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Autora: María Ángeles Cadarso Vecina

En mayo de 2010 se decretó una reducción del 5% de media y la congelación para 2011 del sueldo de los empleados públicos. Ésta era una de las actuaciones dentro del primer gran paquete de medidas contra la crisis del . Con esta medida se recortó un 0,23% del gasto de los presupuestos de 2010 y un 0,45% en los de 2011. Posteriormente, a lo largo de 2011, los gobiernos de algunas comunidades autónomas, de distinto signo político como Cataluña y Castilla-La Mancha, se han sumado a los recortes y han vuelto a incidir en la rebaja del sueldo de los empleados públicos, entre otras medidas de austeridad, como vía para luchar contra el déficit público y la crisis. Este tipo de medidas parece “fácil” de tomar por dos motivos. Primero, es de esperar que cuente con el beneplácito del público en general que puede considerarla justa ya que, a cambio, los empleados públicos cuentan con un trabajo seguro de por vida. Segundo, porque con ello no tiene por qué verse afectada la cantidad y calidad del servicio público prestado. Voy a dejar de lado el primer aspecto y voy a centrarme en el segundo: ¿Pueden verse afectados los servicios públicos, como la sanidad, la educación, la justicia, si se reduce el sueldo de sus trabajadores? ¿Qué dice la teoría económica al respecto?

En la visión tradicional, ortodoxa, el salario debe ajustarse a la productividad del trabajo. Sin embargo, hay economistas de distintas corrientes de pensamiento (marxistas como Herbert Gintis y neokeynesianos como George Akerloff, premio Nobel en 2001) que opinan que salario y productividad están relacionados de forma inversa a la considerada tradicionalmente. Esta relación inversa se expresa a través de la hipótesis de los salarios de eficiencia. Según ella, es el salario el que determina la productividad y no tanto al revés, ya que no es lo mismo las horas de trabajo contratadas (la fuerza de trabajo, en palabras de Marx) que el trabajo efectivo obtenido de ellas, el esfuerzo de trabajo.

Hay un ejemplo de la historia reciente de la economía muy interesante a este respecto. A principios del siglo XX, en Estados Unidos,  comenzó la producción en cadena de vehículos con el modelo T. Pero el carácter repetitivo de este tipo de producción daba muchos problemas laborales al empresario (magistralmente representados por Chaplin en su película “Tiempos Modernos”). Para intentar solucionarlos, Ford decidió subir el sueldo a sus empleados a 5 dólares (más del doble del salario normal) en enero de 1914. ¿Cuáles fueron los resultados? La rotación en el trabajo disminuyó un 87% y el absentismo un 75% y, como consecuencia, la productividad aumentó un 30% y también aumentaron los beneficios de Ford e, incluso, se logró reducir el precio del modelo T.

¿Por qué obtuvo tan buenos resultados Ford cuando subió el salario de sus trabajadores? La teoría de los salarios de eficiencia afirma que cuanto mayor sea el salario, mayor será el esfuerzo y, en consecuencia, la productividad. Evidentemente, al empresario le interesa mejorar la productividad de sus trabajadores, el esfuerzo que éstos realizan en la producción y esto no solo depende de la tecnología y el capital de los que los trabajadores dispongan, sino que también depende del interés, el compromiso, el esfuerzo, con el que realicen su tarea. El esfuerzo del trabajador puede mejorarse a través de dos vías. Una es la introducción de controladores. Puede funcionar en algunos casos, pero en otros puede ser excesivamente costoso y, en general, puede crear mal ambiente laboral (además, hace surgir el problema de controlar al controlador). Otra posibilidad es proporcionar incentivos a los trabajadores, principalmente vía salarios. Esto mejoraría las relaciones laborales y puede mejorar la productividad, porque los trabajadores se sienten bien tratados y trabajan más y de manera más eficiente.

Otra de las formas en las que una mayor salario puede aumentar la productividad, radica en que un mayor salario es a la vez un mecanismo de mantener la lealtad de los trabajadores. La lealtad es importante porque la rotación excesiva de trabajadores perjudica la productividad de la empresa y sus resultados, ya que un adecuado desempeño a menudo necesita cierto grado de experiencia en el puesto de trabajo, de conocimiento de la empresa y los compañeros, etc. Por ello, al empresario le interesa pagar incluso un salario por encima del vigente en el mercado para garantizar la permanencia de sus trabajadores cualificados y/o de aquellos a los que ha habido que dedicar tiempo a su formación.

Hay un tercer elemento mediante el cual el salario influye en la productividad (esfuerzo y rotación los otros dos): la calidad de la mano de obra. Frecuentemente, las empresas descubren que tras disminuir los salarios que pagan han perdido a los mejores trabajadores. De hecho, ésta es una de las razones que aducen habitualmente los empresarios como explicación de por qué no bajan los salarios. Es un ejemplo de lo que en economía se denomina selección adversa: la reducción del salario afecta a la calidad media de los que ofrecen trabajo a una empresa. Si una empresa baja los salarios lo más probable es que los mejores trabajadores sean capaces de encontrar otro trabajo con el mismo salario que tenían y, por ello, decidirán irse.

Carl Shapiro y  (este último premio Nóbel junto con Akerloff en 2001) añaden otra vía por la que el salario influye en la productividad. Estos economistas consideran que un salario superior se puede interpretar como una sanción por no trabajar. Imaginemos una economía en la que se paga el salario que permite el pleno empleo (el salario que vacía el mercado de trabajo) y que éste funciona según las reglas más puramente neoclásicas. El trabajador no tiene por qué esforzarse en su trabajo, porque puede que no lo pillen y si lo pillan y lo despiden encontrará trabajo inmediatamente por el mismo salario (no habrá perdido nada). En cambio, si algunas empresas están pagando un salario superior al que vacía el mercado, el trabajador tendrá incentivos para esforzarse porque si no lo hace y lo despiden tendrá que aceptar un salario inferior al que cobraba. Y eso si consigue trabajo, porque existirá paro y lo normal es que tras ser despedido pase un tiempo como parado.

¿Se producirán los efectos perniciosos que he comentado por la bajada de salarios en la función pública? ¿Se irán los mejores médicos, jueces, profesores o inspectores de hacienda al sector privado? Tal vez, este recorte de salarios acabe saliéndonos caro porque, como decía Alfred Marshall, uno de los padres de la economía: «El trabajo bien remunerado generalmente es eficiente y, por lo tanto, no es caro, hecho que aunque sea más esperanzador que ningún otro conocido para el futuro de la raza humana veremos que puede crear muchas complicaciones».