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Autor: Carlos Álvarez Aledo – Profesor Titular Economía Aplicada, UCLM.

Al actual ritmo de destrucción de empleo, y si la población activa se mantiene más o menos constante, antes de lo que se prevé, para el otoño de este año 2012, podríamos alcanzar ya los 6 millones de parados (una tasa de paro superior al 26 por ciento). Pero, en realidad, el debate sobre si llegaremos o no a esas cifras en este año ya no es tan importante, porque en 2013 el desempleo seguiría creciendo algo más o se estancará en ese nivel. Según la propia previsión del Gobierno en su Plan de Estabilidad, en 2015, dentro de cuatro años, la tasa de paro en España continuaría estando en torno al 22 por ciento, todavía cinco millones de parados. En el caso de Castilla-La Mancha, tales valores nacionales se corresponderían, respectivamente, con una cifra de paro entre 280-290 mil parados a final de este año (una tasa de paro del 28-29 %) y una cifra a medio plazo que se mantendría, como mínimo, entre 220-230 mil personas desempleadas.

A partir de estos niveles, las estadísticas de desempleo pierden su sentido como indicador del mercado de trabajo y se convierten, más bien, en indicadores de depresión económica, de deterioro de la distribución de la renta y de dificultades sociales.

No es realmente cierto que haya una gran preocupación por tales niveles o que todos se estén dando cuenta de lo que está ocurriendo. Si fuera así, tras las cifras del primer trimestre de 2012, se habría producido la conciencia de una situación crítica que habría paralizado el país y hubiera llevado a reuniones de urgencia y a grandes manifestaciones espontáneas. Esto tampoco se produjo a finales de 2008-principios de 2009 cuando en seis meses pasamos de 2,5 a 4,0 millones de parados.

En la práctica, son muchos los que piensan que, si hemos llegado hasta aquí y no ha pasado nada (en 1993 también llegamos a una tasa de paro del 24,5 por ciento), tampoco puede ser muy grave lo que ocurra ahora. Pero es importante darse cuenta que, como suele decirse con esta crisis, “esta vez es diferente”. La resistencia social a cifras elevadas de desempleo en el pasado se ha basado en varias circunstancias que ahora se están debilitando. En primer lugar, el apoyo con que contaban los parados en el seno de la mayoría de familias a partir del mantenimiento del empleo de trabajadores adultos (sobre todo hombres) en sectores de industria, construcción o servicios públicos. En segundo lugar, el creciente desarrollo del Estado del Bienestar hasta mediados de esta década, que permitía un elevado nivel de cobertura de gastos sanitarios y educativos y de subsidios a medio plazo para los parados. En tercer lugar, los periodos relativamente cortos (tres-cuatro años, como máximo) de crisis económicas anteriores que limitaban el aumento del paro de larga duración. En cuarto lugar, una sociedad que era más homogénea en términos demográficos, educativos, distributivos, familiares y de nacionalidad. Se podría añadir el efecto compensador de la economía sumergida, pero probablemente este factor en términos de empleo está sobrevalorado al incluir habitualmente el fraude fiscal, que supone ocultación parcial o total de rentas, pero pocos empleos adicionales y que ,en un 70 por ciento, corresponde a impago fiscal de elevados niveles de renta y de grandes empresas.

Por tanto, tras la recesión durante 2009-2011, ahora ha comenzado una etapa de depresión o estancamiento con una economía que, durante varios años, estará caracterizada por un escaso crecimiento, con una cuarta parte de su población activa en desempleo. O dicho de forma más precisa y poco mencionada, utilizando la tasa de ocupación, una economía en la que sólo 55 de cada 100 personas entre 16-64 años estará trabajando por cuenta propia o ajena. Con esta baja tasa de empleo y contando con un menor nivel salarial, menos crédito, menos gasto público y más impuestos y tasas, los niveles de consumo e inversión sólo permitirán tasas de variación del PIB entre -1,5 y 1,5 por ciento anual en los próximos cuatro años.

Se necesita crecer por encima del 2 por ciento para lograr aumentos significativos del empleo. Pero, la mayoría de previsiones dicen que tal nivel de crecimiento no ocurriría, al menos, hasta 2016-2017. Estas previsiones significan renunciar a hacer algo y dar por hecho que el escaso empleo que se pueda crear en los próximos años sería el que la propia economía sea capaz de generar por sí sola (“a través del aumento de la competitividad y las exportaciones”), sin medidas macroeconómicas y, en el mejor de los casos, con una supuesta aportación de las “reformas liberalizadoras”.

En cuanto a la forma de explicar los datos que van apareciendo sobre el desempleo, algunos detalles demuestran un cierto grado de distorsión de la realidad actual. Por un lado, se ha convertido ya en un tópico anunciar las variaciones en la tasa media de paro añadiendo una referencia a que la mitad de los jóvenes están en paro. Es cierto que ello es un drama para quienes quieren comenzar con ilusión proyectos de vida personal, familiar y laboral. Es cierto también que es lícito hablar del riesgo de “generación perdida” de jóvenes que, recién salidos del sistema educativo, no van a poder aportar algunos de sus mejores años de vida profesional y productividad (incluyendo los titulados universitarios). Pero cuando se dice esto se olvida que todos los jóvenes parados entre 16-24 años representan sólo el 16 por ciento (920 mil personas) del paro total. El resto, casi 4,7 millones son parados adultos.

No obstante, ahora algunos consideran también como jóvenes a aquellos que tienen hasta 30 e incluso 35 años. Siguiendo este criterio de juventud casi eterna, es verdad que el grupo de parados entre 25 y 35 años supone casi un 30 por ciento del total (1,6 millones de personas). Aún así, aún quedan otros tres millones de parados, incluyendo, aquellos que están perdiendo su empleo con una edad entre 35-55 años (menos jóvenes), que estaban en su punto álgido de experiencia laboral y con proyectos de vida personal y familiar ya plenamente desarrollados. Para estos colectivos también debería hablarse de “generaciones perdidas”.
Tampoco se insiste lo suficiente en que la mitad de los desempleados (2,8 millones) han pasado a ser parados de larga duración (llevan 1 o 2 años sin encontrar empleo) y podrían llegar a suponer un 60 por ciento o más, si no fuera porque algunos se retiraran del mercado laboral. Muchos de ellos tendrán muy difícil incorporarse de nuevo al empleo, que habitualmente será con un contrato a jornada parcial y de carácter temporal. Aquellos que estén en torno a los 50-55 años incluso tendrán muy difícil volver a trabajar. En definitiva, muchos de los parados de larga duración pasarán a formar parte de un segmento de población en el borde o fuera de la clase media española, convirtiéndose en un recuerdo permanente de los efectos de la recesión.

También estará en esta situación un elevado porcentaje de otro grupo de población, no existente en otras crisis. En este momento hay ya 1,3 millones de inmigrantes parados (casi una cuarta parte del desempleo total), respecto a los cuales empieza a instalarse una visión de “problema transitorio”. Pero sería un error considerar que este problema se solucionará en gran medida por si sólo porque muchos de ellos retornarán a sus países de origen, tras años de arraigo familiar en España. Es algo similar a pensar que el problema del desempleo juvenil se resolverá de forma significativa con nuevos puestos de trabajo en Alemania o en Londres. Lo cierto es que, tales salidas de trabajadores de ambos colectivos, serán la excepción y no la regla general, de modo que habría que comenzar a pensar en soluciones más realistas.

Pero tengamos esperanza. Todo lo anterior ocurrirá…o quizá no. En Economía, las expectativas futuras se forman como proyección de datos presentes. Las pesimistas previsiones de desempleo del Plan de Estabilidad 2012-2015 pretenden establecer qué ocurrirá manteniendo las estrategias actuales y si todos nos “adaptamos” a esta nueva realidad. Pero no es imaginable (o, al menos, no debería serlo) que en los próximos cinco años, ni los gobiernos ni la sociedad, a escala española y europea, puedan mantenerse pasivos ante tal situación. Si cambia el presente es posible que cambie también el futuro. Cuanto antes y mejor se entienda cuál es la verdadera situación actual, mayores serán las posibilidades de que se adopte otra perspectiva económica.