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Autora: Mª Ángeles Tobarra Gómez

Hace unos días el  (que tiene la obligación de hacer estas cosas, pese a la que está cayendo) hizo públicos los datos de cambio de pesetas a euros del mes pasado (http://www.cincodias.com/articulo/economia/espanoles-poseen-1700-millones-euros-pesetas/20120703cdscdseco_6/). Por lo visto, los españoles cambiamos pesetas por valor de un millón de euros al mes, de forma sorprendentemente regular. Antes de que pregunten, lo que se cambian son billetes. Monedas no se cambian apenas. Además, según los cálculos del propio Banco de España, quedan pesetas por valor de unos 1.700 millones de euros sin cambiar (concretamente, 282.856 millones de pesetas, aproximadamente la mitad en billetes y la otra en monedas).

Vienen a la mente varias reflexiones. ¿Cuánto de todo ese dinero se habrá guardado como recuerdo o para coleccionismo? ¿Cuánto será aún dinero negro que nunca terminó de aflorar (cuando digo aflorar obviamente me refiero a que nunca se cambió a euros, porque mucho dinero negro se cambió a euros y volvió a “sumergirse”, puesto que no había necesidad de identificarse si se iba haciendo en pequeñas cantidades)? ¿Cuánto se habrá estropeado o acabado en la basura?

Lo de que se cambie más o menos un millón de euros al mes desde hace varios meses resulta un pelín sospechoso. Pero en fin, tal y como estamos y teniendo en cuenta las posibilidades abiertas con la amnistía fiscal, tampoco me extraña que nadie se ponga a fiscalizar ahora el cambio. Respecto a las otras opciones, el propio Banco de España calcula que el 45% de las monedas nunca se cambiarán debido a coleccionistas, turistas que no las cambian o las guardan como recuerdo, o porque se estropean o tiran. Soy coleccionista, pero muy amateur. Empecé de niña guardando en una hucha monedas que me daban porque ya no servían o porque tenían un valor muy pequeño, seguí juntando monedas “especiales” como las del mundial de fútbol de 1982, y cuando llegó el euro, entonces sí, me compré un álbum, abrí la hucha y los botes de monedas que tenía, y me puse a ordenar mi pequeño “tesoro”. Desde entonces, cada vez que viajo guardo algunas monedas y mis familiares y amigos también me traen algunas. Para mi gusto, mucho mejor que un imán para la nevera (y casi siempre, más barato). Como ven, es una afición con un coste, pero no demasiado alto si se hace a este nivel tan básico. Al fin y al cabo, todo el mundo tiene un bote de monedas (céntimos o pesetas que no usa, monedas de un viaje al extranjero que no cambió, etc). El coleccionista es el que se entretiene poniéndolas en un álbum. Se aprende historia, geografía y, para los que obtenemos las monedas de esta forma tradicional, cada moneda tiene su intrahistoria sobre cómo se consiguió, en qué viaje o qué familiar nos la dio. Así que pertenezco a ese grupo de personas que contribuyen a que parte de esas monedas nunca se canjeen (al igual que la mayoría de ustedes, en mayor o menor medida: ¿quién no se ha guardado alguna moneda de pesetas para enseñársela a los hijos/nietos en el futuro?).

No sé si se dan cuenta, pero con ello también se financia el Estado. Piensen principalmente en quienes compran esas monedas conmemorativas que todos los años acuña la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. A cambio de un trozo de metal cuyo coste es una pequeñísima parte del valor facial, y que nunca entrará en circulación (con lo que no aumenta realmente la cantidad de dinero), el Estado recauda dinero. No es poca cosa. Es interesante resaltar que quienes compran esas monedas muestran que para ellos “valen” más que su valor facial. Bien sea como inversión, es decir, piensan venderlas en un futuro por una cantidad superior de dinero, o por su interés personal como coleccionistas. Así que esas monedas tienen un coste de producción, un valor facial, un precio actual (puesto que muchas veces el valor facial no coincide con el precio al que se venden en la FNMT) y expectativas de precio futuro, que obviamente son cada uno diferente de los demás. Y a todo esto, son monedas que no funcionan como monedas.

De vez en cuando se escucha que un determinado día en un cierto pueblo se permite comprar en pesetas, y que todo el mundo aprovecha para sacar esa hucha que tiene por ahí (o lo que tiene escondido bajo el colchón) para hacer sus compras. Se oyen entonces los elogios hacia la peseta, parecidos a los que se le prestan a los difuntos, hicieran lo que hicieran en vida. Todo el mundo parece echar de menos a la peseta. Pero la mayoría de los ciudadanos no la echa de menos por las posibilidades de política monetaria y cambiaria que nos brindaba. Es más bien nostalgia. Recuerdan que todo era más barato (los salarios también eran más bajos, pero en eso no se piensa), y las cosas iban mejor (afortunadamente la mente es selectiva y suele olvidarse antes de lo malo). Lo único indudable es que éramos más jóvenes. Hablando más en serio, ahora que existen dudas sobre la continuidad del euro con todos los países hoy integrados y el futuro de , no estaría de más un curso de divulgación sobre las ventajas y desventajas del uso de una moneda nacional frente a la unión monetaria.

Tenía todo esto en la cabeza cuando me he encontrado un artículo muy interesante en la  (http://www.bbc.co.uk/news/magazine-18586854). Se refiere a una polémica que surge cada pocos años sobre si tiene sentido mantener la moneda de un céntimo, en este caso, en EE.UU. Ahora viene acentuada por la decisión canadiense de eliminar sus monedas de un céntimo. Complementa bien lo que comentábamos arriba sobre los costes de la moneda, sus beneficios y cómo las personas a veces atribuimos a esos trozos de metal valor distinto al que deberían tener en teoría. El caso es bastante obvio: tenemos una enorme cantidad de monedas de pequeñísima denominación en circulación, hay que producirlas con su coste correspondiente y luego siempre parecen estorbarnos en los bolsillos. ¿Son realmente útiles esas monedas? Si no las tuviéramos, tendríamos que redondear. Sé que el consumidor es suspicaz (y con razón), pero esto no implica necesariamente acabar con los productos a 1.99 o 9.99. De hecho, en Finlandia no conseguí monedas de 1 ni de 2 céntimos. En los supermercados había muchas cosas cuyo precio no terminaba en múltiplos de 5 céntimos, pero siempre se redondeaba, unas veces al alza y otras a la baja. Y no hacían falta esas monedas.

En EE.UU., cómo no, hay grupos de presión a favor y en contra de eliminar la moneda de penny (la llaman como los británicos, pese a que la moneda americana es de céntimos y no peniques, herencia colonial). Uno de los grupos a favor de la eliminación ha contabilizado las horas perdidas al año contando esas pequeñas monedas, esperando en el supermercado mientras otro las cuenta para pagar, buscándolas por los bolsillos o intentando, en general, deshacerse de ellas. Les sale casi dos horas y media al año (en el artículo viene un vínculo para analizar cómo llegan a ese resultado). E incluso hay negocios que no aceptan el pago con monedas pequeñas, porque el coste del tiempo que se pierde en contarlas y cambiarlas es mayor que el beneficio que se obtiene de ellas. La mayor parte de las máquinas expendedoras, parquímetros, etc. en España (y la inmensa mayoría de países) no aceptan monedas de 1 y 2 céntimos, como habrán notado. Siempre recuerdo una máquina de chocolatinas que había en el campus en el que estudié en Inglaterra. Era la única máquina que encontré que aceptaba monedas de 1 y 2 peniques y los estudiantes “peregrinábamos” hasta ella con nuestras bolsas de chatarra. Todos lamentamos mucho que la cambiaran, salvo la empresa que no la consideró coste-efectiva. También recuerdo en España a un cura que, al poco del cambio al euro, salió en las noticias por regañar a los fieles que le llenaban el cepillo de monedas de cobre. Una última reflexión: ¿se agachan ustedes por la calle si ven una moneda de céntimo?

En EE.UU. tienen además un problema adicional: hacer y distribuir una moneda de 1 céntimo cuesta 2,4 céntimos. Y como al año se acuñan más de 4000 millones de monedas de penny, pues supone una “pérdida” para el estado americano de unos 60 millones de dólares al año. Poca cosa para todo EE.UU., pero sigue siendo un argumento de peso. En la zona euro no tenemos ese problema, porque nuestras monedas de “cobre” no son de zinc bañado en cobre como las americanas, sino de acero, más barato. Así nuestras monedas de 1 céntimo cuestan menos de 1 céntimo. En eso nuestro banco central es más lógico: si tienes el poder de emitir monedas y decidir el valor al que todo el mundo las va a aceptar, elige hacerlas de forma que ganes dinero con ello. No sé si les he liado ya lo suficiente con “moneda”, “dinero”, “valor”, “precio”…

En fin, el argumento fundamental para que hasta ahora no se haya eliminado la moneda de céntimo en EE.UU. es el sentimental. Incordia, sirve para poco, tiene costes… pero una mayoría de los americanos le tiene cariño. Dicho de otra forma, valoran un céntimo en más de un céntimo. Yo también tengo el corazón partido. Desde un punto de vista racional y económico, eliminaría las monedas de 1 y 2 céntimos de euro. Habría que emitir más monedas de 5 céntimos, pero en nuestro caso sería aún mejor, más margen de beneficio para el . Y nos ahorraríamos las pérdidas de tiempo y las molestias de esas pequeñas monedas. Como coleccionista, las echaría de menos. Y es que, al menos para alguna gente o en determinadas situaciones, un céntimo es nada y para otros, es más que un céntimo.