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Autora: Mª Ángeles Tobarra Gómez

En un hecho poco habitual, la UE, EE.UU. y Japón se han puesto de acuerdo para presentar una denuncia a la  (OMC) contra China el día 12 de marzo (http://www.bbc.co.uk/news/business-17348648). La causa es la decisión de China de restringir mediante cuotas la cantidad de “tierras raras” que este país exporta al resto del mundo. De las 39.000 toneladas de 2011 a una cuota para 2012 de poco más de 30.000. De entrada, dos elementos de esta noticia llaman nuestra atención. La primera es que unos países demanden a otro por no querer exportar algo. Lo más normal es que las denuncias por comercio desleal se centren en países que restringen sus mercados a las importaciones o que conceden ayudas a sus sectores o empresas para lograr exportar más. La segunda: ¿qué son las “tierras raras”? Según las enciclopedias, son un grupo de minerales que incluyen 17 elementos químicos (escandio, itrio, cerio, neodimio, lantano, terbio, y otros nombres igualmente desconocidos para la mayoría de nosotros, aunque puede que algunos recordemos a los lantánidos que aparecían en el “medio” de la tabla periódica que estudiamos hace ya algún tiempo). En realidad, no son tan raros como puede parecer por sus nombres. Hay reservas de estos minerales en muchos lugares del mundo y suelen encontrarse juntos. Sin embargo, no existen demasiadas minas donde se extraigan, ya que para que sean rentables se requiere una gran concentración dado que es una de las actividades mineras más contaminantes: se trata de minas a cielo abierto, hay que mover una gran volumen de tierra, con un cierto riesgo de radioactividad puesto que es común que en estas minas aparezcan también cantidades pequeñas de torio, radio y uranio (que resultan como residuo del proceso), y además para separar esos minerales es necesaria la utilización de ácidos tóxicos. Todo ello lo convierte en un riesgo medioambiental importante. Y costoso. Ambas cosas no parecían ser un problema hasta recientemente para China, y su mina de Mongolia interior Bayan Obo.

De hecho, China sólo tiene el 37% de las reservas mundiales de tierras raras, pero genera el 97% de la producción mundial. Sorprendente desequilibrio. Aún más extraño: EE.UU. tiene el 13% de las reservas mundiales, pero en la actualidad apenas produce nada. De hecho, la mina de Mountain Pass, en California, fue la principal productora mundial de tierras raras desde los años 60 hasta finales de los años 90. En 1998 se detuvo la producción por la detección de que durante 14 años la mina había filtrado agua radioactiva y con productos tóxicos a un lago cercano. La mina cerró en 2002 y sólo en tiempos recientes se ha empezado otra vez a operar con vistas a empezar la extracción de nuevo, siguiendo la Ley de revitalización de materiales críticos y tierras raras de 2010 (que establece un periodo objetivo de 5 años para conseguir volver a pleno rendimiento, http://frwebgate.access.gpo.gov/cgi-bin/getdoc.cgi?dbname=111_cong_bills&docid=f:h6160rfs.txt.pdf).

Y todos estos esfuerzos, ¿para qué? Si fueran metales preciosos, o petróleo… Toda la UE junta sólo importó el año pasado tierras raras por valor de 350 millones de euros. De hecho, la mayor parte de esos minerales los importan Japón y EE.UU. Pues resulta que estos “extraños” minerales son fundamentales en la economía actual. Son componentes necesarios para la fabricación de imanes (fundamentales para discos duros y baterías), láseres, máquinas de radiodiagnóstico, pantallas LCD, motores de aviones,… La producción de móviles, coches híbridos y eléctricos (un coche eléctrico necesita unos 11 kilos de estas tierras raras) y ordenadores dependen de ellos (breve e interesantísimo vídeo resumen del tema en http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-pacific-13777439). Así que lo que está haciendo China es limitar la exportación de estos componentes pero no ha restringido de forma alguna el consumo interno de estas materias primas para la generación de productos tecnológicos que luego exporta a otros países. Además, sus restricciones a la exportación de la materia prima consiguen elevar su precio en el mercado internacional, encareciendo los costes de los productos tecnológicos del resto de países. Y se manda un mensaje claro a las multinacionales tecnológicas del mundo: si queréis acceso a esta materia prima, localizaos en China.

Así que es un caso flagrante de monopolio sobre un producto del que depende la industria más avanzada de nuestros países, ésa que transforma no sólo nuestra economía sino nuestra forma de vida, y del que depende la evolución de las tecnologías limpias. No es extraño entonces que nuestros gobiernos, en defensa de la libertad de mercado y de nuestro bienestar, hayan puesto el caso en manos de la OMC. De hecho, esta institución ya declaró ilegales estas restricciones a las exportaciones chinas (como también falló a favor de la UE en una demanda anterior en el caso del zinc y el magnesio). Bueno, pensándolo mejor, quizás no todo sea blanco o negro en este caso. Al fin y al cabo, China alega que las restricciones se deben a que no puede continuar con una explotación salvaje que genera problemas medioambientales (http://spanish.peopledaily.com.cn/31621/7757993.html). Demos un 1% de margen para la duda. Pero, más allá de que creamos (o no) la explicación china, ¿somos nosotros los buenos de la película?

Si bien en el GATT (acuerdo de libre comercio precursor de la actual OMC) se establecía una salvaguarda por la cual los países podían restringir sus exportaciones por motivos medioambientales, al entrar en la OMC esa cláusula desapareció y China puede ser condenada. Pero, pese a lo que decida la OMC, y a lo que diga la letra del acuerdo, ¿es justo “obligar” a un país a exportar una materia prima para que el resto del mundo tenga acceso a ella? ¿No fueron otros países, principalmente EE.UU., los que cedieron ese monopolio a China para evitar las externalidades de su producción? “Dejemos funcionar a los mercados” dicen los países desarrollados al unísono, pero ¿a qué se refieren con ello? ¿A esperar que China provea a un precio reducido una materia prima fundamental, realizando una explotación medioambientalmente dañina (envenenando ríos y cultivos), hasta que agote sus reservas? Aunque el tema de la contaminación sea sólo una excusa (no tiene un historial precisamente brillante en este ámbito), ¿es lógico pedirle a China que exporte en lugar de realizar ella misma la transformación de esos minerales en productos tecnológicos que generan un alto valor añadido para ese país? ¿Por qué no le contamos a la OPEP lo de “dejar funcionar a los mercados”?

Es una disputa que parece resonar otras circunstancias, como el mantenimiento de reservas estratégicas de petróleo por algunos países o la discusión sobre hasta qué punto se debe imponer a los países en desarrollo límites más o menos altos en sus emisiones de CO2. Por cierto, la mina estadounidense va a recibir subvenciones (necesita 500 millones de dólares) para volver a operar y en la ley antes mencionada se especifica que no se podrá exportar hasta que la oferta nacional supere a la demanda (sección 1706, punto d). ¿Demandará entonces la UE? Una ironía más: las tecnologías limpias requieren estas materias primas que generan grandes problemas medioambientales. Hay alternativas, como el reciclaje (véase artículo en un blog de El País, sobre el tema general de la recuperación de metales y minerales de los móviles, http://blogs.elpais.com/eco-lab/2012/03/que-se-hace-con-los-metales-mas-valiosos-de-un-movil.html) o el desarrollo de otras fuentes o el uso de otros minerales. Al fin y al cabo, como decían unos entendidos sobre el tema, es cuestión de unos pocos años y unos cuantos miles de millones de dólares (http://www.economist.com/node/16944034, en ese artículo de The Economist hay también un gráfico muy explícito sobre el incremento reciente de los precios de las tierras raras). Improbable, mientras que salga más barato poner en marcha minas o comprárselo a China, pero es la forma en la que avanza la tecnología en los mercados: primero no resulta rentable pero llega un momento en que el desarrollo y la evolución de los precios pueden hacerlo posible.

Por cierto, no, España no tiene minas de tierras raras, si bien un estudio geológico de los años 90 menciona la existencia de algunas reservas de cerio y lantano entre Salamanca y Zamora (ver noticia en http://www.elnortedecastilla.es/v/20110107/economia/tierras-raras-caras-castilla-20110107.html). Tal y como anda el patio y conociendo nuestra idiosincrasia hispana, ¿se imaginan la situación si hipotéticamente se considerase rentable? Debate entre técnicos de unas instituciones y de otras sobre cuánto mineral hay, entre políticos de unos y otros partidos sobre si los beneficios económicos superan los riesgos ambientales, protestas (a favor y en contra), referendos, disputas con los pueblos limítrofes (demos gracias a que el presunto yacimiento está dentro de la misma comunidad autónoma, imagínense que estuviera entre Castellón y Tarragona, o entre Salamanca y Portugal, no quiero ni pensarlo), mientras tanto los especuladores presionando todo lo que puedan para hacerse con las tierras, tras varios años de idas y venidas de expedientes entre ayuntamientos, región, ministerios varios, informes de impacto ambiental, expropiaciones (recurridas, tribunales durante años y más años, por qué no, también europeos una vez agotadas las instancias nacionales), cambio de leyes y reglamentos si es necesario, aprobación de subvenciones, concesiones a empresas con más o menos simpatías entre las administraciones con capacidad de decisión, aliñado todo con algún que otro cambio de gobierno (local, regional, nacional) para volver a empezar el proceso y hacerlo todo más interesante… Y luego que efectivamente las minas funcionen y sea rentable (y a cruzar los dedos para que las medidas de control medioambiental sean eficaces). Bueno, mientras que estaba escribiendo esto ha surgido lo de las prospecciones petrolíferas en Canarias, así que quizás no tengamos que imaginar tanto.