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Autor: Raimundo González Giménez

Hace unos días un compañero de mi Área y yo realizamos una prueba especial al alumnado de la Facultad. Llevan algo más de tres meses con nosotros. La característica fundamental de la prueba era que aquellos alumnos/as que se presentasen, lo podían hacer un total de 67, tenían la posibilidad de sumar hasta dos puntos en la nota final y, sin embargo, en el caso de hacerlo mal, incluso catastróficamente, su sacrificio consistía únicamente en madrugar un poco y en “echar un rato” con nosotros en el aula conversando sobre razonamientos básicos de nuestra disciplina.

Dudábamos sobre si los dos folios disponibles en el tablón, serían suficientes para albergar a todos los apuntados. Cuando los cogimos, en el momento de comenzar la prueba, se nos quedó a ambos una sensación difícilmente explicable, solo había apuntados 19 alumnos. ¿Y los demás?, ¿despreciaban la posibilidad ofrecida? No podía ser verdad. Con una expresión no alejada del aturdimiento buscamos la puerta del aula. Nos habíamos retrasado diez minutos. En la puerta nos esperaban 8 alumnos. Alguien dijo que vendría uno más, que se había quedado dormido. Faltaban 15 minutos para la diez de la mañana.

¿Qué se está haciendo mal? En los diez años previos a la entrada en la Facultad reciben la denominada “educación en valores”, pero simultáneamente y desde excesivos vértices nos llegan a todos mensajes para que otorguemos casi la misma valoración al envase y al contenido de las cosas. La Universidad no es el curso siguiente a la terminación del Bachillerato. Es muy común responder que se estudia ADE o ECO y pensar, primordialmente, en el número de créditos que se deben obtener para tener derecho a la titulación; también se oye frecuentemente que cuando en realidad se adquiere la formación es cuando uno ha terminado la carrera. Pánico al resfriado tendría yo si el médico adquiriese sus conocimientos una vez concluida su carrera.

Estudiar una carrera universitaria, la nuestra, debe basarse, fundamentalmente, en la intención decidida de conocer la profesión, motivado/a por la atracción e ilusión por llevar a cabo su ejercicio. Para ello no basta con conseguir sistemáticamente todos los apuntes y acumular horas de estudio en la biblioteca, además, hay mucho que cavilar, reflexionar, descubrir, argumentar, vivir en ello y madurar, sin necesidad de renunciar al tuenti, al madrid-barça o a la persona que se sienta dos filas por delante, pero buscando siempre el escalón que nos aleja de la mediocridad y nos eleva para estar cada vez más cerca de la condición de economista.

Es cierto que la formación, experiencia y especialización que se adquiere en el mundo laboral es fundamental y determinante, pero también lo es el hecho de que una adecuada travesía por la etapa universitaria otorga al economista las herramientas teórico-prácticas necesarias para conseguir adecuar actitudes, aptitudes y habilidades profesionales, esto es, para contar, en todos los posibles escenarios, con los recursos formativos suficientes para entender los múltiples caminos relacionados con un sinfín de encrucijadas económico-empresariales.

No cabe duda que algo se está haciendo mal, pero también es cierto que profesores y alumnos algo tenemos adelantado si verdaderamente somos conscientes de ello y si decididamente buscamos soluciones para mejorar. Sería maravilloso que, ante la pregunta tipo a uno de nuestros alumnos/as sobre si estudias o trabajas, la respuesta fuese, mirando a los ojos al interlocutor, “yo estudio para llegar a ser economista”.