante desproporcionadas, que adquieren los intermediarios. Esto ocurre prácticamente en todos los productos agrarios. Por la experiencia que tengo en el sector del champiñón puedo afirmar que es vergonzoso los precios que se pagan al agricultor. Por ejemplo, a un cultivador de champiñón se le paga, aproximadamente, un euro por un kilogramo de champiñón de la mejor calidad. Una persona que va al supermercado y compra una bandeja de 250 gramos de dicho producto tendrá que pagar por ella unos 2,50 €. La diferencia entre lo que cobra el agricultor y lo que paga el cliente la retienen los intermediarios, entendiendo por éstos supermercado y distribuidor. Bajo mi punto de vista, esta diferencia está muy descompensada, ya que no se valora el duro trabajo del agricultor. Habría que tener en cuenta que la función del distribuir únicamente es transportar el producto desde la fábrica de origen al supermercado. Al igual que con el champiñón, este problema reluce en muchos otros cultivos, como puede ser el de la sandía, pimiento, tomate… Entonces, ¿deberíamos cambiar este sistema y recompensar mejor al agricultor por sus productos…?

A todo esto tenemos que sumar la próxima subida del impuesto sobre el valor añadido (en agricultura predominan los tipos reducidos y superreducidos). Los productores no tienen la capacidad suficiente para poder trasladar nuevos costes fiscales a la distribución de sus productos. En la actualidad, los niveles de renta agraria se sitúan en los niveles registrados de 1992 y sigue descendiendo este nivel. La subida del IVA se va a hacer notar por dos vías: aumentarán los costes de producción y subirá el precio de los productos químicos y alimenticios (para los ganados).

El agricultor soporta unos costes muy altos comparados con los bajos precios que cobran por sus productos y que cada vez disminuyen más, mientras que los costes soportados siguen aumentando. Aunque cambiar toda esta situación sea altamente dificultoso, deberíamos intentarlo.