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Autor: Fabio Monsalve Serrano

El cambio horario suele ser un socorrido tema de conversación en estos días; al hilo de una de ellas, alguien contó la anécdota de que antiguamente en su aldea, cuando alguien preguntaba la hora, la gente respondía: ¿cuál, la solar o la de Franco?

Estoy convencido de que tenemos un horario absolutamente disparatado, fundamentalmente por dos razones: ir una hora por detrás del huso horario internacional y, en segundo lugar, por tener un horario laboral partido con un excesivo descanso para comer (nótese que no incluyo el cambio horario de verano, aunque mucha gente cuestiona su eficacia). Ambas razones contribuyen a que este país esté “en plena actividad” un enorme número de horas, sin que por ello tengamos una mejor calidad de vida ni seamos más productivos.

Nuestro actual régimen horario data del año 1940, cuando Franco decidió alinear el horario español con el de la Alemania nazi. De esta forma, se añadía una hora más al huso horario que por posición geográfica nos corresponde; con el resultado de que entre octubre y abril tenemos una hora de desfase con la hora solar media y entre abril y octubre, la diferencia es de 2. Esto hace que el anochecer se retrase en nuestros relojes y que tengamos unos horarios nocturnos bastante tardíos.

El segundo disparate es la jornada laboral. Frente al horario “nueve-hasta-cinco” de buena parte del mundo occdidental, en España tenemos el horario “no-sé hasta-depende” que tradicionalmente podríamos asociar al 9:00-20:00 con dos/tres horas para comer, aunque esto va por barrios (léase cada cual según y cómo). Algunos ejemplos: “8:00-15:00” de banca y administración (aunque según casos te atienden sólo de 9:00 a 14:00); “9:30h-20:30h con descanso” del pequeño comercio; “10:00h a 22:00h sin descanso” del gran comercio; “9:00h a 18:00-19:00h con descanso” en diversos oficios de la construcción y parte de la industria; todo esto, por supuesto, es pincelada gruesa, pues en cada colectivo hay posibilidades de negociación (algunos bancos abren una tarde y en la administración hay flexibilidad de entrada y salida computando las horas). En la educación (con gran impacto en el ritmo de las ciudades) la cosa se pone más divertida; podemos tener un horario a la carta dependiendo de la región, e incluso el colegio; a grandes rasgos tenemos colegios con jornada continua (5 horas matutinas) o partida (3+2) pero los horarios de entrada y salida pueden cambiar. Esto era un mero recordatorio pues ya se lo saben, pero ¿a que impresiona puesto así todo junto?

A mi juicio, algunas de las consecuencias de este disparate son:

  • Dificultad de la conciliación de la vida familiar y laboral: La disparidad de horarios hace que, al inicio de la jornada, numerosos padres necesiten horas matutinas para el cuidado de los niños; mientras que, al final del día, se llega a casa demasiado tarde para disfrutar de tiempo de calidad con los hijos.
  • Escasez de horas de sueño: Un claro ejemplo de lo tardío de nuestro horario es que el “prime time” televisivo se sitúa a las 22:00h, dos horas más tarde que en el resto de Europa, lo que retrasa la hora de irse a la cama y reduce el descanso, con negativa incidencia en el rendimiento escolar.
  • Mayor número de horas de trabajo: En las ciudades pequeñas es habitual ir y volver al trabajo mañana y tarde, con el consiguiente gasto de tiempo y energía, además de tener que “arrancar” la actividad dos veces. En las grandes ciudades, la congestión hace que se opte por comer en el puesto de trabajo, con lo que “de facto” se trabajan muchas más horas.
  • Ineficiencias y excesiva inversión de tiempo en la realización de gestiones administrativas: La apertura de la administración al público se reduce “de facto” a cinco horas matutinas y expedientes complejos suelen requerir varias mañanas. Por otra parte, la incertidumbre horaria en el puesto de trabajo obliga a invertir tiempo previo en concertar citas o verificar que se puede realizar la gestión.
  • Alargamiento excesivo de los horarios comerciales: Las grandes superficies abren hasta tarde, pues miles de trabajadores no pueden realizar sus compras diarias hasta que no finaliza su jornada laboral.
  • Dificultades para la programación cultural: En el resto de Europa, la cena temprana permite asistir a actividades culturales sin necesidad de trasnochar. Aquí, o bien se trasnocha o bien se cena de cualquier manera.

Es cierto que, con buen espíritu mediterráneo, nos hemos adaptado a esta disparate y lo “sabemos vivir bien”, pero no deja de ser un caos.

02:30 a.m., me voy a la cama.