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Autor: Carlos Marín Gallardo

A partir de 2008 con la caída de , los gobiernos de las principales economías desarrolladas a ambos lados del Atlántico se enfrentaron con la realidad de que sus sistemas financieros eran más frágiles de lo que parecían y que dejar caer instituciones consideradas como sistémicas podría generar una crisis financiera que hubiera (y así lo hizo) desembocado en una crisis (ya depresión) económica. Por lo tanto, y a la vista de las necesidades de muchos bancos, se inyectaron miles de millones en el capital de las entidades financieras con el fin de evitar lo sucedido con Lehman Brothers. Así, EE.UU. recapitalizó, nacionalizó o intervino entidades bancarias o de seguros como AIG,  o . El Reino Unido llevó a cabo acciones similares con Northern Rock, RBS, Lloyds TSB, HBOS y Bradford & Bingley. En la Eurozona también se realizaron intervenciones como en los casos de Fortis,  o IKB. En la mayoría de los países se adoptaron medidas excepto en España donde, en palabras del expresidente del , teníamos el sistema financiero “más sólido del mundo”. Que ironía.

Sin embargo, con la intervención de  en 2009 se abrió la lista de entidades (cajas de ahorro principalmente) intervenidas o nacionalizadas en nuestro país. De hecho, lo que en marzo 2009 se quiso vender como un caso aislado, era sólo la punta del iceberg de lo que está siendo la mayor reordenación bancaria de la historia española y la práctica desaparición del modelo de cajas de ahorro en el negocio bancario.

El de las cajas de ahorro no era un modelo inevitablemente acabado si se hubiera enfocado a lo que tradicionalmente fue (la financiación de carácter minorista a particulares y PYMES) y si se hubieran controlado los riesgos de manera adecuada. En este fracaso tiene mucho que ver el control político que se había asentado en dichas entidades, convirtiéndose de facto en el brazo financiero del gobierno regional de turno. De ese modo se llevaron a cabo operaciones de financiación de proyectos públicos o privados de dudosa rentabilidad y que unido a la excesiva concentración del activo en créditos a promotores, hipotecas y cualquier instrumento ligado al sector inmobiliario o de la construcción convirtieron a muchas entidades en insolventes. Lo cierto es que la falta de profesionalidad de los consejos de administración de las cajas plagados de políticos de todos los partidos, sindicalistas, etc. permitieron dichos abusos. Todavía hoy me pregunto dónde están las sanciones a dichos consejeros por las posibles responsabilidades… Ni están si se les espera.

La verdad es que antes de la actual recesión vivíamos en un mundo en que las crisis bancarias parecían ya problemas del pasado o, en todo caso, situaciones más propias de países tercermundistas o repúblicas bananeras. Era impensable para algunos que esto sucediera en un país como España con un control financiero y unas exigencias de capitalización y provisión de los bancos suficientes. Sin embargo ¿dónde ha estado el supervisor () durante todo este tiempo? ¿A caso en 2008 los balances de las entidades no contenían ya gran parte de los créditos a promotores que hoy tienen? ¿Ha servido para algo la aplicación que se vendió a bombo y platillo de los criterios de Basilea II en nuestras entidades? ¿Han servido de algo los test de stress realizados por la  (EBA)?

Y una vez abierta la caja de Pandora la solución propuesta no ha sido mucho mejor que la prevención. En un principio se constituyo el FROB cuyo objetivo era el de dar crédito y avales (no capital) a las entidades con problemas aduciendo que el sistema bancario español tenía un problema de liquidez y no de solvencia por lo que no requería recapitalización pública. En esta primera ronda se confió en la fusión de entidades como la solución definitiva a sus problemas. Sin embargo, estás fusiones sólo han servido para convertir decenas de pequeños problemas en graves problemas sistémicos (Véase Bankia). Porque si se juntan varias porquerías pequeñas en otra más grande está claro lo que se obtiene. Sin hablar de la falta de coherencia de muchos procesos con solapamiento evidente de negocio por criterios políticos (Novacaixagalicia, Catalunya Caixa…) y del mantenimiento de los cargos políticos (repartiéndose las cuotas de poder de manera infame) en los consejos de administración de los nuevos grupos. No hay que olvidar que estos procesos no sólo fueron promovidos por los poderes políticos sino que fueron permitidos por el Banco de España sin ninguna oposición.

Posteriormente, el Gobierno se dio cuenta que el problema era de solvencia y se decidió a aportar no sólo créditos y avales sino también capital público a través del FROB. Así se nacionalizó total o parcialmente , Unimm, Novagalicia, CatalunyaCaixa además de la última desdichada Bankia. Eso sin olvidar la intervención de CCM, CAM,  o  (lo dicho, el sistema financiero “más sólido del mundo” que decía Zapatero).

Después de improvisación tras improvisación por parte de los gobiernos de Zapatero y Rajoy, la última medida (vendida como definitiva) que ha acompañado a la nacionalización de Bankia es la necesidad mayor de provisión sobre créditos (en este caso también sanos). 30.000 millones de € que se suman a los 50.000 millones ya requeridos al sistema financiero español.

No dudo de que las entidades financieras tengan actualmente necesidades de mayores provisiones o de recapitalización pero estas necesidades ya existían hace meses. Así la labor de supervisión del Banco de España queda en entredicho, más aun cuando para la aplicación de la última reforma, el Gobierno desconfíe de la evaluación del sistema financiero por parte del BdE y encargue a dos auditoras externas la evaluación del balance de las entidades.

En cualquier caso, lo más inquietante de todo es que, a pesar de que las medidas de recapitalización son absolutamente necesarias, el crédito no va a fluir gracias a ellas si no todo lo contrario. Al exigir mayores ratios de capital y mayores provisiones por créditos (dudosos o no), la consecuencia inevitable es que las entidades van a restringir aún mas la financiación de la economía real para cumplir con las nuevas exigencias. Nos espera un largo verano.