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Autor: Héctor S. Marqueño Collado

Se ha dicho muchas veces que el 23 de febrero de 1981 se vivió la mayor amenaza contra la democracia española. Ocurrió en una época convulsa, con una grave crisis económica incluida, en medio del malestar militar y de amenazas golpistas, el denominado ruido de sables. El llamado 23-F consistió en dos golpes simultáneos, y así se reconoce en casi todas las fuentes historiográficas: uno “duro” y otro “blando”.

El golpe “duro” es del que se nos ha hablado siempre. El teniente coronel , al mando de un grupo de guardias civiles, tomó el Congreso durante la investidura de  como Presidente del Gobierno, tras la dimisión de . Capturó de ese modo, al mismo tiempo, a los poderes Ejecutivo y Legislativo del país. Al poco tiempo, el Capitán General de la III Región Militar, , declaró el estado de excepción y sacó los tanques por las calles de Valencia. El objetivo del golpe en la memoria de mucha gente sería volver seis años atrás en la historia, a una dictadura de corte franquista. Y Tejero, al parecer, también creía que el plan era ese.

Sin embargo, el golpe duro era el pretexto para el golpe “blando”. Un independiente, militar, se ofrecería para ejercer el cargo de presidente de un gobierno de concentración, con presencia de distintos partidos. Esa persona sería el general , que había sido secretario general de la . Esto, se suponía, sería una salida aceptable a la crisis creada por el golpe “duro”, evitaría males mayores, y sobre todo, sería aceptada tanto por Tejero como por los diputados. Sin embargo, Tejero no la aceptó, no permitió que Armada accediese al hemiciclo, y truncó de ese modo el golpe que él mismo había comenzado.

Ese es el esquema comúnmente aceptado de lo ocurrido el 23-F. Después, puede añadírsele el papel del Rey y de los distintos políticos, podrán añadirse detalles y aspectos no clarificados, pero podría resumirse en ello. Debe pensarse en lo que un gobierno de Armada hubiese supuesto. No se le habría considerado entonces parte del golpe, sino que “solo” habría sido la “solución Armada”, la solución a una situación muy grave, pero que habría permitido establecer un gobierno dentro de los márgenes de la Constitución. Y, desde luego, se habría considerado que tal solución no formaba parte del plan original, antes bien, era la respuesta al golpe duro. Sin embargo, sabiendo que existía un plan que contemplaba el doble golpe, la ilegitimidad y carácter antidemocrático de un hipotético gobierno de Armada es ahora evidente para nosotros, aunque se hubiese vestido con la Constitución y el apoyo parlamentario del momento, condicionado por las circunstancias.

Viajemos ahora en el tiempo a la Europa del 2011-2012. Los golpes de estado militares hace tiempo que pasaron de moda en estas latitudes. Algo así sería tan estéticamente antidemocrático, en una era en la que todos los gobernantes dicen ser demócratas, que el aislamiento internacional de los países golpeados sería inmediato, y su presencia en  impensable. Sin embargo, en la Unión Europea actual, hay dos países con gobiernos que no han sido democráticamente elegidos.

En una Grecia convulsa, dos veces rescatada en medio de durísimos recortes, asediada por los mercados y una Unión Europea que reclamaba algo más a cambio, el primer ministro, Yorgos Papandreu, propuso el 31 de octubre de 2011 un referéndum sobre el acuerdo de rescate. Rápidamente tuvo que echarse atrás en su propuesta y negociar su salida del gobierno. El 10 de noviembre, Papandreu renunciaba y se hacía cargo del gobierno Lucas Papadimos, un independiente, ajeno a partidos, que había sido el vicegobernador del  y el gobernador del Banco de Grecia. Lo hizo con el apoyo parlamentario de los dos grandes partidos griegos.

Entre tanto, Italia entraba en la zona de peligro. Su prima de riesgo alcanzaba niveles como los que habían motivado los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal. Los mercados acosaban a una nueva (gran) pieza. El primer ministro, , prometió el 8 de noviembre su renuncia tras la aprobación de los presupuestos que incluían las medidas de ajuste exigidas por la Unión. El 11 de noviembre, el presidente del , dijo que Italia necesitaba reformas, no elecciones. Se siguió el guion: el 12 de noviembre, Berlusconi renunció al cargo. Lo sustituyó , antiguo miembro de , y como Papadimos, un independiente, ajeno a ningún partido político, pero con el apoyo de la inmensa mayoría del Parlamento.

Tanto Papadimos como Monti son llamados técnicos: economistas de experiencia europea y privada. Monti trabajó para , como el actual director del Banco Central Europeo, el también italiano , ambos en el periodo en el que se dice que Goldman Sachs ayudó a Grecia a falsear sus cuentas para entrar en el euro (periodo en el que Papadimos era el gobernador del Banco de Grecia). Además, si hacemos caso de la Wikipedia, Papadimos y Monti eran miembros de la Comisión Trilateral (una de esas reuniones de poderosos que discuten sobre asuntos internacionales, y que son señaladas por todos lo que quieren hablar de conspiraciones).

Pasado y conspiranoias aparte, no cabe duda de algo. Dos gobiernos de dos países europeos y miembros de la , elegidos democráticamente, cayeron en el mes de noviembre. Lo hicieron por la profunda inestabilidad política, derivada de la presión de los mercados sobre la deuda soberana de ambos países. A resultas de ello, los respectivos parlamentos eligieron a dos economistas de similar perfil para formar gobiernos de salvación, apoyados por los partidos mayoritarios. Formaron así las llamadas tecnocracias. Son gobiernos, desde luego, constitucionales, pero sin ningún refrendo popular.

Hubiera solución Papadimos y solución Monti o no, la espada de Damocles de los llamados mercados pende sobre las democracias de la Eurozona. Los estados deben financiarse, y en la situación actual, es difícil no financiarse al menos en parte con deuda. Y la deuda, en principio, debe pagarse. Pero ante esta exigencia, ¿dónde queda la soberanía nacional? ¿Es el pueblo soberano de sí mismo?