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Autora: Sandra Esteve Gualda

La última Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, aprobada en mayo de 2011 afirma que su razón de ser satisface “Fomentar la investigación científica y técnica” mediante “un entorno económico, social, cultural e institucional favorable al conocimiento y a la innovación”.

Sin embargo, estas ambiciosas palabras ocultan un trasfondo mucho más complejo y perjudicial para los investigadores españoles. Durante el gobierno de Zapatero el presupuesto de I+D+i fue reducido en un 4,2% durante 2010 y en un 7,3% durante 2011 y el nuevo gobierno popular subrayó esta tendencia desde el comienzo de su legislatura con la eliminación del . Por tanto, existe una dramática contradicción con el objetivo de la citada ley, cuyos primeros efectos ya han hecho su aparición. La actual situación española es muy negativa pero este hecho debe dejar de ser un elemento disuasorio para convertirse en un incentivo para las empresas, los innovadores y los investigadores que, y siempre que resulten apoyados por la sensatez y racionalidad política, pueden, podemos empezar a cambiar la situación. Y por supuesto, es imprescindible tener siempre en mente el hecho de que el aparato investigador e innovador que se destruya hoy no podrá contribuir al progreso mañana.

La comparación en lo que a innovación se refiere de nuestro país con nuestros socios europeos no es buena. Según la clasificación de innovación en los países de  en 2011, España se sitúa por debajo de la media europea, dato nada sorprendente. Lo que sí es significativo es el hecho de que la propia Comisión Europea destaque los sistemas de investigación y el apoyo financiero. Una gran contradicción radica en este sentido, y puede ser fácilmente comprendida cuando el recorte en inversión en I+D+i en 2012 es del 8,65% respecto a 2011.

El alcance de los programas de I+D+i es largoplazista, motivo por el cuál la miopía política se muestra reticente a emprender las medidas y cambios oportunos. Pero el caso de España en la actualidad, sufriendo como tantos otros los efectos de la crisis, hace que los problemas en la investigación sean ya un hecho que inevitablemente empeorará con el paso del tiempo.

Cuatro tipos de investigadores, de diferente perfil y campos de conocimiento, sufren en primera persona esta precaria situación. En el ámbito académico, los becarios que comienzan su periodo de investigación, los recién doctorados, y los investigadores que terminan sus contratos encuentran grandes dificultades en encontrar el lugar que, por formación, conocimientos y dedicación les correspondería. La fuga de cerebros es ya un hecho cuyas consecuencias parecen no ser entendidas por los responsables del país. Se trata ésta de la generación más preparada que ha existido nunca en España y que comienza a desarrollar su actividad innovadora fuera de nuestras fronteras. Este hecho implica que el capital humano que se forma en España, finalmente contribuye el crecimiento de otros países porque los sistemas de I+D+i españoles son escasos y deficientes.

Y en el sector privado, que tan frecuentemente se olvida de la labor de la investigación que es la base de los sistemas de I+D+i, la situación no es más favorable. En este sentido, , comisario de Industria y Emprendimiento de la UE afirma que, “necesitamos sistemas nacionales de investigación e innovación equilibrados que ofrezcan a las empresas un entorno favorable a la innovación”

El caso de España y su particular situación actual está marcada por la lacra del desempleo, principal tema de preocupación en las agendas de los políticos. De nuevo las contradicciones aparecen en este punto ya que el efecto sobre el empleo de una mayor actividad innovadora sería muy positivo..

En esta ocasión estamos poniendo de manifiesto los problemas que alejan a España del ideal europeo en materia de investigación e innovación, brecha que se acrecienta cada vez más. Sería un error tratar de buscar consuelo en la situación económica que atraviesa España en la actualidad ya que la falta de competitividad, las altas tasas de desempleo persistentes y el escaso poder de innovación son notas características de la economía española independientemente de su sesgo político y estado de crecimiento o recesión. En esta ocasión ha sido demasiado tarde, no hemos podido evitar los más de cinco millones de desempleados, los cierres de empresas ni la desaparición de servicios de investigación. La cuestión es hasta cuando vamos a esperar para tomar medidas y reconocer que sin una sólida investigación el crecimiento público y privado es prácticamente inviable.

¿Cuál es el resultado de esta falta de atención a la inversión en innovación? Inevitablemente la consolidación de España como uno de los países menos competitivos, productivos e innovadores, lo que a su vez hará más dificultoso y lento el camino hacia la senda del crecimiento por lo que es muy previsible que la inversión en I+D+i se continúe reduciendo. Un círculo vicioso del que es demasiado difícil salir sin voluntad política, visión a largo plazo y fomento de la innovación y el espíritu emprendedor, y que no ayudará a retornar a España a la senda del crecimiento.

La innovación, que nace con la investigación teórica y aplicada y que desemboca en crecimiento, competitividad y empleo ha sido la asignatura pendiente de la economía española durante demasiado tiempo y la crisis actual nos aleja todavía más de ese “entorno económico, social, cultural e institucional favorable al conocimiento y a la innovación” que por ley y sentido común debería instaurar