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Autor: José Carreño García

La literatura económica enfocada a investigar las causas fundamentales del crecimiento económico y de por qué unas naciones se desarrollan y progresan mientras otras se mantienen relativamente pobres o atrasadas, suele clasificarlas en cuatro grupos: la suerte, los elementos geográficos, los elementos culturales y las instituciones.

Así mismo, dicha literatura concede un papel destacado a las instituciones como la única de las cuatro causas fundamentales que tiene un carácter completamente endógeno, o que, en otras palabras, está absolutamente determinada por las decisiones humanas. ¿Por qué es esto especialmente importante? Porque si pudiéramos entender qué tipos específicos de instituciones importan realmente en cada realidad económica y cuáles son los efectos de las mismas, determinadas reformas institucionales podrían conducir a importantes cambios en el comportamiento económico de una región.

¿Qué entienden los economistas por instituciones?

En palabras del Premio Nóbel de economía Douglass North: “Las instituciones son las reglas de juego de una sociedad o, más formalmente, son aquellas normas artificiales que determinan las interacciones humanas. […] En consecuencia, la estructura institucional incentiva el intercambio humano, sea este político, social o económico”.

Por tanto, bajo la denominación de “instituciones” los economistas se refieren a un cajón de sastre que engloba elementos con tres importantes características. Primero, se trata de entidades y normas completamente artificiales. Segundo, las instituciones ponen limitaciones al comportamiento individual. Y tercero, las instituciones limitan y dan forma a las interacciones humanas y, sobre todo, afectan a los incentivos. De esta manera, las instituciones comprenden elementos tales como leyes, políticas, regulaciones, la estructura de los derechos de propiedad, la presencia y funcionamiento de los mercados, las oportunidades contractuales disponibles, y un largo etcétera. Estas instituciones son muy importantes, porque influencian la estructura de los incentivos económicos en una sociedad (por ejemplo, sin derechos de propiedad las empresas tendrían muy pocos incentivos a investigar e innovar).

Para ilustrar el inmenso poder que las instituciones tienen en el crecimiento y desarrollo económico, detallaré uno de los mejores ejemplos históricos a tal efecto, el conocido como “experimento coreano”.

Antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Corea estuvo bajo ocupación japonesa, alcanzando su independencia poco después del fin de la guerra.

El temor de Estados Unidos, por aquella época, era la posibilidad de que toda la península de Corea cayera bajo el poder de la Unión Soviética o bajo las fuerzas comunistas controladas por Kim Il Sung (padre del recientemente fallecido Kim Jong-il y abuelo del actual líder de Corea del Norte). Por lo tanto, las autoridades americanas apoyaron al líder nacionalista Syngman Rhee a favor de una separación en lugar de una Corea comunista unida. De esta manera, en mayo de 1948, los nuevos líderes políticos de Corea del Sur apoyaron el establecimiento de una nueva constitución y la separación entre las dos Coreas, a la vez que el norte quedaba bajo control de Kim Il Sung.

Estos dos estados independientes se organizaron de maneras radicalmente diferentes y, a su vez, adoptaron un diseño institucional completamente distinto. El norte siguió el modelo de comunismo soviético que abolía la propiedad privada de la tierra y capital, a su vez que las decisiones económicas no procederían de los mercados sino del estado comunista. Por su parte, el sur mantuvo un sistema de propiedad privada con instituciones económicas capitalistas.

Con anterioridad a estos cambios institucionales, el norte y el sur de Corea compartieron una misma historia y raíces culturales. De hecho, toda la península de Corea recogía una gran homogeneidad étnica, lingüística, cultural, geográfica y económica. Además, antes de la separación, el norte y el sur compartían un nivel de desarrollo similar, quizá con algo más (pero muy poco) de industrialización en el norte. De hecho, Maddison (2003) estima que, en fechas de la separación, las actuales Corea del Norte y Corea del Sur tenían niveles de renta per cápita muy similares.

Esto hace que podamos, en consecuencia, pensar en la separación entre las dos Coreas hace 60 años como un “experimento natural” que puede ser utilizado para identificar la naturaleza causal de la influencia de las instituciones en la prosperidad económica. Corea fue dividida en dos partes, organizadas de formas radicalmente diferentes, mientras que su geografía, cultura, y otros muchos determinantes potenciales de la prosperidad económica se mantuvieron constantes. Por tanto, las diferencias en el desarrollo económico de estas dos naciones pueden, y deben, ser atribuidas principalmente a diferencias institucionales sostenidas a lo largo del tiempo.

El resultado fue que, en los 60 años posteriores a la separación, las dos Coreas experimentaron sendas de desarrollo económico dramáticamente divergentes. A finales de los años sesenta, Corea del Sur se transformó en uno de los milagros asiáticos de crecimiento económico, experimentando uno de los surgimientos más rápidos de toda la historia. Al mismo tiempo, Corea del Norte se estancó. Por el año 2000, el nivel de renta per cápita de Corea del Sur era de unos 16.100 dólares, mientras que el de Corea del Norte se situaba entorno a los 1000 dólares.

Sin embargo, y a pesar de la gigantesca evidencia existente de que el sistema de Corea del Norte no ha estado generando más que pobreza y miseria durante todo este tiempo, los líderes del Partido Comunista de Corea del Norte, como cabía esperar, no siguen optando por otra alternativa a la de usar todos los medios a su disposición para mantener el régimen, sumiendo así a sus compatriotas en una de las mayores tragedias económicas de nuestro tiempo.

Fuentes:

  • Maddison, Angus (2003): The World Economy: Historical Statistics. CD-ROM. Paris: Organisation for Economic Co-operation and Development.
  • North, Douglass C. (1990): Institutions, Institutional Change, and Economic Performance. New York: .