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Autor: Héctor Saúl Marqueño Collado. Alumno de la asignatura “Dirección Financiera de la Empresa”

Los mercados. Sólo nombrarlos provoca un escalofrío entre los pueblos del sur de Europa. Hace años que entramos en una crisis económica de la que no sabemos cuándo vamos a salir, tenemos un alarmante paro, pero es a los mercados a quienes tememos.

El déficit público: el talón de Aquiles del que los mercados se aprovechan. ¿Pero por qué hay déficit? ¿Quiénes son los mercados? ¿Por qué estamos con el agua al cuello? ¿Por qué las medidas para salir de la crisis parecen ser como tratar de sacar los pies de las arenas movedizas metiendo los brazos en ellas?

En primer lugar, hay que decir que en situaciones de crisis, el déficit aparece de forma natural. Sólo el mayor desempleo genera un mayor gasto en las prestaciones, de un lado, y una reducción de ingresos, por otro, por la menor renta a recaudar. Si además se realizan medidas concretas para actuar contra la crisis, el gasto aumentará más.

El déficit es el desequilibrio entre ingresos y gastos, y puesto que la vía impositiva resulta en este caso insuficiente, las administraciones necesitan financiarse pidiendo prestado, esto es, vendiendo deuda pública. Esta deuda pública es subastada, y por tanto, en los mercados se juega con ganar unos mayores intereses de esta deuda. El problema llega cuando los intereses crecen hasta volverse inasumibles. Esto es lo que les pasó a Grecia, Irlanda y Portugal, y lo que amenaza a España e Italia.

¿Pero por qué crecen los intereses? Porque los compradores exigen más por lo mismo, bien porque no se fían tanto (por el riesgo), o porque sencillamente especulan. ¿Cuándo el riesgo de impago de la deuda es mayor? Cuando el volumen a pagar en deuda e intereses es inasumible, ya sea por la propia cuantía de los intereses, de la deuda, o por insuficiencia de los ingresos.

Como vemos, la problemática de los intereses se retroalimenta. ¿Pero es la deuda pública española demasiado elevada? No, y de hecho, era en 2010 la sexta inferior de la Eurozona (con el 60% sobre el PIB), muy por debajo de Francia y Alemania (82,3% y 83,2% respectivamente) (Eurostat). ¿Y los ingresos? Indudablemente, se han visto afectados por la crisis, y lo seguirán estando mientras ésta dure.

¿Y quiénes son los mercados? Los mercados los forman los vendedores y los compradores de deuda pública. Y cualquier ahorrador puede comprarla. Sin embargo, son los bancos o los hedge funds, al controlar grandes masas de dinero, aquellos que tienen un verdadero poder en el mercado. Y fueron hedge funds, no hay que olvidarlo, los responsables de la completa desestabilización del Sistema Monetario Europeo en 1992, mediante su acción especulativa contra varias divisas. Su objetivo es, simplemente, ganar dinero. Caiga quien caiga. No podemos, por tanto, desdeñar en absoluto el factor especulativo.

El problema es que los déficits públicos son nuestro flanco débil, al necesitar financiarlos endeudándonos. De ahí la necesidad de reducir el déficit. ¿Pero es la reducción del déficit la única vía para esquivar a los mercados? ¿Es el déficit la causa de todos los males?

Es cierto que eran Irlanda, Grecia, Portugal y España los países con mayor déficit de la Eurozona en 2010. Pero sin salir de , encontramos que el Reino Unido tenía un déficit mayor que Portugal y España, del 10,3% del PIB. Y además, estaba más endeudado que España (Eurostat). ¿Cómo puede escapar el Reino Unido del punto de mira de los mercados?

Para empezar, los británicos no están en el euro, y por ello su banco central, el , tiene una política monetaria autónoma, y puede comprar su propia deuda pública, relajando sus intereses. Esto es también lo que hace la  (Fed) estadounidense. Sin embargo, quien podría hacer lo mismo en nuestro lugar, el  (BCE), lo hace en una cantidad mucho más reducida y sólo en el mercado secundario (esto es, a intermediarios): otra cosa iría contra el Tratado de Maastricht. ¿Pero por qué se da esto? Es la llamada ortodoxia monetaria. El valor del dinero depende de que confiemos en él. Si el banco central fabrica dinero descontroladamente, el valor de éste caería, esto es, habría inflación. O incluso, en casos extremos, habría una hiperinflación, como la que sufrió Alemania al deber hacer frente a enormes deudas de guerra en 1921-1923. De ahí que sean los alemanes los principales guardianes de la ortodoxia desde hace décadas. Pero tal descontrol sólo podría deberse a una política monetaria disparatada, no a una compra controlada, como la de la Fed. Alemania también se opone a los eurobonos, que unirían los bonos europeos, evitando que países débiles queden a merced de los mercados. Algo similar permite a EE.UU. avanzar, con varios estados en quiebra, a diferencia de la fragmentada Europa.

Cerrada la puerta europea, volvemos de nuevo al déficit. Y el desequilibrio entre ingresos y gastos presenta, como puede imaginarse, dos vías de solución: aumentar ingresos y reducir gastos. Se pueden aumentar los ingresos subiendo impuestos, vendiendo propiedades (privatizando) y luchando contra el ingente fraude fiscal. Las privatizaciones de empresas suponen la sustitución de un criterio de maximización del beneficio social por la maximización del beneficio económico (de los propietarios), con consecuencias evidentes. Subir impuestos será justo o no dependiendo de a quién afecte, pero además, subirlos a las clases menos pudientes afectará más (y peor) a la economía, pues en éstas el consumo supone una parte mayor de la renta. Deben, por tanto, subirse los impuestos directos (IRPF, Sociedades) y sobre todo, a las SICAV, refugio de las grandes fortunas y que sólo tributan un 1%.

El gasto no determina necesariamente un gran déficit. Debe racionalizarse, pero reducirlo desesperadamente, y peor aún, afectando al estado del bienestar, hundirá aún más una economía deprimida, lo cual aumentaría el déficit. Era Suecia, el estado del bienestar por excelencia, el único país (junto a Estonia) con superávit en la UE en 2010 (Eurostat).

Entre tanto, la espada de los mercados sigue apretándonos contra la inflexible pared europea.