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Autor: Raimundo González Giménez

No cabe duda que la crisis que estamos viviendo pone en entredicho, cosa natural, determinadas situaciones y variables que ya habíamos aceptado con cierta normalidad. Así, se ha comenzado a polemizar sobre la conveniencia de la aplicación de valores de mercado, ya que su potencial volatilidad puede generar efectos perversos en la información contable y colaborar, además, con los temidos factores procíclicos que acaban perjudicando sensiblemente el acontecer económico. Sin embargo, son los mercados financieros, sus productos y sus lógicos desarrollos, los que han sido objeto de las mayores críticas y a ellos nos referiremos a continuación.

Particularmente, no creo que debamos apresurarnos al emitir un juicio radical sobre los defectos o bondades de las variables comentadas; sí debemos perseguir quedarnos con lo que nos mejora y anular de raíz aquello que nos perjudica.

La especialización de los mercados financieros ha preocupado a muchos agentes económicos como consecuencia, fundamentalmente, de la sensación de falta de control existente en ciertas operaciones. La situación acontecida y que ha contribuido de manera directa a la crisis que padecemos, tiene ciertas semejanzas con otro fenómeno vivido en las últimas décadas y que todos conocemos como internet. Ambos procesos (la multiplicación de las posibilidades implícitas en los productos financieros y las que continuamente vemos acrecentarse en la red) necesitan, sin duda, un control autónomo e independiente que analice, actúe y evite las prácticas claramente perjudiciales.

Ello no nos debe llevar, en absoluto, a aborrecer a ambas experiencias. En el caso de la sofisticación financiera es evidente que, controlando sus efectos adversos, los que se pueden generar de signo positivo son francamente notables. Entre estos merece destacarse la posibilidad de llevar a cabo coberturas para limitar los riesgos financieros que sistemáticamente acompañan a cualquier actividad empresarial. Riesgos de los que la empresa está obligada a informar en sus cuentas anuales y que debe gestionar con conocimiento buscando la maximización del valor de las acciones para sus propietarios.

La mayor parte de las decisiones empresariales conllevan un determinado riesgo financiero, ahora bien, no cabe duda que la opción de no tomar decisiones relativas a su gestión también lleva implícito un factor de riesgo posiblemente mayor que el de hacerlo. Entre otros productos financieros, la utilización de futuros, opciones y permutas de intereses posibilitan que el empresario cubra parte del riesgo derivado de las diferentes operaciones interiores y exteriores. No obstante, no solamente es necesaria una especialización financiera para saber buscar aquella operación que contrarresta en parte el riesgo aludido buscando el necesario apalancamiento que acompaña a las operaciones con derivados, sino que también se requiere una especialización contable que sepa trasladar tal cobertura a las cuentas de la empresa para anular las asimetrías que tales operaciones dobles producen y decantarse, de poder hacerlo, por una contabilización basada en el valor razonable o en los flujos de efectivo de la operación.

En este último caso, la información contable obtenida mediante los correspondientes balances de situación (según se optase por un método u otro), podría diferir en función de la alternativa adoptada, entrando en un nuevo asunto que debería ser objeto de análisis y que posiblemente requiera también la pertinente regulación, ya que puede resultar menoscabado el requisito de comparabilidad en el tiempo y/o en el espacio.

Entendemos, por tanto, que una gran variedad de operaciones financieras sofisticadas pueden ser instrumentos para la mejora de la gestión empresarial, lo cual no se contradice con la existencia de los oportunos mecanismos de análisis y control de estas operaciones con el fin de actuar de forma automática y eficiente para normalizar y, en su caso, erradicar aquellas otras que puedan generar efectos negativos en la actividad económica.