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Autora: Nuria Gómez Sanz

La actual situación económica global nos hace cuestionarnos si el enfoque económico que se ha enseñado en las universidades ha sido responsable de la crisis, o al menos de los fallos generalizados en cuanto a las predicciones del desarrollo de los eventos y la magnitud de sus consecuencias. Este tema es de suma relevancia para los docentes y también los estudiantes son conscientes de su importancia, como se refleja en la “fuga masiva de clase” que tuvo lugar en una clase de economía de Harvard el 2 de noviembre del 2011. Los estudiantes escribieron una carta justificando su decisión, y en ella argumentaban su preocupación por el efecto que “los sesgos de los modelos económicos que se consideran en los temarios de economía puedan tener sobre la formación de los estudiantes, sobre la universidad y sobre la sociedad en su conjunto” [puede leer la carta aquí].

La docencia en economía debe reflejar todos los cambios que nos impone esta “sacudida” de la economía a raíz de la crisis, pero ¿cómo debe hacerlo? Si los economistas más laureados no alcanzan un acuerdo sobre cuáles son las mejores estrategias de política económica para salir de la crisis, ¿alcanzarán los docentes un acuerdo sobre cuál es la mejor forma de enseñar economía?

Resolver esta cuestión es clave para evitar situaciones similares en el futuro, en la actualidad hay cierto acuerdo en considerar que los programas de economía que se han enseñado en las universidades en los últimos tiempos son responsables en parte de nuestra falta de previsión de la crisis, sin embargo se ha reflexionado poco sobre como debe cambiar la docencia en economía a consecuencia de ello.

La revista “The Economist” preguntó en septiembre del 2010 a un grupo de economistas cómo consideraban que la crisis había modificado la docencia en economía [puede leer este debate completo aquí]. Podemos encontrar opiniones muy variadas, incluso opuestas, desde aquellos economistas que consideran que los modelos actuales son correctos y los contenidos de los programas apenas deben modificarse a aquellos otros que exigen un cambio de paradigma. La mayoría de los economistas se alejaban de estos dos extremos y esperaban cambios en los contenidos pero en un menor grado y centrados en dos campos muy concretos: un análisis más detallado de los aspectos financieros del sistema y una mayor incidencia en la enseñanza de la historia económica y en la historia del pensamiento económico.

En el primer punto, los modelos serán “parcheados” para considerar aspectos como las crisis financieras de origen endógeno, los fallos de coordinación entre el sector real y el financiero, la consideración de las restricciones de los mercados financieros o las burbujas. No olvidemos que una de las claves en los modelos financieros de los últimos cuarenta años es la hipótesis de mercados eficientes y con ajustes automáticos, donde la eficiencia se le suponía al mercado como el valor al soldado. Algunos autores también consideran que es fundamental centrarse en aspectos de regulación financiera, mientras que otros lo ven fuera de lugar. Respecto al segundo punto, el estudio de la historia económica y de la historia del pensamiento económico nos permite comprender que muchos de los problemas actuales y de las situaciones que llevaron a la crisis no son nuevos. Algunos especialistas en historia económica han encontrado elementos comunes entre la crisis actual y ¡la crisis inmobiliaria del año 33 d.C.! Tal y como señala Paul Seabright, el estudio de la historia económica “habría hecho a los economistas un poco más escépticos ante la idea generalizada de que las crisis económicas habían desaparecido para siempre”, creencia común en los últimos 20 años de bonanza y estabilidad económica, así como en otras épocas de características similares. Los problemas a los que nos enfrentamos en la actualidad no son nuevos, tal y como señala el economista Tyler Cowen “tienen precedentes en el pasado, y si queremos entender el mañana debemos mirar atrás de nuevo a la historia de la economía y también a las enseñanzas de los primeros economistas”.

La mayor parte de los economistas consideran que no habrá demasiados cambios en las teorías económicas predominantes ni por tanto en los programas docentes. El desarrollo de la crisis ha alimentado el interés en temas específicos, como las imperfecciones del mercado financiero, los problemas de selección adversa e información asimétrica en los mercados crediticios, las quiebras y los contagios, la intermediación financiera y el sistema bancario “en la sombra”. Sin embargo, tal y como señala Gilles Saint-Paul, un buen número de economistas se han centrado en investigar con detalle los mecanismos que llevaron a la crisis usando la misma metodología y supuestos de los modelos previos.

Otras críticas habituales son las de la extrema especialización de la formación de los economistas o la de su confianza absoluta en los modelos, nos centramos ahora en la primera. La economía distingue sus campos, diferenciando, por ejemplo, entre economía financiera, economía laboral o economía del medioambiente, y realiza su análisis se de forma aislada, sin considerar sus repercusiones e interconexiones.

La economía se ha ido transformando en una ciencia enormemente compleja, exigiendo la especialización de sus profesionales. Esta especialización es fácilmente observable tanto en la estructura de áreas departamentales universitarias como en la temática acotada de las revistas de investigación e, incluso desde el punto de vista de los organismos que evalúan la investigación, la especialización en una parcela de la economía se considera una prueba de coherencia y se incentiva. Sin embargo esta especialización, que ha llevado al mayor desarrollo de la economía, tiene también su punto débil, la línea que separa estos distintos campos de conocimiento es ficticia, las “distintas economías” no son independientes, están fuertemente vinculadas en la realidad. Una menor especialización que permita tener a los economistas una visión más global hubiera facilitado entender la concatenación de sucesos que hizo explotar la crisis. Por esta razón necesitamos unos programas docentes que permitan a los economistas en formación entender estos vínculos. El economista Eswar Prasad apunta, por ejemplo, a la importancia de transmitir en los programas las relaciones entre la macroeconomía, la economía financiera y la economía internacional, o las complejas conexiones entre los gobiernos, los mercados y las políticas sociales y económicas.

En cuanto a la confianza en los modelos económicos, su uso como herramienta fundamental en investigación económica nos ha llevado a creer en sus resultados sin cuestionarnos la validez de las simplificaciones que se asumen, derivando en el desarrollo de farragosos análisis sobre la bondad de un parámetro para aceptar la validez de su segundo decimal, o, en palabras de Guillermo Calvo, en interminables discusiones sobre si la tasa de inflación óptima debe estar más cerca del 0 o del 2%. Como nos dice Eswar Prassad “Debemos tener en cuenta que los modelos son parte de un esquema que permite el pensamiento crítico, pero no una herramienta para sustituir dicho pensamiento crítico”. El autor también señala que la crisis ha inyectado una buena dosis de humildad en nuestra disciplina, y nos ha obligado a transmitir en nuestras clases que los modelos que enseñamos son demasiado rudimentarios para capturar las complejas conexiones del mundo real, debemos destacar sus limitaciones y contextualizar los resultados de dichos modelos.

Entre las implicaciones de esta última crítica se encuentra la extrema importancia que se ha dado a la elegancia matemática y al uso de complejas herramientas empíricas en la economía actual, lo que en parte nos ha distanciado de los problemas que estudiamos, que, según las palabras de  (pero el otro), se construyen sobre una base real a partir de juicios de valor con tintes políticos. El autor comenta la importancia de un “renacimiento de la economía cualitativa” y la necesidad de que arraigue un cierto descreimiento de la economía puramente cuantitativa. La crisis nos ha enseñado que los modelos que utilizamos son “elementales”, y deben interpretarse siempre utilizando como base la perspectiva histórica, y a través del filtro de una completa información complementaria y añadiendo siempre grandes dosis de sentido común.