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Autora: Elena Cano Galletero. Alumna de la asignatura “Dirección Financiera de la Empresa”.

Actualmente y desde que estalló la crisis, han ido apareciendo los diversos escollos y las consecuencias del riesgo asumido en épocas de bonanzas. No sólo me refiero a las sucedidas en el sector de la construcción y en el sector servicios, sino también con ciertos instrumentos de capital que aún entrañando un elevado riesgo, su rentabilidad era bastante apetecible.

Muchas personas “de la calle”, sin apenas un conocimiento previo de este tipo de activos, las participaciones preferentes, desconocían el riesgo que entrañaban. Muchos asemejaban este instrumento al de los depósitos a plazo fijo, en los que al cabo de un tiempo podían recuperar su inversión sin ningún riesgo. Lo que en cierto modo desconocían, por falta de información tal vez, es el carácter perpetuo de estas participaciones, es decir, que el banco podía o no devolver tal inversión. Entre sus riesgos más significativos destaco:

  • Su desembolso inicial no está asegurado. Es decir, cuando el inversor quiera recuperar su capital, ha de vender las participaciones en el mercado secundario, y a precio de cotización del mercado, es decir, que las puede vender a un precio inferior y perder parte de su capital.
  • Su capital no está garantizado por el Fondo de Garantía Salarial, es decir, que si quiebra el banco, su emisor, pierde su inversión.
  • Su liquidez es muy baja.
  • Si la entidad no ha tenido beneficios ese año o no ha repartido dividendos, el inversor no recibirá el pago de su cupón anual.

En etapas de crecimiento económico, estas participaciones reportaban grandes beneficios a sus inversiones e incluso podían venderlos 48 horas después de su compra en un mercado secundario, más concretamente en el AIAF, y obtener el capital invertido. El problema surge cuando el mercado deja de funcionar y es cuando realmente se ha visto y comprobado por la gente que invirtió en ellos, que a la hora de venderlos al precio de mercado, perdían incluso todo lo que invirtieron. Entonces, llegado el problema, el inversor se da cuenta y ya demasiado tarde, que lo que firmó pensándose que era un simple depósito a plazo fijo, el cual podía disponer de él en cualquier momento, era realmente un instrumento un tanto más complejo.

Además, estos compradores de preferentes tenían un perfil de personas ahorradoras, y la mayor parte de ellos, pensionistas, en definitiva, personas mayores con un escaso desconocimiento del tema. Por tanto, se nos plantea la siguiente pregunta: ¿cómo las entidades bancarias, e incluso las sucursales de toda la vida, aconsejaron u ofrecieron estos instrumentos de capital aún sabiendo el desconocimiento de ellos?

Las entidades bancarias tienen la obligación, según la Directiva sobre Mercados de Instrumentos Financieros (MiFID) de clasificar a sus clientes dependiendo de una serie de características, para poder ofrecerles un tipo de productos u otro dependiendo de sus conocimientos en esta índole y sus preferencias, así como la de proporcionarles toda la información precisa de los productos a contratar, de tal forma que éstos estén correctamente informados. Por ello, si las participaciones preferentes están consideradas como un producto complejo, ¿cómo han podido ser ofrecidos a pequeños ahorradores, pensionistas, desconocedores del riesgo que entrañaban estos productos? Y aunque existan cláusulas en las cuales el cliente asume el desconocimiento de la experiencia y conocimiento de estos instrumentos, ¿es correcto haber abusado de la confianza de estas personas?

Tal y como se vaya solucionando el tema de las participaciones preferentes a partir de las medidas que están tomando los bancos para sus conversiones, pienso que es conveniente plantearse una serie de cuestiones: ¿Afectará lo sucedido a nuestra confianza depositada en las entidades bancarias? ¿Con las medidas adoptadas por los bancos podrán subsanar lo sucedido con las preferentes? ¿Deberían haber informado correctamente al cliente, haber tomado como referencia la información de éste, respecto a los productos a contratar, y no haber buscado lucrarse? ¿Debería recaer alguna responsabilidad más allá de buscar alternativas para cambiarles estas preferentes, o también ha de recaer la culpa en el cliente por no saber lo que firma?

Simplemente, y por último, decir que aunque habrá opiniones dispares al respecto, yo personalmente considero que es mejor ser desconfiados, y si no sabemos lo que firmamos, o no entendemos bien lo que nos ofrecen, o no aceptarlo, e ir a lo seguro, o informarnos y asesorarnos por personal especializado. Porque como vemos, lo que les ha ocurrido a estas personas con estas participaciones, nos puede ocurrir a cualquiera de nosotros con cualquier aspecto cotidiano, y con respecto a esta materia, también sería interesante, profundizar en lo ocurrido con los pagarés de empresa, y el caso de Nueva Rumasa o Forum Filatélico.