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Autora: Joana Rios

El 46% de los españoles piensan que  no está yendo en la dirección correcta para superar la crisis” y el 66% afirma que “se encuentran desinformados acerca de los asuntos europeos”. Estas cifras parecen contradictorias, puesto que sin una base de información suficiente, la valoración de los resultados sería errónea. Por tanto, como ciudadanos europeos que somos, ¿nos estamos precipitando a la hora de juzgar a la Comunidad, o simplemente no queremos ser miembros de ella?

La actualidad más inmediata ha llenado titulares de informativos y periódicos con los temas más relevantes y más conflictivos de nuestro sistema europeo. La alarmante situación económica de la mayoría de los países miembros ha debilitado la unión y la fortaleza de la Comunidad, cuyos esfuerzos hacia la coordinación y la convergencia de los estados europeos se han visto reemplazados por una lucha de titanes entre aquellos que quieren conducir y planificar la ansiada recuperación económica. Es evidente que todos los esfuerzos deben ir en la dirección del saneamiento y la salvación de los más débiles, pero las maneras de hacerlo, ¿podrían estar alejándonos de los principios que un día, dieron lugar a la Unión Europea?.

Con el fin primordial de aunar las fuerzas para convertirnos en una gran potencial mundial, recordemos que este proceso se inició tras la tragedia de las dos guerras mundiales que dejaron al Viejo Continente más enfermo que lo que su nombre resaltaba. Dentro de él, las tensiones entre Francia y Alemania no favorecían un proceso de recuperación flexible que contase con la colaboración de la mayoría para poder seguir adelante frente a este escenario posbélico. Por ello, el primer esfuerzo “comunitario” fue el de neutralizar esta rivalidad entre países europeos y dar un paso hacia la colaboración, hacía la unificación económica y la implantación de un Estado de Bienestar común que nos hiciese fuertes frente al resto del mundo.

Hasta hace un par de años, la integración económica ha sido destacable y ya son 17 países los que comparten hasta una moneda única. El proceso de convergencia en ámbitos de sociedad, educación, sanidad, infraestructuras… todavía no goza de unos resultados uniformes y varía de unos países a otros en función de su situación inicial, del año de adhesión, del tamaño y la población… Pero el trabajo realizado por los  ha sido el correcto y muchos de los miembros, como el caso de España, ha gozado de un acercamiento en sus posiciones respecto a las cifras medias de la Comunidad.

Con todo ello, parecía evidente que a largo plazo podríamos alcanzar aquello que un día nos propusimos. Pero a día de hoy, el tren se ha parado e incluso corre el peligro de cambiar de rumbo. La crisis ha golpeado duramente la Comunidad Europea, a todos los países miembros que la forman y al entorno que le rodea. Y cuando hablamos de golpes, cada uno se protege a su manera, como mejor sabe o como mejor puede. El resultado ha sido que tan sólo un par de ellos ha conseguido ganar la lucha contra la recesión y ahora miran desde arriba a los que todavía están derrotados para que se esfuercen más por vencer. Los esfuerzos por una Unión Política Europea nunca fueron los suficientes como para exigirles ahora a todos ellos que hagan lo que más le conviene a la comunidad en conjunto. Cada país mira por sus intereses y olvida las obligaciones que supone el ser miembros, para exigir rápidamente los derechos que les corresponden. Es aquí donde, independientemente de la crisis y de la situación económica, los esfuerzos hacía la unificación total serán inútiles si no se plantea el proceso de Federalización: poner en común todos los recursos y medios para el logro de los objetivos comunes y compartidos, que responden al interés general que está por encima de los individuales de cada uno de sus miembros. Hablamos de responsabilidad solidaria, tanto en beneficios como en obligaciones comunes. Podemos hablar ahora del debate de los eurobonos (emisión de deuda europea en nombre de los 17 países de la moneda única, entre ellos España) o de los projects bonds (fondos destinados exclusivamente a la financiación de inversiones estructurales en proyectos de investigación, educación, innovación…) que exigen los países más afectados para poder iniciar el proceso de recuperación económica, y que países como Alemania se muestra reticente a la aprobación de los mismos. El motivo está claro, el país germano es el que goza de mayor salud económica y actuaría en última instancia como garante de todos los demás. A nadie le gusta arriesgar su trabajo por un puñado de compañeros que son incapaces de levantarse y que buscan como único medio de salida, la recuperación a base de crédito. Un crédito que ya fue malgastado y desperdiciado en campos que todavía hoy no han dado sus frutos –y no hay esperanza de que los den. No juzguemos a la Unión Europea a través de las actuaciones de Alemania y tengamos presente cuales son los principios y fines que la hicieron surgir.

Españoles que se escandalizaron con el fuerte desembolso hacia el rescate de Grecia, ¿dónde estaban los principios de Solidaridad y Coordinación? ¿No estará Alemania cansada de dar la cara por el resto y poner en riesgo su propia estabilidad? ¿Estamos poniendo en peligro el futuro de la Unión Europea?

El camino hacia la Unión definitiva no puede hacerse parcialmente, el todo o nada nos empuja hacia un proceso casi obligado de Federalización Europeo. Si no es así, que cada uno se las apañe como pueda.