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Autor: Fabio Monsalve Serrano

La Responsabilidad Social  (RSC) está de moda. Quizá la urgencia de la “tormenta perfecta” en que se está convirtiendo la actual crisis, haya relegado a un segundo plano el compromiso social de las empresas, restando algo de energía corporativa e impulso estratégico al tema. Pese a todo, las empresas IBEX-35 siguen publicando regularmente sus memorias de sostenibilidad. Al abrirlas, nos solemos encontrar con un presidente molón, sonriente, y campechano que nos escribe una carta donde nos cuentan cómo de comprometida es su empresa, cómo cuida a los clientes, cómo de respetuosa es con el medioambiente y cómo se toma en serio lo de contribuir a la riqueza del país. En definitiva, nos cuenta qué majos son todos y todas y cómo se preocupan de nuestra felicidad como consumidores.

Como les decía: está de moda. Y eso es lo que me preocupa: que, por el momento, sólo esté de moda. Las memorias de sostenibilidad parecen más un folleto de agencia de viajes (papel satinado, gente sonriente, estupendísimos paisajes…) que un instrumento estratégico de interacción con las partes interesadas (“stakeholders”). Sólo ha calado en la cultura empresarial la necesidad de tener una memoria, otra cosa distinta es el cumplimiento de los objetivos allí reflejados y la nula autocrítica. Y no lo digo yo, lo dice el Observatorio de la Responsablidad Social Corporativa en su informe sobre “La Responsabilidad Social Corporativa en las memorias anuales de las empresas del IBEX 35 (2010))”. La conclusión fundamental del informe es que la información proporcionada por las empresas en sus memorias de sostenibilidad es escasa en cantidad y calidad. En roman paladino, pasan de puntillas por lo que nos les interesa y se centran en plantear objetivos genéricos, tan bienintencionados como premeditadamente ambiguos, lo que dificulta la evaluación de su cumplimiento y, por tanto, exime de la rendición de cuentas. Les cito algunos datos interesantes: el 86% de las empresas analizadas poseen empresas participadas en paraísos fiscales (p. 57); sólo 9 empresas informan (escasamente) sobre las multas recibidas (p. 63); ninguna de las empresas del IBEX35 llevan a cabo análisis exhaustivos sobre los impactos de su actividad, aunque hacen referencia a ellos. Ninguna asume expresamente la responsabilidad sobre los efectos que sus operaciones puedan causar en el medio ambiente y la salud humana (p. 69); si bien se constatan avances en política laboral (discriminación, mobbing…) es evidente que existe una distancia importante entre lo que supone para la empresa adquirir un compromiso y lo que implica mostrar con datos objetivos información que pueda ser sometida al escrutinio público (p. 78); ofrecen escasa información sobre el impacto de su actividad sobre los derechos de las personas, las sociedades y los bienes públicos y lo que es aún peor, no dan cabida a las voces críticas que puedan cuestionar su modus operandi (80); ausencia de información sobre sus prácticas de lobby y vínculos políticos (85); escaso desarrollo de la información en relación con los derechos humanos (p. 90); escaso compromiso en relación con las prácticas abusivas sobre consumidores (97)… podríamos seguir, pero con estos “titulares” bastaría. A lo que parece, las empresas IBEX-35 se han puesto el mono de trabajo de la RSC, pero su preocupación se orienta a que les siente bien y les quede estupendo de la muerte, más que a que les sea realmente útil para trabajar.

De la anterior lectura podría desprenderse que, a la luz de los hechos, la RSC no sirve para mucho. Nada más cierto. Personalmente hago una lectura optimista. Si bien es cierto que los contenidos de las memorias y la actitud que transciende de dichos contenidos son manifiestamente mejorables, no es menos cierto que el camino se hace andando. Y hemos de reconocer que se ha empezado a andar. Que las empresas decidan fotografiar su compromiso con la sociedad y publicar la foto es positivo, con independencia de lo borrosa que esta foto pueda ser o parecer. Insisto en que es importante dicho compromiso, pues contribuirá a crear una cultura de la rendición de cuentas, útil para las empresas y necesaria para la sociedad. De lo contrario, las grandes empresas tendrán muy difícil desprenderse de su halo de avaricia y explotación del consumidor. Nadie duda de que las empresas crean riqueza y que la sociedad se beneficie de ello, pero hay maneras y maneras de hacer las cosas; y los “titulares” que hemos dado antes no son precisamente para figurar en un código de buenas prácticas de RSC.

En definitiva, esperemos que la RSC se pase de moda y se convierta en una forma de gestión y no un instrumento de publicidad.