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Autor: Jesús Ortuno Jimeno

Banderas desteñidas, panfletos desgastados y lemas que parecen no vivir en este siglo se preparan para tomar las calles españolas el día 29 de marzo. Y es que no bastan las cifras actuales de desempleo que superan los 5 millones de parados y amenazan con estar pronto más cerca de los 6 millones

Nuestros sindicatos han quedado reducidos a una maquinaria oxidada que, como tal, al ponerse en funcionamiento sólo consigue hacer ruido. Es preciso engrasar sus engranajes, es necesaria una organización sindical actual con un mayor campo de visión que asuma, además de la protección de los derechos de los trabajadores empleados, el derecho a trabajar de aquellos que no consiguen encontrar un puesto de trabajo y la necesidad ineludible de un mayor margen de maniobra para los que pueden ofrecerlo y se encuentran actualmente, en muchos casos, con el agua al cuello.

Lo esencial para saber a dónde se quiere ir es conocer de dónde se parte. No estamos siendo azotados por el capitalismo brutal de la Inglaterra de la Revolución Industrial ni nuestros empresarios son una reducidísima jerarquía de negreros a los que no frena ningún tipo de legislación (en el caso concreto de nuestra reforma laboral es necesario alegar caída de ingresos o de ventas durante nueve meses para facilitar el despido).

El principal motor de prosperidad en nuestro país son esas pequeñas y medianas empresas, ese pequeño comerciante, ese dueño de un bar en la calle Tejares, ese propietario de una empresa en el polígono Campollano cuyas ventas no han parado de reducirse en los últimos años y que vive atosigado por un alquiler que no perdona, por la falta de liquidez causada por los que no le pagan (entre ellos las administraciones públicas), por la amenaza de una deuda bancaria que puede arrebatarle no sólo su medio de vida, su empresa, sino también en muchos casos el piso, el coche… ¿Quién es verdaderamente consciente de esto cuando sale a protestar a la calle? ¿Quién piensa en aquellos que poco pueden permitirse el “lujo” de enfermar? ¿Quién se pone en la piel de aquellos que, además de echar normalmente más horas que un trabajador cualquiera, no se juegan un despido sino la quiebra y pérdida de todo aquello por lo que llevan una vida luchando(el número de procesos concursales se ha incrementado en los últimos años alcanzando en 2011 la cifra de 6755)?

Pero, en lugar de la perspectiva anterior, lo común es la caricatura del empresario que disfruta despidiendo trabajadores, se alega que la actual reforma laboral únicamente servirá para destruir puestos laborales pero, ¿qué mejor forma de destruir puestos de trabajo que dejar que caigan en la ruina las empresas que pueden ofrecerlos?

Otro enfoque que, si bien no puede atribuirse a todos los habituales participantes en protestas de este tipo, no deja de estar presente en algunas voces espontáneas es aquel que expuso tan claramente Julio Anguita en su frase “en toda riqueza está la base del robo”, vamos, que según esto nadie puede prosperar más que los demás por su esfuerzo, trabajo e inteligencia, no, tiene que ser un ladrón. No me extraña entonces que los seguidores de tan “progresista” axioma se crean con legitimidad al exigir abiertamente la nacionalización de bancos… apaga y vámonos.

Si el bullicio es algo que normalmente sobra, en una situación de crisis aún más. Debemos dejar de lado el “sálvese quien pueda”, ahora es cuando más necesitamos unión, trabajo y solidaridad para sacar este barco a flote evitándole compartir el mismo destino que este año rememora el Titanic. Bastante tiene ya Europa con un iceberg griego…

Resulta absurdo exigir unos derechos que el país no está en situación de conceder, un buen representante sindical no debería actuar ciegamente ni dejarse llevar por presiones externas. Sólo se conseguirá reducir la producción y ofrecer una imagen nada conveniente al exterior. Es la hora de la responsabilidad, de las cabezas frías y del trabajo duro por parte de todos.

Vivimos en una economía mixta, la Europa del siglo XXI, la España del siglo XXI, una España que ha vivido durante varios años muy por encima de sus posibilidades alimentando una deuda que se ha convertido en un pesado lastre para el futuro y prosperidad del país. Es imprescindible ponerse a régimen, apretarse el cinturón, arrimar el hombro en un sacrificio colectivo que nos una como país y nos coloque a la altura de nuestros más destacados socios europeos.