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Autora: Lidia Anes Fernández. Profesora Titular. Historia e Instituciones Económicas

En noviembre del pasado año 2011 se cumplieron 200 años del fallecimiento de , sin duda el pensador más brillante del siglo XVIII español, incansable en su interés por desentrañar las causas de los muchos problemas que aquejaban a este país en la segunda mitad de aquel siglo y por buscarles solución. Siempre resulta útil volver la vista a su persona y obra, pero quizá en estos momentos, en los que estamos tan necesitados de lucidez y sentido común, sea más conveniente aún recordar a quien tanto se preocupó por mejorar la situación de sus contemporáneos, aunque las circunstancias que él vivió fuesen bastante diferentes de las que nos afectan en la actualidad. Su pensamiento se encuadra dentro del movimiento ilustrado, surgido en Francia, cuya característica fundamental fue la aplicación de la razón al examen de toda clase de cuestiones: políticas, sociales, científicas y, por supuesto, económicas. La observación, el análisis, la experimentación, eran para los ilustrados la forma de acercarse a la naturaleza de las cosas y los hechos, frente a la admisión sin réplica de los criterios de autoridad establecidos, vigentes hasta entonces, que no podían ser contestados sin grave perjuicio para la vida de quien lo hacía. Por la acción de los hombres de la ilustración el siglo XVIII es conocido en Europa como “el siglo de las luces”.

En la primera parte de este artículo trataré de hacer un resumen de las vicisitudes personales de Jovellanos, para después acercarme a lo esencial de su pensamiento. Nacido en Gijón el cinco de enero de 1744, dentro de una familia de la nobleza asturiana, en principio siguió carrera eclesiástica, aunque después se orientó a la magistratura. Tras seguir estudios en distintas universidades en 1768 fue nombrado Alcalde del Crimen de la Audiencia de Sevilla, ciudad en la que entró en contacto con ilustrados de la talla de Olavide, y conoció las principales corrientes de pensamiento que se estaban generando en Europa. Allí estuvo hasta 1778, fecha en la que por su valía, y seguramente por el apoyo de Campomanes, otro ilustrado asturiano que entonces era fiscal del , fue nombrado alcalde de Casa y Corte de Madrid.

Como sabemos, en 1789 se produjo el estallido de la Revolución Francesa, y el desarrollo de los acontecimientos posteriores en aquel país provocó un cambio muy sustancial en la permeabilidad a cualquier clase de reforma o avance. Carlos III, el rey ilustrado de España, había fallecido un año antes (siempre quedará la duda de cuál hubiese sido su reacción ante los sucesos en el país vecino), y Carlos IV y sus hombres de gobierno no escatimaron represalias contra todo lo que tuviese connotaciones de ilustración, ya que este movimiento era considerado como la antesala de los hechos que se estaban precipitando en Francia. Jovellanos, cuyo talante era ya de sobra conocido, fue sometido a un destierro de siete años en su Asturias natal (disfrazado con el encargo de que se ocupase de estudiar las posibilidades de las minas de carbón, sin explotar entonces). Tras esto se le concedió la embajada de España en Rusia, aunque no llegó a hacer el viaje porque, sorprendentemente, se le nombró ministro de Gracia y Justicia, en el año 1797, cargo que recibió con gran desánimo, preocupado por su función en una corte tan corrompida y arbitraria como era la española en esos momentos. No duró mucho su regreso al poder, poco más de ocho meses, ya que las intrigas palaciegas hicieron que fuese depuesto (se le nombró consejero de Estado, título poco más que honorífico) y se le ordenó de nuevo el retiro a Asturias. Los años siguientes fueron seguramente los peores en la vida de Jovellanos. A su sufrimiento por el estado de desastre en que se encontraba España, se unió el causado por el proceso secreto que se le abrió, sin posibilidad alguna de defensa por su parte, acusándolo de ser lector de libros prohibidos, enemigo de la Iglesia y del trono, y janseanista. La Audiencia de Oviedo, obedeciendo órdenes procedentes de instancias superiores, fue la encargada de llevar a cabo esta pantomima, que acabó con el prendimiento del procesado en Gijón, el 13 de marzo de 1801, y su conducción, escoltado por cuatro soldados, a la isla de Mallorca, en la que primero se le confinó en la cartuja de Valldemosa, y no siendo este suficiente castigo se le trasladó al castillo de Bellver, donde estuvo hasta abril de 1808, ya que tras la abdicación de Carlos IV se le concedió la libertad.

Su liberación coincidió con la ocupación por las tropas napoleónicas del territorio español, y , reconociendo su obra y su fama de hombre de luces, le nombró Ministro del Interior. Rechazó el ofrecimiento excusándose en su mala salud, pero lo cierto es que no tenía una buena opinión sobre Napoleón (lo consideraba un tirano) y que estaba decidido a apoyar la causa independentista, hasta el punto de que a pesar de su edad y de su salud, que en efecto era ya muy mala, aceptó representar a Asturias en la Junta Central, que trataba de gobernar España durante la invasión. En ella estuvo desde septiembre de 1808 hasta enero de 1810, cuando emprendió desde Cádiz, donde aquella estaba establecida, un penoso viaje de regreso por mar a Asturias. Un temporal les obligó a desembarcar en Muros, en La Coruña, donde se enteró de que el Principado estaba tomado por los franceses, de manera que no pudo regresar a su casa hasta el 6 de agosto de 1811. Tampoco esta vez pudo ser su retiro definitivo, ya que una nueva ofensiva francesa le obligó a abandonar Gijón, de nuevo por mar, falleciendo el 29 de noviembre de 1811 en Puerto de Vega, pueblo de la costa occidental asturiana, donde había tenido que refugiarse el barco que lo transportaba.

Durante toda su vida Jovellanos escribió de forma constante, hasta en los peores momentos, y practicó todos los géneros literarios. Fue miembro de las academias Española, de la Historia y de San Fernando, y de distintas sociedades económicas de amigos del país, creadas por iniciativa ilustrada para tratar de difundir en localidades de mayor o menor entidad métodos adecuados de cultivo, de transformación de las materias primas locales, y otros conocimientos. Para unas y otras, y para los organismos de gobierno a los que perteneció o que le consultaron, elaboró numerosos informes sobre distintos asuntos. Escribió también poesía y teatro. Sus estudios de carácter económico son muchos, y están encaminados al logro de lo que los ilustrados conocían como la “pública felicidad”, el bien común, desde una visión claramente reformadora. De las ideas contenidas en ellos me ocuparé en la segunda parte de este artículo.