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Autor: María Ángeles Tobarra

Esta es una historia de dinero, traición, detectives, nombres en clave, conspiración internacional… Y cárteles y teoría de juegos. Si hay un tema en teoría económica que siempre permite encontrar ejemplos que interesen al instante incluso a quienes no suelen leer las noticias económicas, ése es el de los monopolios, los oligopolios y sus entresijos. Es además un tema que ha aparecido recientemente, relacionado con multas impuestas por autoridades de la competencia, tanto en noticias (pruebe a buscar “” en cualquier periódico con contenido económico, por ejemplo Cinco Días) como en comentarios (columna de Schumpeter en The Economist, 11 de diciembre). Todos sabemos de la importancia de vigilar que las empresas que actúan en un mercado no abusen de su poder de dominio ni lleguen a acuerdos entre ellas que les permitan actuar como si fueran una única empresa, un monopolio que suponga un precio más elevado para el consumidor. Los cárteles están prohibidos, pero ¿cómo pueden atajar los acuerdos secretos las autoridades que velan por la competencia? No basta con sospechas del tipo “es curioso que todas las empresas suban los precios a la vez sin que se observen cambios fundamentales en los costes o la demanda”, hacen falta pruebas de que esa subida se debe a un acuerdo explícito diseñado para reducir la competencia. Ahí entrarían el trabajo detectivesco, las inspecciones por sorpresa, las denuncias de consumidores y/o competidores… Todo ello requiere recursos y tiempo (las empresas investigadas suelen tener más de ambas cosas que las agencias que las investigan) y, aunque no hubiera restricciones, sería muy difícil en muchos casos poder construir un caso concluyente.

Lo que nos lleva a una imagen curiosa. Es la última semana de febrero de 2008. En la puerta de la Comisión Nacional de la Competencia (CNC) un grupo de personas se turnan día y noche durante toda la semana en una cola. No buscan entradas para ningún espectáculo sino que están realizando un trabajo para intentar ahorrarles millones de euros a algunas de las empresas multinacionales más importantes que operan en Europa. Es la primera consecuencia visible de la aplicación en España de una nueva forma de hacer política de la competencia: las normas o regulaciones de “clemencia”. Si bien se llevan aplicando en EE.UU. desde finales de los años 70 (y sobre todo en su forma moderna desde principios de los 90), su implantación en España tiene su origen en el éxito de su aplicación por  (CE) desde 2005.

¿Por qué lo llaman “clemencia” cuando quieren decir “dilema del prisionero”? Reconozcamos que suena mucho mejor. Se ofrece a las empresas una forma de evitar o reducir las multas por infracciones de las normas de competencia a cambio de su colaboración con las autoridades, denunciando el cártel y a sus componentes y/o aportando documentación sobre esas irregularidades. En su aplicación práctica, a la primera empresa en “confesar” y delatar a sus compañeras de cártel se le exime completamente del pago de sanciones. Las siguientes empresas en cooperar también pueden recibir reducciones decrecientes según el orden, de forma que a partir de la tercera o la cuarta empresa pueden ya verse obligadas a pagar la totalidad de la multa prevista.

En teoría de juegos (un tipo de análisis matemático que se emplea entre otras ciencias a la economía), esta situación se conoce como dilema del prisionero, tal y como lo planteó Tucker en 1950 (y ha sido luego analizado y desarrollado por muchos autores). Dos ladrones son detenidos. Los policías tienen fundadas sospechas de que son culpables de una serie de robos importantes (por los que podrían ser condenados a 10 años de cárcel), pero sólo tienen pruebas de unos delitos menores por los que únicamente pueden recibir un castigo de 2 años. Los ladrones son separados en dos salas de interrogatorio y los policías les ofrecen a ambos el siguiente trato: el primero en confesar sus robos reducirá su pena a la mitad mientras que el otro se enfrentará a los 10 años. Eso significa que si uno habla y el otro no, el primero recibe 1 año de condena y el otro 10, mientras que si los dos confiesan pasarán 5 años en la cárcel. Lógicamente, si ninguno de los dos habla, ambos serán condenados a 2 años. ¿Qué cabe esperar que hagan los prisioneros, si no tienen la seguridad de que el otro mantendrá la boca cerrada? Analicemos su estrategia más “racional”: si mi cómplice confiesa, lo mejor para mí es confesar, porque así mi condena pasa de 10 a 5 años; y si mi cómplice no confiesa, también me interesa confesar porque pasaré en la cárcel uno en vez de dos años. Conclusión: lo mejor que puedo hacer es confesar, la estrategia de traicionar domina a la de callar (aunque los delincuentes saldrían mejor parados si los dos callaran). Si ambos prisioneros analizan su estrategia de la misma forma los dos confesarán y los policías, muy orgullosos de su treta, habrán conseguido encerrarlos a ambos por 5, en lugar de 2 años. Bueno, y además habrán logrado probablemente enemistarlos lo que debería evitar futuros planes de esos dos delincuentes para “trabajar” juntos cuando salgan de la cárcel. Y habrán quedado “fichados”: todos podrán saber ahora sus antecedentes delictivos y estar sobre aviso. Los policías habrán ahorrado también tiempo y recursos para otras investigaciones. Finalmente, también habrán aprendido mucho sobre el modus operandi de este tipo de delicuente, gracias a los detalles de la confesión. Ésta es la idea en la que se basan los programas de clemencia (leniency, en inglés).

Su primera aplicación en España ha sido el llamado “cártel del gel”, que incluía a empresas como , Henkel, Colgate y . El acuerdo entre estas empresas consistió en una subida de precios enmascarada, puesto que mantuvieron el mismo precio del producto pero reduciendo el envase un 15%. Henkel fue la primera en confesar el acuerdo y aportar pruebas contra sus cómplices. Gracias a ello se ha ahorrado 4 millones de euros al no tener que pagar multa alguna (es lo que tiene la clemencia), mientras que la segunda en llegar a la ventanilla, Sara Lee, consiguió una reducción del 40%. Lo de alcanzar la ventanilla es literal: esas personas de la cola eran representantes de las empresas que esperaron hasta que se abrió la oficina en la que presentar las solicitudes de clemencia el 28 de febrero de 2008. Hacían cola para declararse culpables e incriminar a sus antiguos socios. En total se recaudaron más de 8 millones de euros por las multas a este cártel.

Henkel es el “soplón” de esta historia. No sólo ha conseguido inmunidad en el cártel del gel español. También ha sido la primera en delatar el “cártel de la belleza”. En marzo de 2011, la CNC multó con 51 millones a ocho empresas del sector de la peluquería profesional (las principales implicadas son L’Óreal, con 23 millones, Wella, con 12; y Colomer, 9) por un cártel que llevaba en funcionamiento 19 años. En este caso Henkel se ha librado de una multa de 10 millones. Estas empresas se reunían cada seis meses para compartir sus estrategias comerciales y se conocían entre sí como el G8. Henkel también denunció el “cártel de los dentífricos” en el que se acordaron subidas de precios en los años 90 y principios de siglo, pero al parecer se ha considerado prescrito.

En tamaño, estos cárteles españoles se quedan pequeños comparados con el “cártel del detergente”. Henkel, cómo no, denunció ante la CE un acuerdo entre multinacionales por el que se acordaban precios y se repartían el mercado del detergente en polvo para lavadoras en ocho países europeos, incluida España. Las multas, impuestas por la CE en abril de 2011, ascienden a más de 300 millones de euros (Procter & Gamble y  son las empresas afectadas).

Estas mismas empresas (y Colgate) han sido también multadas con 361 millones por la Autorité de la Concurrance francesa. Por alguna razón (seguramente creía estar protegida por su denuncia a nivel europeo), Henkel llegó tarde (segunda) esta vez y Unilever se le adelantó en confesar. Aquí vienen los detalles más novelescos del cártel (proporcionados por los soplones con todo tipo de detalles y documentos, el informe completo puede encontrarse en http://www.autoritedelaconcurrence.fr/pdf/avis/11d17.pdf y un resumen en inglés en http://www.autoritedelaconcurrence.fr/user/standard.php?id_rub=389&id_article=1735).

Cada empresa tenía su nombre en clave, durante más de veinte años se reunieron periódicamente en hoteles de las afueras de París para llegar a acuerdos, acordaron no hacer guerra de precios ni ofertas, tuvieron sus momentos difíciles en que alguna de las empresas hizo ofertas que rompían la estrategia acordada, posteriormente hicieron las paces y volvieron a llegar a acuerdos… Salvando obviamente las distancias, no parece tan diferente de la actitud de unos mafiosos.

Es interesante resaltar que cuando se propuso esta posibilidad para la política de la competencia, fue criticada por considerarse una especie de rendición de las autoridades a las empresas infractoras. Una empresa que, engañando a los consumidores y a las autoridades, obtiene altos beneficios económicos y consigue “irse de rositas”. ¿No es eso injusto? Sí y no. Es cierto que no paga multa, pero puede ser denunciada en los tribunales por quien se sienta perjudicado por sus actuaciones y, teniendo en cuenta que ya ha confesado y entregado pruebas en su contra, está altamente expuesta a posibles condenas económicas. Y, mucho más importante, su potencial para participar en futuros cárteles queda tremendamente dañado. ¿Qué empresa podría fiarse ahora de Henkel? Eso sin contar con los efectos que eso pueda tener sobre la imagen de la empresa para los consumidores.

En el primer año de aplicación del programa se consiguió una recaudación récord de 80 millones de euros. Y eso, perdonando más de 20 millones a los delatores. En la UE se recaudaron casi 10.000 millones en los primeros cinco años, y en Alemania, con más años de aplicación, se considera que los cárteles se han reducido hasta casi eliminarse. El 80% de los cárteles detectados por la Comisión Europea lo han sido gracias al programa de clemencia. En el último año, sin embargo, se han reducido los expedientes y las multas en España. ¿Hay menos cárteles que detectar? ¿O es la demostración de que el efecto inicial se está desvaneciendo?

Analicemos brevemente las posibles limitaciones del sistema. ¿No aprenderán las empresas a jugar el juego de otra forma? Bueno, la teoría nos indica que si este juego se repitiese un gran número de veces (es decir, si las empresas tienen que decidir en muchas ocasiones si cooperar estableciendo acuerdos o traicionar), siempre que ese número no sea conocido, la mejor estrategia sería la de empezar cooperando y luego hacer lo mismo que la otra empresa hizo en la ocasión anterior (tit for tat), dejando abierta la posibilidad de volver a cooperar al cabo de un tiempo en el que ambos lleven varias veces seguidas traicionándose. Esto quiere decir que la cooperación no es fácil en teoría, pero sí posible (y generadora de grandes beneficios para las empresas involucradas) siempre que haya un porcentaje relevante de empresas que estén dispuestas a perder en algunas ocasiones a cambio de intentar llegar a una situación en que todos colaboren. Hablamos de “colaborar” refiriéndonos a acordar precios abusivos para los consumidores y obtener beneficios extraordinarios a su costa: la colaboración entre agentes no siempre redunda en bienestar social.

Hemos dicho que las multas también tienen un efecto de transparencia, pero ¿cuántos consumidores (de gel, de detergente, de dentífricos, o sea, todos nosotros) se han enterado de estos cárteles y sus multas? ¿Cuántos, aunque hubieran leído que estas empresas han sido multadas por acuerdos contra la competencia, saben qué marcas son las que comercializa Henkel (Dixan, Vernel, Wipp Express, Neutrex, Fa, La Toja, Magno, Licor del Polo) o Unilever (Skip, Mimosín, Rexona, Axe, Timotei, Dove, Sanex – ahora vendida a Colgate)? Y si lo supieran, ¿cambiaría eso realmente sus decisiones de consumo? Al menos, es de suponer que estarán siendo investigadas por todas las agencias de defensa de la competencia nacionales y supranacionales en toda la gama de productos que fabrican. Durante una temporada lo tendrán bastante más difícil para restringir la competencia. ¿Qué pasará una vez la atención se centre en otros mercados y dejen de sentirse controlados?

Dos cosas hemos aprendido: una, la tentación a establecer acuerdos contra la competencia siempre estará presente a pesar de las dificultades; y dos, para que una normativa funcione puede ser tan importante establecer un sistema apropiado de incentivos a los agentes como destinar recursos para su aplicación.