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Autor: Fabio Monsalve

Una de las metáforas preferidas entre los adalides de la eficiencia de los mercados y del estado mínimo suele ser la de la tarta. Consideran que lo realmente importante es el crecimiento de la misma (léase riqueza) sin importar su distribución. De hecho, si la tarta es mayor, todo el mundo recibirá una porción superior a la del año anterior, lo cual redundará en una mejora de la situación de la población con menores ingresos. Lo importante, pues, no son las comparaciones interpersonales sino los incrementos de riqueza individual; que la porción que corresponde al 10% más rico crezca mucho más que la que corresponde al 10% más pobre, es hasta cierto punto irrelevante pues todo el mundo pilla bocado. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la tarta deja de crecer y, sin embargo, la porción de los ricos sigue aumentando?

Recientemente la  ha publicado un interesantísimo informe en el que muestra cómo la desigualdad entre ricos y pobres ha aumentado en todos los países miembros de  durante las tres últimas décadas. En términos medios, el 10% de la población más rica tiene un ingreso nueve veces superior al del 10% de la población más pobre. Estas cifras han aumentado incluso en países con amplia tradición redistributiva como Alemania, Dinamarca y Suecia. En el extremo de la escala se encuentra Chile, país en el que la diferencia se eleva a 25 veces. ¿Tendrán algo que ver los Chicago Boys? En el caso de España, la desigualdad se sitúa alrededor de la media OCDE, pero contrariamente al resto de países, ésta se ha reducido en un 20% hasta el año 2008. No obstante, en los dos últimos años la diferencia está aumentando. Veremos cómo evoluciona en el futuro, pero o mucho me equivoco o aumentará espectacularmente, dado el desempleo masivo en el sector de la construcción, cuyos altos salarios durante el boom seguramente explicarían buena parte de la disminución de la desigualdad hasta el 2008.

En cualquier caso, los datos y el diagnóstico por parte de la OCDE son contundentes. Los ricos son mucho más ricos y siguen apropiándose de porciones mayores de una tarta que, por el momento, ha dejado de crecer; estrategia que puede volverse dramáticamente en su contra. Esta situación rompe con el contrato social que ha dado estabilidad a las sociedades occidentales en los últimos 60 años. Poner en riesgo dicha estabilidad por una actitud de maximización de beneficios a corto plazo puede ser como tirar piedras contra el propio tejado. En un interesante artículo  sugiere que los ricos están jugando con fuego, pues su destino y bienestar está asociado al del resto de la población. Los muros de sus mansiones y urbanizaciones no los protegerán de las revueltas sociales, como la historia ha mostrado en repetidas ocasiones. Incluso un razonamiento economicista advierte de lo equivocado de esta estrategia, pues si quieren preservar su status quo a largo plazo, deberán empezar por devolver a la sociedad parte de lo que la sociedad les da. Mayores impuestos u otras formas de compartir parte de su riqueza no deberían ser anatema sino su tabla de legitimización ante la sociedad.