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Autor: Carlos Álvarez Aledo

Dos años después de que se iniciara la denominada “crisis de deuda soberana” de la zona euro, el 21 de Diciembre de 2011 el  (BCE) prestó medio billón de euros a tres años al sistema bancario europeo. Es decir, en un día el BCE ha prestado a 500 bancos europeos el equivalente a la mitad de la actividad económica real que genera España en un año.

Esto sugiere dos preguntas totalmente contrapuestas: ¿Se acabaron por fin los problemas de crédito?, o bien ¿Están los bancos europeos sin dinero y a punto de quebrar? Lo primero, desgraciadamente, de momento no es cierto. Lo segundo, afortunadamente, también por el momento, tampoco. El enorme préstamo realizado modera los problemas de liquidez a corto plazo e intenta suavizar el impacto de una previsible recesión durante la primera mitad de 2012, pero no resuelve los problemas de solvencia bancaria a medio plazo. Una semana después, a falta de mejores opciones, la mayor parte de esa liquidez ha sido depositada otra vez en el BCE.

¿Qué está pasando? En realidad, la “crisis del euro” parece haberse convertido en un juego de apariencias y distracciones que, no es extraño, está generando gran confusión, con la colaboración de los mercados financieros y, sobre todo, de los gobiernos de la UE. El juego de apariencias consiste en intentar que los problemas de algunos queden disimulados fijando la atención sobre “los otros”. Por ejemplo, la situación de algunas cajas de ahorro españolas no es muy diferente a la de varios bancos de algunos Landers alemanes.

El juego de distracciones tiene que ver con un distorsionado diagnóstico de las cuestiones a resolver. En realidad, el problema de la deuda soberana no lo tienen tanto los Estados como sus principales prestamistas, los bancos compradores de esa deuda. En última instancia, los Estados, a través del BCE, siempre podrían crear más dinero para financiar la deuda o evitar la especulación (si Alemania quisiera ceder). En cambio, los bancos nunca podrían hacer eso para salir de su grave situación, parcialmente creada por ellos mismos. Cuando en 2009 el BCE pasó a sustituir al mercado interbancario concediendo créditos a corto plazo a los bancos europeos, con balances afectados por activos altamente especulativos y/o activos inmobiliarios, buena parte de ese dinero se invirtió, a falta de oportunidades en el sector privado, en un “nuevo negocio seguro”: la compra de Deuda Pública de países periféricos con mayores necesidades de financiación por la crisis. Aunque parezca increíble, por tercera vez en los últimos años, los bancos volvieron a crear o a agravar una burbuja especulativa, ahora sobre Deuda Pública. Llegados a este punto, ahora ni siquiera se atreven a seguir con esta inversión, así que prefieren tener liquidez disponible pero sin utilizarla, depositándola en el BCE.

En cuanto a las medidas contra la crisis, también las distracciones son numerosas. Un reducido grupo de gobiernos europeos, los relativamente mejor situados, han decidido que, ya que no pueden hacerse apenas cargo del problema de solvencia bancaria, deben centrarse en los Estados con mayor déficit. No pueden sacar del apuro a todos los países endeudados y además eso significaría fomentar futuros derroches. Por tanto, consideran que lo más sensato es obligarles a realizar duros ajustes económicos y a que se comprometan a que esta incómoda situación no vuelva a ocurrir. Si hace falta, ayudaran a los obedientes pero no a los débiles.

Lo demás se limita a proponer algunas reformas, más bien cosméticas, y, puesto que no hay capacidad de aumentar el gasto público, a dejarlo todo a la esperanza. Esperanza en que la economía recupere la confianza por si sola o a través de la “mano invisible”, esperanza en que, mientras tanto, los bancos disuelvan sus problemas de balance y no tengan un incidente serio, esperanza en que Grecia no se hunda del todo, esperanza en que Estados Unidos se recupere…. En Economía hemos aprendido que el equilibrio siempre puede recuperarse a largo plazo, pero también, según Keynes, que a largo plazo todos muertos o, más bien, todos (casi todos) más pobres, si asumimos que la economía se acabará ajustando a costa de un fuerte deterioro de la distribución de la renta y del bienestar social en Europa.