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Autor: Luis Antonio López Santiago. Profesor del Departamento de Análisis Económico y Finanzas.

En los últimos 30 años una de las ramas de la ciencia económica que más ha evolucionado ha sido la que se ocupa del crecimiento económico. Muchos de los mejores economistas se han dedicado a construir modelos, que posteriormente se evalúan empíricamente, para explicar por qué unos países son tan pobres y otros tan ricos. Entre los determinantes identificados podemos resaltar: la tecnología, la inversión en capital físico y humano, la existencia de competencia en los mercados, la calidad del sistema legal, la garantía de los derechos de propiedad, la sanidad, la educación, las externalidades, etc.

Más allá del resto de elementos que podamos modelizar, cuantificar y finalmente favorecer a través de la actuación pública, el pilar sobre el que se aposenta el crecimiento y el desarrollo económico son las personas. La sociedad requiere de individuos con conocimientos y competencias que sean capaces de adaptarse a un entorno cada vez más cambiante. El sistema educativo, y dentro de él la Universidad, tiene una importante tarea a cumplir. La responsabilidad principal recae sobre el claustro de profesores, pero también sobre el alumnado. Para que el sistema educativo funcione adecuadamente hacen falta tanto profesores como alumnos comprometidos con el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Los estudiantes vienen a la Universidad a aprender una serie de conocimientos y competencias orientadas, en su gran mayoría, a una posterior incorporación al mercado de trabajo. Adquieren un capital humano que, al tiempo, les permite enviar señales al mercado de trabajo para mejorar su empleabilidad. Tienen que ser conscientes de que adquirir esas competencias requiere un esfuerzo importante, que se cuantifica en horas de estudio y de trabajo. Los alumnos no sólo tienen que asistir a clase y estudiar para el examen, que también. Éstos, además, deben de realizar dinámicas en grupo, leer artículos, exponer en clase, preguntar dudas, hacer informes, asistir a tutorías, etc. Mi experiencia docente me dice que el compromiso de los alumnos con el esfuerzo no siempre existe.

En octubre de 2012 hice, como es habitual en la asignatura Introducción a la Economía, un examen parcial a mis alumnos de primer curso de Grado. En torno a la mitad de los 110 matriculados no vinieron al examen a que se les evaluara sus conocimientos, sino a rellenar una quiniela: sólo respondieron a las 10 preguntas del tipo test (a, b, c, d). Sin embargo, dejaron en blanco la pregunta teoría y el ejercicio que se les planteaban. ¡Llevaban 2 meses en Universidad y pensaban que no hacía falta esforzarse para aprender! Comprendo que son jóvenes, la mayoría sólo tienen 18 años, y tenemos la obligación de darles una segunda y tercera oportunidad. Pero, también pienso que tienen que asumir su responsabilidad como estudiantes universitarios cuanto antes. No sólo por el hecho de la pérdida de recursos que se produce cuando un alumno deja los estudios a los 2 o 3 años de empezarlos, sino por la distorsión que se genera en la dinámica del aula cuando una parte importante de alumnos no se esfuerzan y no participan activamente en el desarrollo de la clase. Estos alumnos desorientados generan una distorsión, o externalidad negativa, en el proceso de enseñanza-aprendizaje que perjudica tanto el trabajo del profesor como al resto de sus compañeros.

En abril de 2012 el Gobierno aprueba el Real Decreto-ley 14/2012 de medidas urgentes de racionalización del gasto público en el ámbito educativo. En él, entre otras medidas, se propone una subida mínima del 15% de las tasas de las matrículas y se endurecen los requisitos académicos para la obtención de becas. Esas medidas van a impedir que la sociedad española pueda recuperar a esos alumnos desorientados y, lo que es peor, que expulsemos a aquellos que, estando en el límite, su familia no disponga de la renta para financiar sus estudios. Todo profesor quiere alumnos comprometidos con su aprendizaje, pero el compromiso y la moral de las personas que conforman una sociedad no están relacionados positivamente con su renta. Parece que el Gobierno actual piensa de forma distinta.

Las oportunidades de cursar estudios universitarios de un joven dependen, sólo en parte, del esfuerzo que éste realice, su acceso se ve condicionado por el precio del servicio educativo, por la renta del entorno familiar y por el sistema de becas establecidas. En la asignatura de Microeconomía, de 2º de Grado, explicamos a nuestros estudiantes que los consumidores deben conocer el coste de los servicios que utilizan para valorarlos adecuadamente y, a partir de ahí, decidir la cantidad que quieren adquirir. La subida de tasas universitarias debería ayudar a que los estudiantes valoraran adecuadamente los servicios educativos que reciben y, por tanto, a que se matriculen sólo aquellos que realmente desean aprender. Sin embargo, la responsabilidad no recae sólo sobre los estudiantes, sino sobre toda la Comunidad Universitaria: , Consejerías de Educación de las CC.AA., Universidades y profesorado. Un compromiso real por parte del ministro Wert no sólo buscaría la racionalización, sino que habría acompañado la subida de tasas con otra serie de actuaciones: el establecimiento de programas de mentoring, la realización de cursos cero en ciertas asignaturas, la reducción del tamaño de los grupos de clase, una buena orientación previa a la elección de Grado, etc.

La educación tiene un efecto sobre el crecimiento económico del que se beneficia el estudiante y otro del que se beneficia toda la sociedad. Las becas no sólo resuelven un problema de injusticia social, la incapacidad de las familias de renta baja de adquirir estudios universitarios, sino, además, un problema de ineficiencia económica. La educación es el típico ejemplo de externalidad positiva, ya que genera un rendimiento social mayor que el privado, y, por tanto, su provisión por parte del mercado en ausencia de intervención es insuficiente. El impacto combinado de la subida de tasas universitarias y la dificultad de acceso a becas, enmarcado en el contexto de crisis profunda actual, tendrá un impacto perverso, no sólo por expulsar a los estudiantes de menos recursos del sistema universitario, sino también porque ello reduce las posibilidades de crecimiento y desarrollo futuro de nuestra sociedad.