sidearea-img-1
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetuer adipiscing elit, sed diam nonummy nibh euismod tincidunt ut laoreet dolore magna aliquam erat volutpat.
sidearea-img-2 sidearea-img-3 sidearea-img-4 sidearea-img-5

Recent News

Newsletter

[contact-form-7 404 "Not Found"]

Autor: Antonio Díaz Pérez

Las participaciones preferentes han sufrido una evolución “apasionante” en los últimos años. Han pasado de ser un producto marginal con nula transcendencia para el pequeño inversor, a consagrarse como el producto estrella de la política comercializadora minorista de la banca, para acabar finalmente siendo un producto tóxico en manos de muchas familias españolas. En estas breves líneas se pretende analizar algunos de las razones que explican esta trayectoria.

En el mercado mayorista de renta fija privada español, AIAF, se negocian participaciones preferentes (preferred shares) desde 1998. Son instrumentos híbridos entre renta fija (por ejemplo, un bono) y renta variable (acciones). En su origen se destinaron a inversores institucionales y los emitieron filiares de entidades de crédito españolas localizadas en el extranjero (por ejemplo, las Islas Cayman, etc.).

Tienen una estructura similar a la deuda subordinada ya que tienen una remuneración predeterminada, condicionada a la obtención de suficientes beneficios distribuibles por parte del emisor. Sin embargo, a efectos contables se consideran valores representativos del capital social del emisor, que otorgan a sus titulares unos derechos similares en muchos aspectos a los de las acciones ordinarias. Se trata de una deuda “ultrasubordinada”, en caso de quiebra del emisor, el tenedor se colocaría a la cola del concurso de acreedores, sólo por delante de los accionistas.

La clave de este instrumento es que es perpetuo (la palabra maldita que estaba vetada pronunciar a los comerciales cuando trataban de colocarlas), aunque el emisor puede acordar la amortización una vez transcurridos al menos cinco años desde su desembolso. Ya en 2009 había varios precedentes de recompras por parte del emisor efectuadas al 40% de su valor nominal (caso del B.Sabadell).

Si son perpetuas y el emisor no opta por amortizarlas anticipadamente, la única forma para el tenedor de estos títulos de recuperar el nominal invertido consiste en venderlas en el mercado secundario, AIAF. Pero la liquidez en este mercado es muy limitada, se cruzan muy pocas operaciones y por volúmenes muy elevados (es un mercado orientado a grandes inversores), y esta falta de liquidez es casi completa en el segmento de preferentes. Las posibilidades de que un pequeño inversor encuentre contrapartida a sus preferentes son mínimas y, si la encontrara, sería a un precio realmente ruinoso.

A finales de 2008, la banca española se lanza masivamente a colocar preferentes entre clientes minoristas a través de su red de oficinas. Por una parte, los mercados internacionales estaban completamente cerrados a las emisiones de obligaciones y cédulas hipotecarias españolas por lo que era de las pocas formas disponibles de obtener financiación. Por otro lado, computaban como recursos propios de primera categoría (Pilar 1 de Basilea II). Estos son “los objetivos de las preferentes”. ¡Un filón para la banca!

Empieza una guerra de captación por parte de muchas entidades. En muchas ocasiones, el arquetipo de cliente de banca español, más bien conservador en su política de inversión, que entraba en la sucursal de su “entidad financiera de toda la vida” buscando un depósito a plazo, acabó adquiriendo un producto del que no le habían explicado ni la mitad de los detalles.

¿Por qué se colocaron preferentes que llegaron a alcanzar un valor de mercado de cerca de 30.000 millones de euros en los instantes previos a su desplome? Por un lado, la cultura financiera del inversor español medio es bastante reducida. Basta con ver ejemplos como los del Forum Filatélico o los pagarés de Nueva Rumasa. Para tomar decisiones de inversión hay que analizar dos variables: rentabilidad esperada y riesgo. Algo se esconde detrás de un producto que nos promete una rentabilidad significativamente superior a la de productos similares. Se ofrecía rentabilidades que llegaron al 8% cuando los depósitos se retribuían entre el 2 y el 3%. En finanzas no existen hermanitas de la caridad. A mayor rentabilidad prometida, mayor riesgo. Si uno toma sus decisiones exclusivamente mirando la rentabilidad, es probable que se arrepienta.

Por otro lado, la campaña comercializadora fue muy agresiva. Los comerciales de nuestra “entidad financiera de toda la vida” trabajan por objetivos. No hay que olvidar que no son nuestros asesores financieros, son comerciales. Han sido “las preferentes por objetivos”. En unas entidades las primas por logro de objetivos se reparten entre todos los comerciales de la sucursal. En otras, y esta es la situación más peligrosa, se los lleva el comercial que logra el objetivo. La presión por parte de la central es asfixiante, las primas son jugosas y los incentivos a adoptar conductas poco éticas son más que evidentes. La abuelita que va a renovar su depósito a plazo fijo puede ser fácilmente modelable para que acabe llevándose unas preferentes si con ello logro “arreglarme” el sueldo del mes. Si a la abuelita le decimos que obtiene una rentabilidad mucho más alta que con el depósito (que ni se lo ofrecemos), que cuando quiera venga a la oficina y le devolvemos el dinero, le damos un tríptico en el que se explica todo con un lenguaje ininteligible para el ciudadano de a pie, y ni le mencionamos que son perpetuas…

Muchos de esos comerciales estaban convencidos de que todo eran ventajas en estos productos. Recuerdo acaloradas discusiones este verano pasado en la playa sobre este tema con una buena amiga que trabaja en una entidad financiera. Cuando le hablaba de la trampa que escondían (son activos ilíquidos y perpetuos), me decía que había una lista de espera para comprarlas una vez emitidas, que la gente pagaba más del 100% por ellas. Había un mercado interno en cada entidad. Siempre me acababa diciendo, entiendo que con la mejor voluntad: “Tú compra Antonio, compra, no seas tonto”.

Modificaciones legislativas ocurridas en el 2011 cambian las reglas del juego. Dejan de computar como recursos propios de primera categoría, se endurece la normativa, y el interés de la banca por el producto se esfuma. Dejan de haber nuevas emisiones y se dejan de promocionar. Por si fuera poco, algunas entidades dejan de pagar dividendos, ya que las retribuciones están condicionadas a la obtención de beneficios. Los medios de comunicación empiezan a hacerse eco de esto y de que cuotas participativas (esto es otro producto distinto) de determinada caja pasan a valer cero. Cuando algunos inversores tratan de deshacerse de sus preferentes, descubren que entonces nadie quiere comprarlas. Cunde el pánico. Esa mañana, mi amiga me llamó por teléfono para mostrarme su preocupación al no saber qué decir a algunos clientes que les pedían explicaciones. Aún no habían recibido ninguna directriz por parte de su entidad.

Finalmente se han ofertados diversos canjes de preferentes por acciones, obligaciones subordinadas, bonos convertibles… Se trata de dar una salida a aquellos clientes que quieren deshacer posiciones, pero, ¡claro!, siempre a un precio muy inferior al nominal pagado por ellas en el momento de emisión. ¡Nadie da duros a cuatro pesetas!