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El pasado fin de semana pude disfrutar, un año más, siendo este creo que ya el séptimo, de la Red de Teatros de Castilla-La Mancha. Disfrutar desde dentro, como parte, me refiero. En estos años he podido ver evolucionar, que no involucionar, pues esta es la crónica de una muerte anunciada, una de las mayores apuestas sociales de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

Siempre he asimilado la Red de Teatros a un gigante, eso sí, con pies de barro. Por un lado, porque llegó a alcanzar una dimensión importante, ofertando variedad y multitud de espectáculos artísticos por toda la región. Pero por otro, por todos es conocida la facilidad que tienen las partidas gasto en actividades culturales de esfumarse sin dejar rastro de cualquier presupuesto público siempre que sea necesario. En épocas de vacas flacas, el último euro del presupuesto, si es que llega, se dedicará a la cultura, la eterna damnificada de las arcas municipales en tiempos de crisis. Dado el momento en que nos encontramos es sencillo percatarse de que el futuro inmediato de las artes escénicas en España (hablo de teatro, danza y música, excluyendo al cine por motivos varios) pasa por la iniciativa privada. Hoy en día todo presupuesto público dedicado a cultura se encuentra congelado y sin visos de mejora en el futuro más cercano. Con un presente tan poco alentador, cabe que nos cuestionemos si las cosas se hicieron bien años atrás.

La Red de Teatros de Castilla-La Mancha surge en 1995 (DOCM de 17 de marzo) con el fin de acercar las artes escénicas al mayor número de escenarios posibles de la geografía castellano manchega. Con ella se facilitaría una mejor coordinación entre diferentes administraciones, logrando un mejor servicio cultural en la Región. Sin duda su creación dignifica a unos gobiernos que trataron de acercar la cultura, como instrumento educativo y transmisor de información, a todos sus ciudadanos. La pregunta que me hago tras estos años y habiendo visitado multitud de espacios escénicos, es si la Red ha cumplido su función.

Para los que no la conozcan, y en líneas muy básicas, la Red de Teatros de Castilla-La Mancha, fomenta la contratación de espectáculos teatrales, musicales o de danza a las corporaciones locales, soportando, dependiendo de ayuntamiento, una horquilla gasto que va del 40% (grandes poblaciones, con recaudación en taquilla) al 80% (pequeñas poblaciones, en la mayor parte de los casos sin taquilla) del coste o caché del espectáculo. La factura pagada por los ayuntamientos se ve ostensiblemente reducida, lo que permite a los mismos asegurar una programación nutrida y estable a lo largo del año. Siempre y cuando claro, dicho proceso de contratación, promoción, fomento y uso de las actividades culturales se lleve a cabo de manera adecuada por parte de los gestores públicos, y tenga calado y aceptación por parte del público en general, beneficiario de dicho programa.

Para explicar mi punto de vista, tomo prestadas las ideas que hace algunos meses nos transmitió un conferenciante invitado a uno de los seminarios que anualmente realizamos desde el departamento al que pertenezco. Dicho conferenciante, ajeno al mundo de la economía, y quizás sin darse cuenta, expuso, en uno de los puntos de su presentación, un curioso análisis microeconómico acerca del punto de encuentro entre las leyes de demanda y de oferta en su sector. Dicha perspectiva sorprendió a más de uno y a su vez nos hizo reflexionar. Sin ahondar en el detalle de su exposición, traslado su perspectiva de análisis a esta transmisión cultural promovida por los poderes públicos, en forma de Red de Teatros.

Cuando analizamos los agentes que forman parte de este peculiar mercado, nos damos cuenta de que no nos encontramos ante la derivación de un equilibrio de mercado al uso, donde las fuerzas de la demanda y de la oferta se encuentran en la manera a la que estamos habituados, veamos por qué. En el caso de la promoción cultural pública en la Región, el agente que toma la decisión de qué programar (el programador local), programa, valga la redundancia, pagando sólo una parte (en la mayor parte de los casos ínfima) del coste real del espectáculo. La Junta de Comunidades paga el resto (erigiéndose como el garante económico del tinglado). Reflexionemos, el agente que decide qué comprar, no paga. Y el agente que paga, no decide qué comprar. Primeras lagunas a la vista… Si seguimos analizando, el agente que decide asistir o no a ver el espectáculo (el público), en la inmensa mayoría de los casos (excluidos los grandes teatros, que se cuentan con los dedos de una mano) no paga ni un solo euro por ver el espectáculo en cuestión. En este punto, la persona que demanda, ni elige qué ver, ni paga por lo que ve… Esta desconexión entre agentes y la disipación de los roles normales en este juego, genera, desde mi punto de vista, uno de los mayores lastres de la promoción cultural pública. Por un lado se está fomentando un mal uso de la cultura, motivado principalmente por ligar esta a la gratuidad. Se genera un incentivo a no reconocer ni valorar el espectáculo que el espectador divisa, pues este no le asocia coste alguno al mismo. La cultura gratis ha sido utilizada por los poderes públicos, como un instrumento político de promoción personal, escondiendo tras ella una estrategia que podríamos denominar de pan y circo. Por otro lado, el trasvase de responsabilidades en la contratación de espectáculos, con un agente final pagador, que ni controla ni decide, solo paga, genera un incentivo a rebajar la calidad de los espectáculos, incidiendo directamente en la calidad y variedad de la programación ofrecida. Esta situación, perpetuada en el tiempo, acaba minando los incentivos del público a hacer un buen uso de los servicios culturales. Mala marcha.

En este baturrillo de agentes económicos inconexos, las compañías de teatro, agrupaciones musicales, de danza o similares, pueden pecar de querer pescar en ese río revuelto de presupuestos que vienen y van sin pasar excesivos filtros. Durante años la Red de Teatros de Castilla – La Mancha ha sido la oportunidad para algunas compañías y agrupaciones artísticas de ofertar espectáculos cada vez más caros no ajustados a veces, como empresas que son, ni a los costes reales de sus producciones, ni sobre todo al feedback real que ha de obtener su espectáculo, el mercado, en forma de respuesta del público e ingresos derivados. Obviando dicha realidad, muchas troupes han girado por Castilla – La Mancha recogiendo con el cazo cualquier cosa menos ovaciones y verdades, que es de lo que se supone ha de ir llena la mochila de un artista, al menos como paso previo para después, si se vale, intentar llenarla de dinero.

Si repetimos dicho proceso a lo largo de los años, y lo multiplicamos por los 232 teatros municipales, casas de cultura, y escenarios de la región, que actualmente forman la oferta de la Red de Teatros, nos encontramos en un punto de no retorno que ha dado al traste con uno de los puntales educativos la Región, una promoción cultural universal y de calidad. Además, en la actualidad, la situación de colapso de los presupuestos públicos, provoca que un importante número de compañías y grupos escénicos castellano manchegos, se vean avocados a la ruina y a la desaparición. El proyecto se desquebraja por todas partes e hipoteca un futuro cada día más incierto.

Por el lado de las compañías, el volumen de impagos mantenido por la Junta de Comunidades hasta la actualidad (con deudas procedentes de ejercicios pasados y supuestamente amortizados, que se remontan a 2010) ha hecho que empresas sanas en su día, en materia de pagos a la Seguridad Social o a la Hacienda Pública, en la actualidad estén ahogadas por deudas con las administraciones o bancos derivadas de facturas que de momento nadie les asegura cobrar. Por supuesto, los IVAs y similares de esas facturas y contratos ya han sido pagados, tal y como obliga la propia Red como condición necesaria de entrada en la misma, curiosa ironía. Desgraciadamente algunas compañías de la región cayeron en la trampa de sustentar montajes y espectáculos que se apoyaban artificialmente sobre una realidad poco tangible en el mundo empresarial, que a fin de cuentas pasa por asegurar que el negocio y la explotación que se lleve a cabo sea rentable y perdurable en el tiempo. El feedback que encontraron durante años fue el de una administración de Champions League con efectivo en las arcas públicas, no el de un público o un empresario (teatro) objetivo que apostaba por un espectáculo. Como diría un buen amigo, “en el pecado llevan la penitencia…”. Sin embargo, y a pesar de que puedan haberse cometido errores en la gestión de las compañías, no se les puede dejar caer el peso del desaguisado orquestado por un conjunto de administraciones locales y regionales que mal gestionaron la cultura de la Región con una especie de piloto automático, donde parecía que cuánto más se gastaba, mejor se era, sin pensar en si era viable y sostenible dicho dispendio. Este ha sido, quizás, uno de los principales problemas, pues la gestión ha carecido de la cercanía y de la delicadeza que merecen tanto la cultura como el público, que a fin de cuentas es el destinatario de dicha inversión.

Rompiendo una lanza a favor de las administraciones locales, hay que reconocer que no todos los gestores que han formado parte de este mal gestionado circo, han actuado de igual manera. Afortunadamente, en el camino encuentras personas realmente preocupadas por programar adecuadamente, es decir, con esfuerzo (que es la clave), los bienes culturales que ofrecen sus ayuntamientos. La identificación de estos gestores es bastante sencilla. Existen grandes diferencias entre encontrar teatros o salas de cultura con 10 o 15 espectadores, que disfrutan, gratuitamente, de un espectáculo con un caché no inferior a 2.000 euros, a encontrar otros espacios en los que los teatros están llenos a rebosar de un público con una cultura escénica adecuada, motivada en muchas ocasiones por una buena costumbre o tradición lograda tras años de programación. Sé que en algunos sitios se han logrado los fines para los que la Red de Teatros fue concebida. De hecho, podría recordar los nombres de los pueblos e incluso de los gestores que hacían y hacen su trabajo como deben, lo que representa una mala proporción. Pensemos en que he tenido mala suerte, en que la realidad es otra.

Por último, hablemos de la perspectiva que más preocupa, la del público. Todo este negocio de la Red se crea para ellos, y ellos, en el punto en el que nos encontramos, son los que más pierden. Ciudades grandes, como por ejemplo Albacete, ven a día de hoy su oferta cultural pública mermada y reducida hasta el extremo. La oferta privada en este tipo de ciudades complementa dichas ausencias, pero no tenemos más que pensar en alguno de esos más de 200 escenarios de pueblos y localidades pequeñas para percatarnos de que la oferta privada en dichas poblaciones brilla por su ausencia. “¡Fuensalida Palace, tenemos un problema!”. En la actualidad y en los años venideros, la promoción y transmisión cultural en localidades pequeñas de Castilla-La Mancha dejará de existir o quedará reducida al absurdo. Estos hechos están motivados únicamente por una mala gestión política de los bienes y servicios culturales, así como por una mala educación de un público que durante años no ha comprendido, ni ha podido comprender, qué es ir a un teatro, qué es ver música (distinta a la de la banda del pueblo) y que en muchas ocasiones no ha valorado lo que en el escenario se ofrecía. Sin darnos cuenta, esta cultura de la cultura gratis que tanto público, como programadores, como compañías han disfrutado en los últimos años nos ha llevado a en la actualidad ser pesimistas ante el futuro de la misma.

Dicho futuro no pasa si no por reconfigurar la sobredimensión de la que hablamos, pasa por dar un paso atrás y encontrar ese punto donde oferta y demanda satisfagan sus necesidades, pero de verdad, reconociendo los méritos y esfuerzos realizados por todas las partes. No hay más que volver a la tierra, a la realidad del cara a cara, de la verdad más absoluta que son las artes escénicas. Una realidad donde podamos reconocer a los agentes y que estos se reconozcan los unos a los otros. Siempre que la cultura se convierta en un instrumento o arma política dejará de transmitir su esencia la cual se fundamenta en que tanto desde el lado del público como desde el de los artistas se reconozca toda la magia que existe entre un patio de butacas y un escenario. Quizás podamos entender mejor esa magia de la que hablo leyendo el manifiesto-mensaje que  escribió a propósito de la conmemoración del 50 aniversario del Día Mundial del Teatro. Dicho texto, que originalmente está dedicado a los actores, el lado del escenario, es aplicable al cien por cien a la actitud que ha de emerger y que se ha de percibir desde cualquier patio de butacas del mundo, por pequeño que sea.

Que vuestro trabajo sea convincente y original. Que sea profundo, conmovedor, reflexivo y único. Que nos ayude a reflejar la cuestión de lo que significa ser humano y que dicho reflejo sea guiado por el corazón, la sinceridad, el candor y la gracia. Que superéis la adversidad, la censura, la pobreza y el nihilismo, algo que, ciertamente, muchos de vosotros estaréis obligados a afrontar. Que seáis bendecidos con el talento y el rigor necesarios para enseñarnos cómo late el corazón humano en toda su complejidad, así como con la humildad y curiosidad necesarias para hacer de ello la obra de vuestra vida. Y que sea lo mejor de vosotros – ya que será lo mejor de vosotros, y aun así, se dará sólo en los momentos más singulares y breves – lo que consiga enmarcar esa que es la pregunta más básica de todas: “¿Cómo vivimos?”
¡!

Autor: Jorge Zafrilla