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Autor: José Carreño García

Bayona, Francia (1839). El descuidado hijo de un sacrificado panadero rompe, jugando con una piedra, el cristal de la panadería de su padre. El padre sale enfadadísimo porque va a tener que pagar un nuevo cristal, y algunos de quienes pasaban por allí se acercan al pobre hombre para tratar de consolarle. De repente, uno explica que todo el mundo tiene que vivir, y que el dinero que el panadero gastará en cambiar el cristal representará, por otra parte, un ingreso para los cristaleros. Claro, tras bendecir al chico, los cristaleros van a gastar ese dinero en carne, beneficiando así al carnicero. El carnicero, en el teatro, en beneficio de los actores. Y así, sucesivamente, este gasto tendría un impacto agregado mucho más grande en la renta del país. Tras concluir que este suceso es bueno para la sociedad, los viandantes se marchan dejando al panadero a su suerte.

Esta historia es conocida como “la paradoja de los cristales rotos”, y fue ilustrada por el economista francés  en un ensayo llamado “Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas” (lo que se ve y lo que no se ve). Lo que el ensayo completo trata de dar a entender es que, en muchas ocasiones, cometemos tremendos errores de análisis cuando nos fijamos sólo en “lo que se ve” e ignoramos “lo que no se ve”. La parte de la historia ya relatada responde a todo aquello “que se ve”, mientas que “lo que no se ve” es que el panadero tendrá que emplear en cambiar el cristal un dinero que, de otra manera, habría sido destinado a otro gasto, digamos, a comprar un traje. Al no poder comparar el traje, el sastre no ingresará ese dinero. Como tampoco lo hará el carnicero del sastre, ni los actores del teatro al que el carnicero pensaba acudir. En definitiva, el efecto multiplicador resultante de arreglar ese cristal se vería compensado, grosso modo, por un efecto multiplicador negativo derivado de dejar de gastar ese dinero en lo que originalmente iba a ser destinado. Y, compensados ambos efectos, lo que queda es un cristal roto, lo cual es negativo.

La razón por la que explico esta historia es para intentar argumentar que, en muchas ocasiones, los gobiernos actúan como ese descuidado hijo que rompe el cristal de su padre (el padre en este caso, claro está, seríamos los ciudadanos), haciéndole creer además que, apoyados por teorías económicas tan incuestionables por muchos como escasas de evidencia empírica que las soporte, debería aceptar felizmente que hayan roto su cristal, ya que eso acarrearía un gran beneficio para la sociedad en su conjunto.

En momentos de recesión económica, muchos gobiernos han tratado, tradicionalmente, de activar sus economías a través de paquetes de estímulo fiscal. Esto, generalmente, conlleva incrementar el endeudamiento estatal gastando un dinero público que, a través del famoso multiplicador del gasto, tendría efectos muy positivos en el sector privado y en el crecimiento económico. Lo que vengo a argumentar es que, consistentemente, los impulsores de esta serie de políticas suelen sobreestimar notablemente el efecto de las mismas en el crecimiento, así como su capacidad de contribución a la recuperación económica.

¿Cuál es el efecto en el crecimiento del PIB real provocado por un euro extra de gasto en bienes y servicios por parte del sector público? Los gobiernos básicamente suelen asumir que el valor del llamado multiplicador del gasto es cercano a dos. Si esto fuera correcto, estaríamos ante una especie de varita mágica muy apetecible para los gobernantes. Si el valor del multiplicador es dos, eso significa que el gobernante puede crear algo de la nada sólo a través de gastar un euro extra. Y no sólo el país recuperaría el euro extra gastado, sino que además conseguiría otro euro adicional. De esta manera, incluso aunque aquello en lo que el gobierno esté gastando este euro extra sea completamente inútil (como el ejemplo de Keynes en el que el gobierno paga a un operario por cavar hoyos y a otro por irlos tapando, lo que no deja de ser actividad pública), la magia del multiplicador del gasto hará, sin embargo, que este euro extra gastado dé lugar a dos euros adicionales en la renta del país.

Las investigaciones dirigidas a tratar de conseguir una buena estimación cuantitativa sobre el verdadero valor del multiplicador del gasto en los países más avanzados, en base a la evidencia empírica (algunas de ellas realizadas por economistas de máximo prestigio internacional tales como , Lawrence Christiano, Robert Barro o Martin Eichenbaum, y centradas principalmente en la economía estadounidense), tienden a estar de acuerdo en el hecho de que el multiplicador del gasto es positivo a corto plazo, lo que significa que el PIB real se incrementaría en el corto plazo ante un estimulo fiscal, pero no tan positivo como se viene asumiendo por parte de los gobernantes, sino alcanzando una cifra cercana al 0.5. Sin embargo, a medio plazo, una vez que el nivel de gasto es reducido, ya que un paquete de estímulo fiscal debe ser temporal, el efecto es negativo. Y, posteriormente, el efecto a largo plazo es mucho más negativo, puesto que la deuda nacional se ha inflado (“lo que no se ve”), y hay que pagarla no mediante déficits fiscales o más deuda sino, finalmente, incrementando inevitablemente los impuestos (y/o recortando otros gastos) de alguna manera. Cuando los impuestos son incrementados, esto crea un claro efecto negativo en la economía, debido a que los impuestos dan lugar a distorsiones que perjudican los incentivos a la inversión, al consumo y a la producción.

Por tanto, aunque el efecto final de un estímulo fiscal en la economía a largo plazo dependerá generalmente de la propia realidad económica y de la naturaleza de tal estímulo, las investigaciones sugieren que el efecto completo a medio y largo plazo será negativo, y mucho mayor en magnitud que el efecto positivo derivado del gasto a corto plazo. Así, estas investigaciones que estimaban el multiplicador del gasto en una cifra cercana al 0.5, sitúan el multiplicador de impuestos cerca de la unidad, pero con signo negativo. Si juntamos ambos, conseguimos el famoso multiplicador del presupuesto equilibrado, del que también habló Keynes, el cual sería claramente negativo.

Dicho esto, si estos argumentos se acercan a la realidad, no tendría ningún sentido que el gasto público se dirigiera a proyectos ineficientes. De esta manera, la única razón lógica que podría soportar un incremento del gasto público debería ser el hecho de que los programas a los que se dirige sean realmente eficientes y productivos desde el punto de vista de la tasa de retorno social o valor actualizado, que, en mi opinión, debería ser el cálculo correcto tanto en tiempos de recesión como en cualquier otro tiempo. Sin embargo, esto no suele ser así generalmente. Sin ir más lejos, podemos destacar los programas Renove a través de los cuales muchos gobiernos han intentado reactivar la economía en el pasado reciente, consistentes en subsidiar la compra de coches nuevos a cambio de la destrucción de coches viejos completamente productivos; y, particularizando, programas de obras públicas innecesarias, instalaciones abandonadas, aeropuertos inútiles, y un largo etcétera que actualmente estamos pagando y pagaremos durante mucho tiempo.

Fuentes:

  • Bastiat, M. Frederic (1874): That which is seen, and that which is not seen en “Selected Essays on Political Economy”. Traducido del francés por Seymour Cain y editado por George B. de Huszar.
  • Diversas reflexiones del profesor Robert Barro, principalmente en el .