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Autora: Ana Pardo Palacios – 4º Economía

A lo largo del curso he estudiado y reflexionado sobre la reestructuración del sistema bancario español, así me atrevo a escribir mi opinión al respecto. Una opinión que de ninguna manera es la de un experto sino la de una simple estudiante de economía interesada en la situación que está atravesando nuestra economía.

A pesar de la frecuencia con que las noticias sobre las entidades financieras españolas, en particular sobre las cajas de ahorros, aparecen en los medios de comunicación no se ha podido ver un profundo debate sobre la reestructuración financiera que se está llevando a cabo. Algo preocupante, desde mi punto de vista, ya que afecta a uno de los pilares esenciales de la economía española. Hasta que se desató la crisis en 2008 el sistema bancario español fue considerado un ejemplo a seguir en cuanto a eficiencia y solvencia y, de la noche a la mañana, se convirtió en el gran problema de nuestra economía. Había que reestructurarlo a fondo para que cumpliese un cometido, que las autoridades económico-financieras y las políticas habían llevado a cabo en la última década en pleno auge del negocio inmobiliario. Los errores que entonces se estaban cometiendo no llegaron a la opinión pública y ahora son remarcados por expertos. No se habló del hecho de dejarse llevar intensamente por la euforia del crecimiento del sector inmobiliario por parte de las cajas de ahorro, no se llamó la atención sobre los riesgos asumidos en la concesión de créditos hipotecarios, apenas se destacó el excesivo endeudamiento de muchas entidades para incrementar sus beneficios en estos años de euforia económica, no se divulgó la participación de tales entidades en operaciones de inversión ajenas a su negocio tradicional y no se denunció el creciente peso político en la gestión económico financiera de las cajas. Sinceramente, pienso que nos merecemos una explicación por parte de las autoridades financieras y de la falta de medidas que desde comienzos de la crisis hubieran dado la posibilidad de corregir dichos errores, y no tener ahora la obligatoriedad de cambiar nuestro modelo bancario.

Dejando el pasado y centrándonos en el momento actual, la reestructuración del sistema bancario español está siendo un proceso lento, del que aún no se percibe el final. En mi opinión, lo más importante de tal proceso es el alejamiento del poder e influencia de los políticos en los órganos de gobierno de las cajas de ahorros; la búsqueda de un mayor tamaño mediante fusiones entre entidades (incentivándolas con el acceso a los recursos del FROB y con un indemostrable, a corto y medio plazo, aumento de sus niveles de eficiencia y competitividad); y el reforzamiento de la solvencia de estas entidades conforme marca Basilea III, a través de la creación de bancos participados por las cajas de ahorros en, al menos, un 50 por ciento para que puedan ampliar sus recursos propios en los mercados, sobre todo mediante ampliaciones de capital.

Según lo expuesto, comparto el alejamiento de los políticos como gestores de estas cajas. Pues una entidad financiera es autosuficiente, tiene restricciones presupuestarias estrictas y sus efectos se manifiestan en sus saldos. Es decir, no es como un aeropuerto del que se espera que se levanten aplausos, ya que en este caso si el proyecto es negativo ha llegado a su fin y con penurias para muchos. Poco a poco las malas gestiones y sus “daños colaterales” van saliendo a la luz, por lo que creo que es evidente la necesidad de reducir el peso de políticos en dichas gestiones.

En cuanto al incremento del tamaño con fusiones tengo dudas de si se traducirá en una mayor eficiencia y competitividad de éstas. Puesto que uno de los criterios para valorar la eficiencia es que a mayor diversidad de instituciones e instrumentos financieros mayor competencia, y por tanto mayor eficiencia. Reduciendo el número de entidades se disminuye la diversidad que había. El mayor tamaño puede garantizar la viabilidad de ciertas entidades en algunos casos, pero no como norma general. Como ejemplo de ello tenemos las cajas de ahorro de Onteniente y Pollensa, de reducido tamaño que encabezan el ranking de entidades más saneadas y con menores problemas para afrontar la crisis de forma competitiva.

En relación a la mejora de solvencia mediante la “bancarización” de las cajas es una vía más bien rápida para conseguir resultados pero con consecuencias negativas para nuestra economía a largo plazo. A lo que me refiero con esto es a la reducción de la competencia en el sistema y a las apariciones progresivas de población marginada del ámbito financiero, como pequeñas empresas, autónomos y familias de rentas bajas.

En definitiva, se nos ha escondido la información, o no hemos querido o podido verla, respecto a los errores cometidos, de administración y gestión del negocio financiero de las cajas de ahorros y de control por parte de las autoridades competentes. Ello impidió un debate que hubiera podido tener repercusiones positivas a la hora de adoptar una adecuada estrategia de actuación y con anterioridad a la puesta en marcha. Por otro lado, si algo funciona hay que buscar la manera de mejorarlo antes que sustituirlo, o al menos eso pienso.

Quizás aún estemos a tiempo de alimentar ese debate y no permitir que tropecemos dos veces con la misma piedra en estas cuestiones, e incluso se pueda reorientar el nuevo modelo bancario español en el que estamos tan sumergidos. Esta es la razón principal por la que he escrito este artículo, porque con todo lo sucedido hemos de ser capaces de ver lo que podría pasar en un futuro, hemos de informarnos sobre lo que se está llevando a cabo en nuestro mundo, y nunca acomodarnos excesivamente a los tiempos de bonanza como la pasada euforia económica por el crecimiento del sector inmobiliario, pues todo tiene un límite en esta vida y lo sabemos, aunque no queramos verlo a veces.