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Autor: Gastón Balderas

La prohibición de las drogas y, por su contra, su legalización es un tema habitual de debate en círculos académicos; sin embargo, en las instancias políticas de decisión todavía es un tema tabú y, por tanto, del cual está prohibido disentir. Muchos estados y organizaciones internacionales han elevado los argumentos del prohibicionismo al rango de dogma y se han encargado de difundir este dogma como la panacea al problema social ocasionado por la producción, distribución y consumo abusivo de las drogas sujetas a la prohibición.

El prohibicionismo se ha convertido en un manto para líderes políticos, dirigentes sociales o cualquier persona pública con aspiraciones políticas. Un manto que les dota de una imagen moral casi perfecta de cara al electorado.

Desde el ejercicio político, el prohibicionismo se convierte en la excusa perfecta a la hora de salir a buscar recursos económicos, proliferar instituciones y, por último, convertir al Estado en la única instancia capaz, según el mismo Estado, de hacerle frente a la violencia proveniente de la guerra contra el “narco”. Una guerra que no existiría sin esa prohibición.

Del otro lado del prohibicionismo, las organizaciones criminales que producen y comercializan estupefacientes, en su necesidad de minimizar los riesgos derivados de su actividad ilícita, tratan de alargar su presencia a los niveles políticos mediante el soborno y/o el chantaje, fomentando así la corrupción. El último caso más notable se dio en Bolivia en 2011, donde el “narco” se incrustó nada menos que en la cúpula de la organización estatal encargada de hacerle la guerra al narco.

Otro gran ejemplo de en lo que degenera el prohibicionismo, es el fomento de la violencia organizada. Esta crece cuando las organizaciones criminales ven acrecentada la represión por parte de las fuerzas de seguridad del Estado, a consecuencia de esto las organizaciones criminales aumentan el equipamiento de sus fuerzas de seguridad, recurriendo en última instancia a otros grupos armados ilegales. Tal es el caso de Colombia donde se sabe que el “narco” financia a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (F.A.R.C) y los nexos de esta con la banda terrorista Euskadi Ta Askatasuna () en España; mientras que en Perú, durante la década de los 90, el grupo guerrillero Sendero Luminoso resguardaba las rutas del narco a cambio de financiación; o el más conocido quizás: Los Zetas, en México, una banda de sicarios.

Más peligroso aún, cuando el narcotráfico puede llegar a cooptar gobiernos de países enteros. Tal fue el caso de Afganistán, donde sus líderes político-religiosos, exacerbando ideales nacionalistas, llegaron a manifestar que enviando droga a Estados Unidos esperaban destruir aquella sociedad. Obviamente, una estrategia electoral prolija considerando la relación, por demás problemática, afgano-estadounidense.

Otra prueba más de que la prohibición es el mejor instrumento a la hora de maximizar los réditos electorales, es la que se pudo observar en 2011. Cuando los otrora presidentes y defensores a ultranza de la política prohibicionista, los ex presidentes de México, Ernesto Zedillo, de Brasil, F. Enrique Cardoso, o el colombiano, César Gaviria; una vez alejados de la necesidad de maximizar los votos y liberados de las presiones que les impedían abordar el problema real desde la perspectiva del buen sentido, hicieron un llamado a que los métodos de represión contra el narcotráfico sean revisados, reivindicando la legalización de las drogas como una vía plausible, además de sensata.

Esta ola de buen sentido ha tocado también al actual presidente de Colombia, , que se manifestó a favor de analizar los resultados del prohibicionismo y considerar la legalización como tema de debate. El presidente de Guatemala, , se convirtió en el primer presidente en ejercicio que propuso abierta y frontalmente la legalización de la drogas como medida para acabar con el narcotráfico. Detrás de esta propuesta existen números que respaldan este “atrevimiento”: el 60% del crimen en Guatemala está relacionado directamente con la guerra contra el “narco”. Solo por anotar un dato.

Quienes crean que el problema del narco es solo problema de los países productores o “países puente”, están doblemente equivocados. Primero porque la prohibición demanda una gran cantidad de recursos a los gobiernos de los principales países consumidores, que bien podrían ser destinados a programas de prevención y rehabilitación de adictos. Segundo, los países consumidores se están convirtiendo en productores de drogas ilegales sintéticas, alentados por el aumento de la demanda mundial de este tipo de estupefacientes.

Para dar un ejemplo de que los efectos de la legalización verdaderamente atacan los males derivados del narcotráfico, se puede hablar de la tendencia que sigue la estructura de producción y comercialización de la marihuana. Esta se ha podido diferenciar del resto de drogas ilegales por diferentes motivos: El cultivo de marihuana se está extendiendo por todo el mundo y su consumo se está despenalizado en muchas partes. Esto ha permitido que la oferta de marihuana aumente, desconcentrando así su oferta y lo principal, disminuyendo el poder de las organizaciones criminales dentro la cadena producción-distribución de este psicoactivo. Los adictos también han resultado beneficiados, al ser descriminalizada su figura, estos pueden acudir a los centros de rehabilitación con mayor libertad.

Por tanto, el prohibicionismo, analizado desde una perspectiva institucional puede ser definido como una maquinaria compuesta por el tándem: Estado-Organizaciones Criminales, donde cada uno saca el máximo provecho a las políticas de represión. Al final, la política prohibicionista es la que pone el negocio de las drogas en manos de las organizaciones más experimentadas en burlar la ley: Las mafias.

Para que la probabilidad de éxito de una hipotética política de legalización aumente, esta debe ser adoptada, en primera instancia, por los principales países tanto productores, países “puente” como principales consumidores. Todos al mismo tiempo. Caso contrario se corre el riesgo de que el problema del “narco” alcance magnitudes inimaginadas, entre estados que permitirían o no producir, traficar y/o consumir ciertas drogas. Debemos tener presente que la demanda de drogas existirá siempre, esta está íntimamente ligada al deseo del ser humano de abstraerse de su realidad. Esto es algo real y se debe aprender a convivir con ello, algo que la prohibición sigue impidiendo. El prohibicionismo ha fracasado pero sigue vivo y llevándose muchas vidas. La solución está al alcance de la voluntad política.