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Autora: Gloria Ruano García. Alumna de la asignatura “Dirección Financiera de la Empresa”

Este artículo se centra en destacar las diferencias evidentes que existen entre los miembros de , y las consecuencias que esto puede suponer a la hora de implantar una política monetaria única. Según el artículo de opinión de  (Unión Monetaria, Desunión Económica. ¿Por qué Grecia no está igual que Alemania?), si realizamos un análisis de forma global existen numerosas ventajas que nos dicen que esta Unión Monetaria es algo positivo, como la disminución de los costes en las transacciones con los países miembros, la reducción de la incertidumbre respecto al tipo de cambio de las monedas de cada uno, una mayor transparencia de los precios en euros con su consiguiente estabilidad o un mayor control de la inflación por el BCE.

Sin embargo, si lo analizamos de forma más individualizada, comprobamos que no todos los países crecen a un mismo ritmo, ni se enfrentan con los mismos medios a sus desequilibrios, por lo que, ciertamente, no se deberían tomar las mismas medidas para controlar la economía de países con distinto grado de desarrollo, ya que podríamos estar retrasando la economía de uno y presionando la del otro.

A mi parecer, esta situación podría relacionarse con lo sucedido en España, ya que en un principio España disfrutaba de una situación favorable económicamente hablando, y Alemania y Francia atravesaban por una situación de crisis, por lo que el BCE fijó los tipos de interés según los intereses de estos últimos; esto intensificó aún más el “engordamiento” de la economía española que se alimentaba de unos tipos de interés bajos, atrayendo mucha inmigración por lo boyante de nuestra economía e hinchando todavía más la burbuja inmobiliaria que más tarde nos acabaría estallando en la cara, dejándonos al amparo de economías extranjeras.

En el caso concreto de Grecia, se evidencian estas desventajas, exponiendo a la Unión Europea a reconocer, por una parte, el fracaso de su política de unión monetaria si Grecia sale de ella y vuelve a su moneda originaria o, por otra, a seguir invirtiendo en su rescate con los riesgos que ello conlleva, un rescate que a largo plazo le está endeudando todavía más, ya que tiene que destinar la mayor parte de su riqueza a pagar elevados intereses a los países extranjeros que le están prestando dinero (sicarios financieros), no pudiéndola destinar a su crecimiento, por lo que está sentenciada a empobrecerse cada vez más.

La adopción del euro como moneda única y la renuncia de los países afiliados a ejercer una política monetaria y una política cambiaria autónomas, puede llegar a ser un lastre para las economías con desequilibrios comerciales, ya que si, por ejemplo, un país tiene un exceso de importaciones de otro país miembro, no podría hacer uso de la devaluación de su moneda para compensarlo, pues ambos negocian con la misma moneda, y si el déficit en su cuenta corriente fuese con un país no perteneciente a la  (Unión Monetaria Europea) tampoco podría modificar su tipo de cambio de forma unilateral, necesitaría el consenso de otros miembros de la UME.

Como consecuencia, el país perjudicado tiene que buscar de nuevo su competitividad frente al resto a un coste relativamente más elevado, bajando los sueldos y los precios en relación a otros países de la zona euro, lo que significa años de estancamiento salarial, y este “coste” se ve aún más pronunciado en países en los que las personas ya están acostumbradas a un nivel de vida notablemente mejor. Hay economistas que intuyen una “década perdida” en España, al estilo de la de Japón.