La medida de nueva riqueza creada por una economía en un periodo de tiempo, el PIB, se ha considerado a lo largo del tempo como una medida aproximada del bienestar de una sociedad. La explicación está en que esa nueva riqueza creada nos indica en parte los nuevos recurso disponibles en una economía, recursos que pueden destinarse a fines como la construcción de infraestructuras, la investigación en medicina o la construcción de viviendas de calidad, en definitiva para mejorar la vida de los habitantes de un país.

Sin embargo esta medida es una pobre aproximación al bienestar real de los individuos, lo que se ha venido denunciando desde distintos ámbitos. Ya en 1934 el economista Simon Kuznets, Nobel de economía en 1971 y creador de la medida, criticaba los intentos de medir el bienestar a partir del PIB per cápita. También en 1968 Robert F. Kennedy, siendo candidato a la presidencia de Estados Unidos, denunció, en una conferencia en la , las limitaciones de esta medida. Kennedy criticó la exagerada importancia que la sociedad le otorgaba a la “mera acumulación de bienes materiales”, y señalaba que al utilizar el PIB como una medida de desarrollo económico nos olvidamos de que el PIB también incluye “la polución del aire y los anuncios de tabaco y las ambulancias que limpian los muertos en nuestras carreteras” (puede ver la intervención completa aquí). Pero el primer intento de priorizar otros aspectos del bienestar humano que no sean los puramente pecuniarios vino de un pequeño país de Asia, Bután. En 1974, Jigme Singye Wangchuck accedió a la corona en Bután tras la repentina muerte de su padre. Con solo 18 años y ya en su discurso de coronación afirmó, en lo que parecía más la arenga soñadora de un muchacho que la declaración de intenciones del primer mandatario de un país, que “La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”. Aquella frase no se quedó en un simple eslogan, la mejora en el bienestar del pequeño país perdido en el Himalaya se convirtió en el principal objetivo de su reinado, que duró hasta 2006 cuando abdicó a favor de su hijo.

La felicidad interior bruta (FIB) es un complejo índice que se calcula a partir de encuestas que se realizan a aproximadamente el 10% de la población, que no alcanza los 700.000 habitantes. El cuestionario se centra en cuatro pilares fundamentales, fuertemente marcados por el peso de la tradición budista el país: buen gobierno, desarrollo socioeconómico sostenible, respeto a la tradición cultural y conservación del medioambiente. Incluye 249 preguntas a partir de las que se construyen 33 indicadores clasificados en 9 grupos principales entre los que se incluyen indicadores de bienestar psicológico, de educación, ecológicos, de salud, culturales, de relaciones con la comunidad, de buen gobierno, de nivel de vida y del uso del tiempo. Para entender el papel al que queda relegada la medida “occidental” de bienestar baste con comentar que la renta del hogar es tan solo uno de los 33 indicadores, incluido dentro de los tres del grupo de indicadores del nivel de vida, donde también se pregunta si el hogar posee una lavadora, lo que sin duda es un determinante del bienestar, o el número de personas por dormitorio. El cuestionario incluye preguntas que serían totalmente impensables en otros entornos culturales, como la frecuencia con la que se han tenido sentimientos egoístas, el conocimiento de danzas tradicionales o, especialmente reseñable dentro del grupo de fortaleza de los lazos de la comunidad, la pregunta de si prefería usted formar parte de otra familia, que seguramente daría para construir un índice por sí sola. La encuesta se realizó en 2010 y sus resultados orientarán las decisiones políticas del gobierno butanés. La idea, tal y como está diseñada, sería difícilmente aplicable en otros países, sin embargo ha servido de inspiración a muchas otras iniciativas.

La propuesta de la FIB nos da la clave para identificar el problema de la limitación de las políticas que se aplican en occidente. Si la principal medida de bienestar que determina las decisiones políticas es el PIB, las medidas de política económica irán encaminadas al crecimiento de ese PIB, sin considerara que, tal y como denuncia el economista , Nobel de economía en 2001, incluye partidas que no solo no genera felicidad, sino que son fruto de la incomodidad: como el gasto en analgésicos para el dolor cabeza o el gasto de gasolina en un atasco.

La idea de encontrar medidas de desarrollo que no se basen estrictamente en el valor monetario de los bienes materiales, sino en el bienestar y la salud de las personas, ha arraigado en los últimos 30 años. Diversas organizaciones y organismos han propuesto nuevas medidas de bienestar que tienen en cuenta estos y otros aspectos. Entre las medidas alternativas de bienestar económico destacaremos aquellas que combinan tres características esenciales para que cualquier índice sea generalmente aceptado: ser simple, indispensable para que sea entendible y aplicable, no ser manipulable y analizar un número suficiente de factores. Más complicado es seleccionar estos factores, un índice solo sería aceptable para los países de la franja mediterránea si considerara la calidad de la alimentación o el número de días de sol, no sería admisible para el Reino Unido o Alemania si no tuviera en cuenta las tasas de reciclaje y de ninguna manera estaría completo para un país budista si no considerar el número de horas semanales dedicadas a la meditación. Los intentos que hasta el momento han tenido mayor aceptación se centran en variables de aceptación muy general, veamos algunos.

Uno de los primeros proyectos de medición del bienestar fue propuesto por la  dentro del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la medida propuesta, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) se calcula desde 1990. Se construye sobre tres pilares, salud, medida por la esperanza de vida al nacer, educación, que se mide a través de dos variables, la tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta de matriculación, y nivel de ingresos, para lo que se considera el PIB per cápita. Estas tres áreas ponderan de igual manera, cada una de ellas supone un tercio del valor del índice, y dentro del área de educación las dos medidas, alfabetización y matriculación, tienen también el mismo peso, a partir de ese punto los tres campos se agregan como una simple media aritmética, y se obtiene un IDH que se sitúa entre cero y uno. Es importante señalar que el PIB no se incluye como una medida de riqueza material que permita mejorar por sí sola el bienestar, sino más bien como una medida del acceso a los recursos materiales requeridos para una vida decorosa. Debemos comentar que la construcción de la medida “infla” los resultados para España, debido a que la mayor duración de los estudios universitarios en nuestro país hace aumentar nuestras tasas de matriculación, este sesgo se eliminará cuando los grados estén totalmente establecidos. Entre las ventajas de este índice está la sencillez de sus cálculos y la selección de variables, que estas están disponibles para prácticamente todos los países del mundo, y la disponibilidad de resultados, se lleva recogiendo 20 años y en la actualidad hay datos para 178 países. La principal crítica es la correlación existente entre estas variables, ya que habitualmente una mayor renta facilita un mayor acceso a la educación y la salud, por lo que los resultados de PIB per cápita y IDH deben ser cercanos. Sin embargo esto no es cierto si la riqueza no viene acompañada de una distribución adecuada, lo que explica por qué un país como Quatar es el primero en términos de renta per cápita y se sitúa en el puesto trigésimo séptimo en el IDH, según los últimos resultados disponibles del 2011 (casos similares serían los Emiratos Árabes o Singapur). La existencia de sistemas de salud públicos y de temperaturas suaves mejora la posición de los países cuando se compara su renta per cápita y su IDH, como es el caso de Japón, que ocupa el puesto 23 en cuanto a renta pero sube al 12 con el planteamiento más global del IDH, o Nueva Zelanda que se sitúa en el puesto 5 en el IDH y ocupa la trigésimo tercera posición en términos de renta, siempre según los resultados del 2011. El acceso generalizado a la educación y las altas tasas de matriculación, reales o “forzadas”, mejoran los puestos para países como Irlanda o España, situados en los puestos 16 y 29 respectivamente en cuanto a niveles de renta pero que suben escalones hasta los puestos séptimo y vigésimo tercero en cuanto a IDH (la renta per cápita para el año 2011 se ha tomado del Fondo Monetario Internacional, puede consultar todos los resultados del IDH aquí).

Otros intentos de medición del bienestar dan un peso específico al bienestar futuro al considerar también la sostenibilidad del sistema considerando variables medioambientales. Entre ellos destacamos el Índice del Planeta Feliz (IPF), propuesto por la asociación New Economics Foundation (NEF). El índice no contiene ninguna variable de renta, le interesa tan solo la sostenibilidad del sistema y el número de años de vida, presten atención, plena y satisfactoria, otro elemento novedoso de la medida. La organización destaca que su objetivo no es identificar al país más feliz del planeta, sino más bien mostrar la “eficiencia relativa con la que los países convierten los recursos naturales del planeta en vidas largas y felices para sus ciudadanos”. Para calcular el índice se multiplica la esperanza de vida al nacer para un país en un año determinado por un índice subjetivo de bienestar y el resultado se divide por la huella ecológica. El primer componente es sencillo, en cuanto a los otros dos les dedicaremos unas líneas. El índice subjetivo de bienestar se calcula con los resultados de una sencilla pregunta, “En general, ¿en qué grado diría que está satisfecho con su vida?” La respuesta tiene un valor numérico del 0 al 10, donde 0 es insatisfecho y 10 muy satisfecho. La pregunta podría parecer demasiado simple y subjetiva, pero la NEF seleccionó esta pregunta de entre las 50 que se incluyen en sus “Cuentas nacionales de la felicidad” y que ha obtenido para 22 países. Los resultados muestran que la respuesta a esta pregunta viene muy determinada por el tamaño y solidez de las redes sociales de un individuo, su nivel de educación, si sus necesidades materiales están cubiertas, la riqueza de los recursos naturales en su zona o la bondad del clima. Las respuestas a esta pregunta tienen por tanto un alto índice de correlación con medidas de bienestar más complejas y difíciles de obtener, por lo que aparece como una buena aproximación. En cuanto a la huella ecológica la NEF utiliza la medida definida por los economistas William Rees y Mathis Wackernagel que considera la superficie necesaria para producir los recursos consumidos por un ciudadano medio de una determinada comunidad, así como la necesaria para absorber los residuos que genera.

Para este índice los resultados distan mucho del PIB per cápita, fundamentalmente porque aquellos países con una renta más alta son también los que tienen una mayor huella ecológica. Por otro lado habitualmente se considera que altos niveles de renta suelen ir asociados a altos niveles de estrés y enfermedades nerviosas, reduciendo los niveles de satisfacción. Una vida larga y poco satisfactoria no puntúa para los economistas de la NEF, lo que concuerda con el sentimiento general, y cuando el precio de obtener una satisfacción personal es esquilmar el planeta tampoco puntúa, lo que se enfrenta abiertamente a la interpretación del bienestar por medio del PIB.

Los últimos resultados publicados son para 143 países en 2009, aunque para algunos países la organización ofrece resultados desde 1961. Los primeros puestos de la lista son para Costa Rica, La República Dominicana, Jamaica o Guatemala, todos ellos países con clima suave, hermosos entornos y niveles de renta bajos, ocupan los puestos 77, 90, 86 y 114 en cuanto a nivel de renta per cápita para ese mismo año. Por regiones los mejores resultados son para Latinoamérica, y el informe lo justifica fundamentalmente por sus características culturales, al ser países donde priman valores y aspiraciones no materialistas y se concede más importancia a las relaciones con amigos y familia. En general aquellos países con mayor renta per cápita ocupan los últimos puestos en este índice, Luxemburgo pasa del segundo puesto por renta al 122, Noruega del tercero al 88 y los Estados Unidos del séptimo al 114. España tampoco sale bien parada, retrocediendo del 27 por nivel de renta al 76 (los datos de renta per cápita son del Fondo Monetario Internacional, puede consultar todos los resultados de IPF aquí).

Hay muchos otros ejemplos de medidas de bienestar social y de calidad de vida, y todas ellas apuntan a que el PIB medido sin referencia a la su distribución o la contaminación que genere producirlo ha perdido credibilidad como indicador de desarrollo de las economías. La tendencia a sustituirlo, o al menos a complementarlo, ha ido asentándose y este periodo de crisis económica puede ser una gran oportunidad para plantearnos que queremos fomentar en nuestra economía y con que objetivos queremos plantear nuestras medidas de política económica.