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Autora: Rosario Pérez Morote

Se acerca el final de curso y por tanto las fechas en las que los alumnos deben afrontar la realización de sus exámenes finales. Esta situación, nada novedosa por otro lado, se complica cuando los alumnos deben cumplir con la entrega de prácticas, trabajos individuales, trabajos en grupo, informes sobre conferencias, seminarios, etc., que provocan su saturación y una gran angustia al tener que cumplir con todos los plazos para la entrega de tareas que, desde todas y cada una de las asignaturas cursadas, han sido impuestas.

Esa angustia del alumno muestra una relación directa con el criterio de calificación elegido por el docente para valorar cada una de esas prácticas metodológicas. Responde, según los alumnos, a la falta de coherencia entre la inversión de tiempo y esfuerzo que dichas tareas requieren y la valoración que se les da en la nota final de la asignatura. La primacía del examen final en la calificación global de las materias acrecienta su sensación, de estar invirtiendo mal el tiempo durante el curso dedicándose a ese pequeño porcentaje de su calificación final, así como la de no estar preparados a pocos días vistas para la realización de la gran prueba

Llega junio y hemos preguntado a un grupo numeroso de alumnos de cursos superiores de Grado de Administración y Dirección de Empresas sobre el funcionamiento del curso que acaba, así como sobre el diseño y utilización de las guías docentes, la coherencia de los criterios de evaluación y las actividades programadas para la consecución de las competencias definidas. Dicho grupo, que cuenta con mi valoración y respeto, considera, unánimemente, la importancia de la evaluación continua a lo largo del semestre y la necesidad de tener que realizar prácticas periódicas para un correcto desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje. Agradecen la existencia de las plantillas de coordinación, pues a pesar de no cumplirse estrictamente, resultan útiles para su planificación y organización a lo largo del curso.

Una de sus principales quejas se orienta hacia la inutilidad de algunas tareas y prácticas de cara a la realización del examen final. En este sentido, se aprecia que no se ha asimilado ni quizás comprendido, por parte de los estudiantes, la filosofía de las metodologías aplicadas en los nuevos planes de estudio. No se trata de preparar a los alumnos exclusivamente de cara al examen final. No todas las competencias tienen que ser evaluables en el último examen pudiéndose, por tanto, realizar prácticas y pruebas encaminadas a la consecución de otros objetivos.

Generalizada es también la opinión sobre los desajustes existentes en los criterios de calificación. Se considera que las prácticas y trabajos en grupo están poco valorados en relación al tiempo y esfuerzo que supone su realización. Resaltan la incapacidad y gran reticencia de los profesores para calificar de forma más generosa las múltiples tareas exigidas. Nos cuesta ceder parte del peso que, en la nota global, supone el examen final contribuyendo con ello a su desmotivación y falta de atención en el día a día.

Llega junio y es momento de revisar lo acaecido en el curso presente de cara a mejorar el próximo surgiéndome todas estas cuestiones: ¿seguimos considerando los profesores que nuestra asignatura es la única?, ¿perdemos la visión de la globalidad del semestre?, ¿son nuestros alumnos personas poco comprometidas cuya actitud cotidiana se identifica con la queja?

Para dar respuesta a todas ellas no cabe más solución que considerar las opiniones de nuestros alumnos e incorporarlos al proceso de retroalimentación docente, además de hacer hincapié en la formulación de las plantillas de coordinación entre todos los responsables de las asignaturas de un semestre que sean equilibradas y razonables.