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Autor: Jesús Mª Burillo

Hace ya unos cuatro años que empezamos la universidad, y todos veíamos con temor e ilusión este cambio, o al menos ese era mi caso. Temor porque empezaba una nueva etapa de mi vida, y porque había algo llamado crisis, algo de lo que solo había oído hablar en historia, y que estaba poniendo en el paro a muchísimas personas. Por otro lado, ilusión por que empezaba a estudiar algo que me gustaba y me preparaba para mi futuro, y porque esa tal crisis, según todos decían, se habría acabado cuando terminasen mis estudios y habría puestos de trabajo para todos.

Los profesores nos decían que era la mejor época para estudiar economía, porque todo lo que íbamos a ver lo podríamos ver reflejado en las noticias económicas del día a día e íbamos a aprender todo mucho mejor con casos reales. Y así lo he podido comprobar durante estos cuatro años: Medidas del Banco Central para modificar tipos de interés, reformas laborales, medidas fiscales, etc. Pero éste año he vuelto a recordar las palabras de una profesora: “la crisis es un estado de ánimo”, que lo decía en referencia a unas palabras del entonces presidente. Sinceramente, ese día me quede pensando que aquella profesora se estaba quedando con nosotros: ¿cómo podía ser que una economía dejase de crecer por un estado de ánimo? ¿nos levantamos todos los españoles un día y dijimos hoy toca crisis y se desembocó todo? Esto no puede ser así, pensaba, tiene que ser por la burbuja inmobiliaria de estos años, o por las hipotecas subprime de Estados Unidos.

Este año todo ha cobrado sentido. La política monetaria en la actualidad consiste en modificar la cantidad de dinero en circulación para de esta forma modificar los tipos de interés e intentar controlar el nivel de precios, objetivo último de esta política. Pues bien, una palabra que aparece muy a menudo es “expectativas”, las expectativas que los agentes tengan sobre lo que va a ocurrir en la economía en el corto y largo plazo, es decir, la confianza que tengan los agentes sobre las medidas tomadas por las instituciones. Hay muchos mecanismos por los que se puede llegar a controlar la inflación, pero todo ceteris paribus, una expresión que, a mi modo de ver, les encanta usar a los economistas que significa todo constante.

Los mecanismos de transmisión explican como una inyección de dinero en el mercado puede convertirse en crecimiento de la economía a través de otras variables que se ven afectadas por esta inyección de liquidez. Estos mecanismos expresan los movimientos de estas variables si todo permanece constante y otros factores externos no actúan sobre ellas, es decir, que la política monetaria es un sistema de poleas que funciona si las poleas intermedias funcionan en el sentido correcto, en el momento en el que algo las empuja a moverse en sentido contrario, el estimulo emitido por una inyección de liquidez no se convierte en crecimiento. Y aquí es donde entramos nosotros, más bien nuestra confianza. Si no creemos que estos impulsos van a llegar a buen puerto, de nada servirán estos mecanismos.

En el marco actual de la política monetaria, un elemento importantísimo para que nuestra confianza no se pierda y dicho instrumento no pierda su eficacia, es la comunicación y la transparencia de las instituciones que llevan a cabo estas medidas de crecimiento. Una transparencia en las medidas que se toman, en los resultados de estas medidas y en las expectativas que se tienen sobre la evolución de la economía. Para conseguir esta transparencia se necesita una muy buena comunicación con el público afectado por estas medidas, para que de este modo, todo el mundo tenga la misma información sobre la situación económica sobre el país en el que se va a invertir y cuáles son sus expectativas de crecimiento.

Y todo esto, tanto la transmisión de la política monetaria como la transparencia y la comunicación se tienen que unir de manera perfecta en todo momento para conseguir los objetivos propuestos. Ya que si esto no sucede cualquier persona podría desprestigiar a las instituciones y crear el “caos” en la economía, tal y como sucedió hace unas semanas cuando el premio Nobel de economía  auguró un corralito en España, la prima de riesgo española incrementó de una forma importante y la bolsa cayó en picado.

Por último, creo que la situación económica española es, en parte, causa de numerosas campañas de desprestigio. La situación española no es de lo más boyante, ya que, en relación a lo comentado anteriormente, la confianza de España a nivel internacional no está en máximos históricos después de destaparse un déficit mayor del comunicado y de que tardaremos aún un par de años en conseguir él nivel adecuado, y a nivel del ciudadano, la confianza está mermada debido a las numerosas reformas llevadas a cabo por el gobierno y la mayoría de ellas no incluidas en su programa electoral. Por lo tanto creo que se deberían llevar medidas a cabo para afianzar la confianza tanto internacional como nacional, teniendo prioridad la nacional. Aunque a pesar de todo esto, algunas veces pienso que si nadie estuviera informado de nada, habríamos salido de la crisis hace tiempo.