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Autora: Yoana Ríos Cantero

“¿Qué harías con 100.000€?” Con esta simple pregunta, la cual supongo no buscaba respuesta demasiado técnica, comenzamos una clase rutinaria de inglés. Las alternativas eran simples, pues nuestro nivel del idioma todavía no baraja muchas más palabras que las que podemos encontrar en cualquier capítulo de los Simpson. Quizás le di demasiadas vueltas al asunto pero, ¿en que invertiría esa cantidad de dinero realmente?. La respuesta más inmediata que dio mi subconsciente fue “en nada” y por más que quise encontrar la respuesta, buscando en todos aquellos fragmentos de artículos que los estudiantes de economía y empresas solemos leer, en los capítulos interminables de asignaturas temibles y en imágenes de las noticias que puntualmente te recuerdan lo bien que van las cosas, efectivamente, mi respuesta era esa, nada.

No existe, o no conozco, en este momento ningún sector que haga despertar en mí esa cualidad que tanto nos quieren imponer en las facultades, reflejando a ese prototipo de personas que van a salvar este mundo y que disfrutarán de una vida llena de trabajo y satisfacción personal. Pues señores, yo soy emprendedora o al menos me considero serlo, y me guardaría mis 100.000€ para más adelante mientras hacen de refuerzo a un colchón que a día de hoy no puedo renovar. Reconozco que mi posición es pesimista y no la más adecuada para la economía en caso de que yo tuviera ese dinero y decidiese hacer algo con él, pero el día a día me ha llenado los bolsillos de otra cosa (y no de dinero), de algo que es mucho más peligroso que los ciclos, las recesiones y las crisis: la desconfianza.

Las expectativas y la confianza de las personas juegan un papel fundamental en la economía. Lo que la gente espera que vaya a ocurrir en el futuro influye en su comportamiento actual y en las decisiones a adoptar. Existe incluso quien considera que las expectativas, como las profecías, determinan el futuro ya que tienden a cumplirse por sí mismas. ¿Y qué expectativas tenemos los ciudadanos españoles? ¿Qué pensamos de la situación actual y futura de nuestra economía? Unos critican a la oposición (nombre acertadísimo para esos grupos de individuos) mientras otros gritan azorados de que la culpa es de los suyos. Se enfadan, crean tensiones e incluso llegan a enfrentarse. Algunos ya no pensamos nada porque hemos acabado por resignarnos (ni siquiera indignarnos). No confiamos en políticos que nos tratan como variables dependientes de sus funciones estratégicas. Tampoco confiamos en los bancos, porque sabemos que amañan sus balances escondiendo toda esa basura que un día quisieron convertir en oro. Cada día confiamos menos en Europa, porque el ideal de convergencia entre todos los países y el alcance del Bienestar de sus miembros se va alejando rumbo al destino que los capitanes más fuertes y con bigotes más perfilados desean. Si cada día nos encontramos con un nuevo caso de corrupción, si aquellos que no nos abren el grifo del crédito lo derraman todo en tanques de reservas, si no hacen más que tirarse lanzas aquellos a los que les pagamos un sueldo por administrar y satisfacer nuestras necesidades…

Somos muchos los que “entendemos” que si hoy te gastas diez teniendo cinco, se crea un desequilibrio al cuál deberás enfrentarte mañana. Pero si ese día debes quedarte en casa o trabajar el doble, nos quedamos y trabajamos todos, hablemos de un estudiante, de una familia o de un país entero.

Y ahí me encontré, pensando en todo esto en los cinco minutos que nos dio el profesor para contestar la pregunta y sin saber muy bien que decir (mucho menos en inglés). Llegué a la conclusión de que si las expectativas que una estudiante como yo tiene en la economía y en el sistema político que la resguarda, le produce dudas a la hora de responder una simple pregunta que no conlleva ni riesgos, ¿qué efectos tendrá esta desconfianza generalizada a la hora de invertir en España? Compórtense y soluciónenlo.