sidearea-img-1
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetuer adipiscing elit, sed diam nonummy nibh euismod tincidunt ut laoreet dolore magna aliquam erat volutpat.
sidearea-img-2 sidearea-img-3 sidearea-img-4 sidearea-img-5

Recent News

Newsletter

[contact-form-7 404 "Not Found"]

Autor: Héctor Saúl Marqueño Collado

El pasado sábado 23 de junio, víspera de San Juan, media España se encendía, poco antes que las hogueras. El motivo era el partido España-Francia de la Eurocopa, que finalmente dio el pase a la selección española a semifinales. Antes de que alguien se llame a error, cabe aclarar que este artículo no es ni una crónica del partido, que apenas seguí, ni habla de la Selección, ni tan siquiera debe tomarse como una crítica contra quienes lo siguieron. Aunque sí es una reflexión sobre nuestro país propiciada por la tan celebrada “cita futbolística”.

El España-Francia tenía varios alicientes que lo hacían especialmente “atractivo”, hay que reconocerlo. Se enfrentaba la mejor selección española de la historia con una Francia que hasta el momento, había derrotado a España en todas las competiciones oficiales. Pero sobre todo, para mucha gente, se trataba de la hora de la revancha por los ataques de los guiñoles franceses contra los deportistas españoles.

Del párrafo anterior ya pueden extraerse dos aspectos de debate. Uno es que una persona como yo, tan poco interesada por lo deportivo (al menos tal como esto se entiende en España), conozca detalles de la historia particular de los enfrentamientos futbolísticos hispano-franceses, es síntoma de la enorme atención (desmesurada, diría yo) de los medios de comunicación a lo deportivo, y a lo futbolístico en particular. No en vano, no exageraré mucho si digo que un tercio del Telediario se dedica a los deportes (especialmente fútbol), ni faltaré a la verdad al decir que en las programaciones se prioriza lo deportivo frente a lo informativo, incluso en la televisión pública, como muestra el hecho de que pese a la existencia de un canal exclusivamente deportivo en TVE (Teledeporte), se emitan estos eventos en la cadena estrella (La 1) o la secundaria (La 2), retirando su programación habitual.

Los deportes (y esta no deja de ser una opinión personal) son una forma de ocio, que será sana si no se cae en el fanatismo o en la obsesión. Pero no pasa de eso. En cambio, la información general, sobre actualidad política y económica, influyen notablemente sobre nuestras vidas, sobre toda la sociedad, en su presente y su futuro. De hecho, la política (palabra relacionada con el término griego polis, ciudad, y que entronca por tanto con los conceptos de ciudadanía y ciudadano) podría definirse como las actividades que determinan el ordenamiento de una sociedad. La política es patrimonio de todos, y no solo de los políticos profesionales. Y sin embargo, el interés que levanta el deporte rara vez se ve superado en España, incluso en estas fechas de trascendencia histórica en lo político, económico y social.

Una prueba de esto último es que el diario de pago con más lectores desde hace muchos años en España sea un diario deportivo (Marca), y no uno de información general. O el citado revuelo nacionalista-patriotero que provocaron en tantos españoles las burlas de los guiñoles franceses, en las que incluso el gobierno metió baza, ignorando que nuestros propios (y lamentablemente desaparecidos) Guiñoles, la (magnífica) revista satírica El Jueves, e incluso algún medio de comunicación presuntamente serio, habrían dado sobrados motivos de quejas nacionales en otros países si se hubiese seguido la misma vara de medir. Como los dolidos islamistas ante las caricaturas de Mahoma, había quien no aceptaba una cómica deformación de la realidad si afectaba a sus ídolos (en este caso, deportivos). Sin embargo, no me atrevería a decir que se hayan dado tales reacciones en asuntos que afectasen verdaderamente a España en lo económico (y no me refiero a la expropiación argentina de la parte de la mayoritariamente no-española Repsol en el accionariado de YPF), o peor aún, en su propia soberanía.

La máxima expresión de este fenómeno quizá nos venga del propio presidente del gobierno, quien a las horas de pactarse el rescate de la banca, y pocas horas antes de iniciarse otra semana aciaga más para la España real, viajó a Polonia a ver el partido España-Italia, bajo el pretexto de que la situación estaba resuelta y la selección española lo merecía.

En cambio, y quizá sea injusto, o idealice en demasía a una Francia a la que reconozco admirar, tengo la impresión de que, grosso modo, esto no ocurre al otro lado de los Pirineos. Francia, país de indudable tradición democrática republicana, gracias a un fuerte sentido de ciudadanía cuyo origen se remonta a la Revolución por excelencia, pero que hemos podido contemplar hasta la actualidad, quizá nos envidie en lo futbolístico o en la intensidad de nuestro sol, pero tiene otros muchos aspectos a notar. Incluso en lo deportivo. Es cierto que organizan el “campeonato del mundo” de ciclismo por etapas de facto, el Tour, y no lo ganan desde 1985. O que organizan el “campeonato del mundo” de tenis en tierra batida de facto, el Roland Garros, y no lo ganan desde 1983. Pero organizan esos auténticos “campeonatos del mundo”, no carreras provincianas que solo ganan nacionales porque solo tiene interés para ellos.

Y sobre todo, Francia tiene unas condiciones económicas, sociales y políticas muy superiores a las españolas. Quizá sea ese sentido de ciudadanía el que lleva a los franceses, por ejemplo, a tener condiciones tales como una jubilación a los 60 en lugar de a los 65 como en España (dos años más tarde tras las respectivas reformas, algunas de las cuales ya ha echado atrás Hollande), o un salario mínimo de 1.425 € desde el próximo mes, frente al español, de 641,40 €. Quizá sea una cultura distinta de la del pelotazo la que ha llevado a Francia a un crecimiento moderado en la bonanza, pero seguro en la recesión, frente a los pinchazos españoles. Quizá por ello la tasa de paro francesa era del 9,7% en 2011 frente a la española, del 21,7% (últimos datos de Eurostat, ahora es mayor). España es un país más pobre, y más desigual.

Cierto es que nosotros tenemos grandes deportistas, más que los franceses. También que nuestros clubes de fútbol deben a Hacienda 752 millones de euros. O que tenemos ocho premios Nobel, frente a 64 premios Nobel franceses (de ellos, son científicos o economistas 37 franceses frente a dos españoles). Y además, somos de los que más recortamos en educación, sanidad e investigación, al tiempo que mandamos a nuestros jóvenes formados al extranjero, haciendo que otros aprovechen los frutos de nuestras inversiones. Al menos, quizá, sí hayamos encontrado algo: una prueba del atribuido carácter sobrenatural y mágico a lo largo de milenios a la noche de San Juan. Esa noche, mucha gente creyó de verdad que España había ganado a Francia.